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Dos hermanos recuperan oficios en extinción y defienden la vida en la estepa patagónica

Por La Prensa Austral domingo 7 de febrero del 2016

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Las puertas para salir siempre estuvieron abiertas, pero eligieron el mundo de la esquila, el arreo y en los pocos ratos libres que dejan las jornadas de trabajo: Nicolás, el menor adiestra perros ovejeros, y Fabián, rescata el trabajo de la talabartería.  Ambos son herederos de la sangre más pura de la vida en la estancia magallánica.

 

“El campo hay que disfrutarlo, hay que hacer lo que uno le gusta, hoy se pude vivir con internet, teléfono y otras comodidades que hacen más grata la vida y el trabajo”, valora Fabián Levill, 31 años, ganadero de la Estancia La Fueguina que apostó por mantenerse en el campo y recuperar las tradiciones campesinas.

La misma historia la repite su hermano menor, Nicolás, de 23 años. “Estoy un día en Porvenir y no puedo dormir, necesito la tranquilidad del campo.  Yo creo que muchos jóvenes se van porque piensan que es aburrido y que no hay nada y la verdad es que tenemos todas las comodidades posibles y hay mucho por hacer y crear”, explica.

Sus historias

Un viento suave recorre la estepa, extendida como una alfombra infinita.  En medio de esa soledad, el ovejero Nicolás Levill, 23 años, silba y su perro Kaín, rodea veloz el piño de ovejas. Incluso las más rezagadas siguen hipnotizadas los ladridos.

La actividad es cotidiana, en un territorio con casi 3 millones de ovejas.  Pero cobra ribetes de espectáculo durante las fiestas costumbristas que se realizan en la región de Magallanes durante el período estival.

Levill es el adiestrador más joven de Tierra del Fuego.  El año pasado participó por primera vez en una competencia, la de Cerro Primavera y ganó, corrió la misma suerte en Río Gallegos, Argentina.  En enero y febrero espera cosechar más triunfos.

“A las competencias llegan ovejeros de todos lados, con perros súper buenos. El animal es el que hace la pega, el compañero fiel en el campo, el puestero sin su perro no es nada, por eso yo los cuido, a mis perros los tengo con todas las vacunas al día y les doy un trato de amigo”, sentencia, rompiendo el mito de que al perro hay que castigarlo en el campo.

Todos los años los vecinos le llevan algún cachorro para que lo adiestre. “Lo hago de paleteada no más.  Es que me gusta.  Gracias a un crédito de Indap he podido pagar el trabajo de la esquila para vender con tranquilidad la lana, cuando haya un buen precio.  Eso me ha ayudado mucho para poder dedicarme a preparar a Kaín”, relata, mientras el Border collie, de casi un año, mantiene a raya a las ovejas.

Durante las competencias los perros deben hacer pasar a un piño de seis ovejas por un puente con una manga, luego encerrarlas, y nuevamente sacarlas para trasladarlas a otro corral.  El jurado mide el tiempo y limpieza de los movimientos.

Silbidos cortos y agudos son las únicas instrucciones que reciben los canes para ordenar y trasladar los piños de ovinos.

Justo, Chubasco, Corbata, Criollo, Tobi, Amigo, Listo, Cadillo son algunos de los nombres que se repiten entre los perros ovejeros que habitan en la Patagonia chilena.  Varios tienen aspecto fiero, pero todos son dóciles, obedientes e imprescindibles en las tareas ganaderas.  En medio de la lenga, el coigüe, el ñirre y la tundra austral, acostumbran a comer una vez al día y casi no beben agua cuando trabajan, para nunca separarse del rebaño.

Los perros poseen gran resistencia física, pueden recorrer 50 kilómetros al día, y tienen un instinto innato para el pastoreo.

Nicolás Levill asegura que el perro ovejero ha sido en los últimos cien años el motor de la ganadería, una figura inmortalizada en los poemas de José Grimaldi y en el Monumento al Ovejero, ubicado en Avenida Bulnes, en la ciudad de Punta Arenas.

 

Rescate del cuero

El oficio de talabartero está en extinción, mientras en la estepa el cuero sobra.   Jáquimas, maneas, riendas, rebenque (huasca), sogas, cinturones, monturas y otros utensilios necesarios son hoy importados principalmente de Argentina, Uruguay o Brasil.   Pero Fabián Levill, 31 años, rompe la tendencia y fabrica sus propios utensilios durante sus ratos libres, quiere recuperar el pasado glamoroso, cuando cada estancia tenía su maestro para la artesanía más difícil y cada puestero y campañista cosía sus propias prendas.

El oficio de la talabartería lo practica desde los quince años, aprendió mirando a viejos campañistas, a través de libros y hurgando en internet.

Levill, tiene los ojos fijos en el descarne y sus manos trazan una línea recta con el cuchillo talabartero sobre el cuero.  Cada corte milimétrico es una hebra que cruza el cinturón, aportando así con un diseño novedoso en la zona.  Sus trabajos están en el caballo, su ropa y en todos los aperos que demanda el trabajo ganadero.

“Muchos jóvenes se van del campo, nosotros con mi hermano nos quedamos.  Creo que el campo hay que disfrutarlo, hay que hacer lo que uno le gusta, hoy se pude vivir con internet, teléfono y otras comodidades que hacen más grata la vida y el trabajo, cuando estar acá sea un sacrificio hay que irse”, valora Fabián Levill, ganadero de la Estancia La Fueguina que apostó por mantenerse en el campo y recuperar las tradiciones campesinas.

“A mí me gusta la talabartería, trabajar los cueros.  Me he ahorrado mucho plata, los costos de las riendas, maneas o frenos son altos y uno no puede estar sin ellos”, explica y muestra su caballo con toda la indumentaria.  Incluso el mate lo guarda en un fondo de cuero de vaca curtido.

“Los tiempos son marcados en el campo por faenas, traslados de piñones y el apoyo de Indap ha sido espectacular, sobre todo para costear la esquila que es uno de los más importantes ingreso, junto con la carne y también mejorar los procesos de producción con tecnología más avanzada”, explica Fabián Levill que sigue la huella de su padre, quien en vida fue usuario de la institución del agro.

El desafío es lograr un emprendimiento que le permita comercializar sus trabajos de talabartería en los meses de invierno.

“Es un oficio de tradición, y apasiona tanto que el que nace al lado de un talabartero va a seguir talabartero aunque tenga otras profesiones, porque el oficio va al alma”, lo apunta directamente de la bitácora de su experiencia: pasó por la marina y otros empleos, pero los tentáculos y el olor a cuero pudieron más que el mar.  Así que desembarcó nuevamente en sus raíces.

“Hago mis cosas como muchos trabajadores de campo, pero la mordaza no la conocíamos, nos entregaron hoy hartos equipos útiles para nosotros.  También aprendí diseños que el día de mañana me van a servir para las riendas y las mordazas de los caballos”, asegura Morales.

Manos curtidas por el viento van tejiendo el cuero. Y la clase avanza.  En dos días -tiempo del taller- conocieron otras técnicas efectivas para reposar distintos tipos de cueros, cortes, remojos, secados, diseños, y el uso de algunos puntos.