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El 11 de septiembre de 1973 en Punta Arenas: Dos heroínas de la dictadura

Por La Prensa Austral domingo 13 de septiembre del 2015
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  • Apenas enterados del golpe militar, los magallánicos se informaban de la gran cantidad de arrestos efectuados en nuestra zona y de una lista de personas que debían presentarse ante las nuevas autoridades. Dos vecinas de nuestra ciudad, en una acto valeroso desafiaron el temor que imponían los nuevos regentes del poder y dieron refugio en sus casas a un dirigente político del depuesto gobierno, buscado por los militares.

 

Han pasado 42 años; aproximadamente 15.330 días, de esa fatídica mañana en que los chilenos no enemistamos por causas que son difíciles de explicar y más dificultosas de entender.

11 de septiembre de 1973.

La reciente publicación del libro “Historia del 11 de Septiembre de 1973, antecedentes históricos, los sucesos del Once y sus consecuencias para Chile”, del periodista Roberto Silva Bijit, me incentivó para escribir –en dupla- un par de experiencias de lo que significó ese día martes para mí y para mi gran amigo, el periodista Jorge Babarovic. Los hechos de esa aciaga madrugada mirados desde dos ventanas: una, la del segundo piso del cuartel de Carabineros de Chile, en Punta Arenas, y la otra desde el segundo piso del diario La Prensa Austral, ambos edificios frente a frente, en la céntrica calle Waldo Seguel y separados tan sólo por unos pocos metros de distancia.

Dicho medio informativo realizó sus publicaciones el día 12 de septiembre de 1973, y según lo consigna el libro ya mencionado, se informaba de la gran cantidad de arrestos registrados durante la jornada, entregando una lista de personas que debían presentarse ante la autoridad militar. Agregaba que a aquellos ciudadanos se les ordenaba concurrir al Regimiento Pudeto o a Carabineros, y luego, en mérito a sus actuaciones en cargos públicos o actividad política, “serán arrestados o dejados en libertad”.

Se tomó el control de los medios de difusión de Punta Arenas, clausurando las radios Voz del Sur y Polar y el diario El Magallanes. La clausura de Radio Polar –se informó- fue prácticamente “voluntaria” ya que se le solicitó por parte de la autoridad militar que se integrara a la red oficial provincial, pero su director Alfonso Cárcamo, prefirió que fuera clausurada.

 

 

Desde las oficinas

de Carabineros

Como oficial de Secretaría, el día martes 11 de septiembre llegué hasta las oficinas de la VIa. Zona de Carabineros, ubicadas en calle Waldo Seguel Nº653, a eso de las 7,30 de la mañana, disponiéndome a realizar las actividades de costumbre junto a mis colegas escribientes. Algo raro flotaba en el ambiente y todos estaban pendientes de las noticias que daban las emisoras capitalinas. Me sumé a la escucha porque alguien comentó: “Está quedando la grande en Chile. Destituyeron al Presidente Allende”.

Cuando faltaban 15 minutos para las 9 de la mañana, comenzaron a escucharse sólo marchas militares en la radio y luego se difundió una especie de alocución, de varios minutos, de parte del Ejército en que se daba a conocer una “Proclama de la Junta Militar de Gobierno”.

Hay frases respecto al temor de morir que se pueden aplicar en este tipo de instantes: “Todos tenemos miedo, incluso los que presumen de valientes. Nacemos con miedo a la vida y nos morimos con miedo a la muerte. Y cuanto mayor es el miedo a la muerte, mayor es el esfuerzo que se hace por conservar la vida”.

¿Porqué lo digo? Por la incertidumbre de no estar enterados a fondo de la real dimensión de lo que estaba ocurriendo en el país y estimar que nuestra vida corría peligro por el miedo a un ataque al cuartel policial.

Carabineros de Chile no tenía un plan especial respecto a los operativos que desarrollaban las tres ramas de las Fuerzas Armadas. Los altos mandos de la institución habían sido inhabilitados y como dice el libro de Roberto Silva Bijit “sólo quedaba esperar y reaccionar según las circunstancias, con la convicción de que los carabineros atenderían la verticalidad del nuevo mando, protegido por un centenar de funcionarios y otros efectivos en el edificio General Norambuena”. Pero, esa verticalidad se cumplió en todo el país, salvo algunas trágicas excepciones como la ocurrida en Punta Arenas.

Ese 11 de septiembre, en una hora determinada, escuchamos fuertes ruidos de motores. Salimos al balcón del cuartel policial y vimos que un tanque se desplazaba desde la Plaza de Armas Muñoz Gamero hacia el edificio policial, instalándose frente a la Prefectura. Dimos un suspiro de alivio “estábamos salvados para cualquier ataque”. Entramos de nuevo a las oficinas y alguien comentó: “Qué raro, el tanque tiene su cañón no apuntando a la plaza o hacia calle Chiloé sino al edificio de Carabineros”. Posteriormente supimos lo que pasaba: el Jefe policial, coronel Luis Fuentealba Castro, esperaba instrucciones del Alto Mando antes de plegarse al pronunciamiento. Se le dio un plazo determinante, y para amedrentarlo se mandó un tanque ante el edificio policial, ante lo cual accedió y nosotros, con otro suspiro de alivio, vimos partir el “tanque protector” que finalmente supimos que no era tal, sino “tanque agresor”.

 

 

Desde las oficinas de La Prensa Austral

 

 

“Recuerdo que la madrugada de ese día, tras la inevitable “escala técnica” en esa catedral de la amistad cívica que fue el Centro Austral, nos despedíamos en la esquina de Fagnano y Chiloé con los contertulios de todas las noches: un variopinto grupo de periodistas y políticos de los más variados medios, partidos y tendencias. Ni en la larga charla nocturna, ni en esa despedida, se mencionó la posibilidad de un Golpe de Estado, a pesar del denso clima político que se vivía, en contraste con esa noche tibia y estrellada que sólo anticipaba la próxima primavera magallánica.

En contraste con ese clima humano y meteorológico, horas más tarde fui despertado por marchas y comunicados radiales anunciando lo que estaba sucediendo, “eso que no podía ocurrir en Chile”…pero que ocurrió, ocurrió.

En una decisión inusual salté el desayuno y caminé el par de cuadras que separaba mi casa de La Prensa Austral, de la cual era gerente. Ahí me encontré, como estaba convenido, con mi socio, mi amigo, el inolvidable Stanko Karelovic para enfrentar juntos los acontecimientos que a todas luces se nos venían encima.

Mi oficina estaba en el segundo piso del desaparecido viejo edificio del diario y ahí cambiamos impresiones con la radio encendida, el auricular telefónico en los oídos y los nervios en tensión, tratando de saber y entender lo que estaba pasando.

A eso de las once de la mañana, sentimos un ruido fuerte, extraño y claramente metálico. Me asomé al balcón -como lo registra una histórica foto- comprobando con asombro que un enorme tanque militar se estacionaba frente a nosotros con un amenazante cañón apuntando al frente. En ese momento creí que era una forma, poco fina por cierto, de intimidarnos a nosotros y a nuestra gente. Después supe que apuntaba hacia la Prefectura de Carabineros, cuya suprema autoridad regional justificaba su no participación en el Golpe, porque estaba “esperando instrucciones de Santiago”.

En el edificio contiguo donde funcionaba el diario El Magallanes que era controlado por personas afines al gobierno de la Unidad Popular, una patrulla de la Fach flanqueando a un suboficial de inteligencia de abrigo largo y sombrero gacho, que me hizo recordar a la Gestapo de triste memoria, entraba fuertemente armada a la casa periodística.

Al filo del mediodía todavía tratábamos de ubicar, sin resultado, al director, lo que me obligó a reactivar mi condición de periodista en transitorio receso, para redactar el más delicado editorial en la historia de nuestro diario, considerando los hechos que estábamos viviendo.

Con el visto bueno de mi socio y amigo, la nota fue despachada sin correcciones para su inmediata composición. Hoy, con la perspectiva que da el tiempo transcurrido, reconociendo que el texto tuvo un buen grado de ingenuidad, volvería a suscribirlo plenamente en sus conceptos fundamentales y en su conclusión final, convencido, como lo estoy hasta ahora, que de las notas editoriales lo único que se lee es el título y sus últimas líneas.

A eso de la una de la tarde de ese 11 de septiembre, al fin supimos del paradero del director. Estaba en la sede de la Intendencia de la entonces provincia de Magallanes con los comandantes regionales de las tres ramas de las Fuerzas Armadas: el general de Ejército, Torres de la Cruz; Berdichesky de la Fuerza Aérea y el almirante Justiniano de la Armada Nacional.

Telefónicamente fui de modo imperativo convocado a una reunión inmediata con esa especie de junta regional de gobierno, replica de la que ya funcionaba en Santiago.

¿De qué se trataba la convocatoria? Las nuevas autoridades exigían -hasta el día de hoy no entiendo sus razones- que sacáramos a la circulación nuestro diario el domingo siguiente y todos los domingos, ediciones que en esos tiempos habíamos suspendido en razón de que producían sólo pérdidas, entre otras causas, porque un número importante de los suplementeros no retiraban sus ejemplares, al parecer porque les era más conveniente dedicarse a otras actividades que consideraban más rentables o simplemente para darse un merecido descanso. De eso había sido informada la Junta por medio del director que desde temprana hora estaba reunido con sus integrantes del triunvirato militar.

El general Torres de la Cruz ordenó a su ayudante que convocara a la presidenta del Sindicato de Suplementeros, Estela Monsalve, con quien siempre mantuve una muy cordial relación y diría que hasta tuvimos cierto grado de amistad y afecto mutuos, pese a nuestras obvias diferencias e intereses. No transcurrieron ni quince minutos cuando vi a doña Estela entrar al despacho de la autoridad, amenazada con intimidantes fusiles automáticos apoyados en la espalda.

Esta escena, con visos dramáticos, más la presencia amenazante del tanque y la ocupación a mano armada de las instalaciones vecinas de El Magallanes, me llevó fácilmente a la conclusión definitiva de que más que un “pronunciamiento” -eufemismo que hoy casi nadie emplea- estábamos enfrentando a una feroz dictadura.

Al día siguiente un coronel de Ejército, cuyo nombre no recuerdo, con la suave denominación de “Delegado” fue designado interventor ante los medios de comunicación.

Al salir del edificio de la intendencia, ya curado de espanto, supe de la clausura de algunas emisoras locales y la detención de varios colegas periodistas y hombres de radio.

Lo primero que hizo el interventor es pedir una reunión con todo el personal del diario a la que no quise o no pude concurrir. Pero testigos del episodio me contaron que el acto se desarrollo más o menos así:

-Señores vamos a iniciar un diálogo. ¿Saben ustedes lo que es eso?.

-Si mi coronel, respondieron algunos en voz baja, casi entre dientes.

-Pero este diálogo –continuó- es algo especial porque se trata de un diálogo militar…. ¿Lo conocen?.

-No mi coronel.

-Es muy simple: YO HABLO Y USTEDES ESCUCHAN.

Después de eso, era fácil imaginar el grado de libertad con que se desarrollaba la vida de los medios de comunicación a partir de ese once de septiembre de 1973, bajo el imperio de la censura o, peor, de la autocensura.

Sin embargo, puedo decir, con una buena dosis de satisfacción, que en La Prensa Austral supimos enfrentar esos tiempos turbulentos y peligrosos, con inevitable realismo, pero también con mucha dignidad”.

 

Heroínas de la dictadura

 

La historia de nuestro país ha destacado a valerosas mujeres que han enfrentado la muerte en épocas distintas del devenir de la nación. Desde Inés de Suárez, pasando por Paula Jaraquemada y Javiera Carrera hasta llegar a la Guerra del Pacífico con Candelaria Pérez, se ha dejado de manifiesto la gallardía, la bravura y convicción de estas tradicionales damas.

Pero es bueno también agregar a la historia, a esas mujeres anónimas, como estas dos heroínas de la dictadura, cuya acción y atrevimiento no quedó inscrito en los anales de una fecha especial para Chile: 11 de septiembre de 1973.

Laura Muñoz Muñoz recibió ese día en su hogar, la visita de un amigo que, camino de su trabajo por calle Zenteno, escuchó a las 9 de la mañana noticias de radio que daban a conocer la situación que vivía el país.

Se trataba de Edicto Garay, su vecino y compadre de nombre, dirigente del Partido Comunista en Punta Arenas. Laura estaba sola con su hija de 4 años, debido a que su esposo se encontraba en sus labores diarias.

-Comadre, hay un Golpe de Estado. Me andan buscando y no puedo regresar a mi casa, de tal forma que le solicito me acoja y oculte en su domicilio.

No lo pensó dos veces la dama y abriendo una plancha del cielo raso, hizo subir al entretecho a su amigo, luego de lo cual lo dotó de frazadas para su abrigo. A la llegada de su esposo le tenía esta sorpresa.

-Qué vamos a hacer con él ahora –le preguntó su cónyuge.

-Preocuparnos de sus hijos que están sin pan- fue la respuesta de la buena mujer.

Fueron 8 días de ocultamiento, en que el dirigente sólo bajaba al baño y a servirse algún alimento. El entretecho tenía una pequeña ventana donde éste podía observar los movimientos de los militares que, para su mayor desgracia eligieron la esquina de ese mismo domicilio para instalar en plena calle un pequeño campamento, donde conversaban y al parecer por sus risas, disfrutaban de su misión.

-Comadre, estuve a punto de acriminarme con esos uniformados que veía por la ventanita. No soportaba sus risas y burlas.

Laura, tuvo miedo de esto y, especialmente por su pequeña hija, tomó una determinación:

-Compadre, me va a perdonar pero me dio miedo lo que me contó y es mejor que se vaya.

María Carmen Berdún, viuda, vivía en la misma población con su hija de 6 años y recibió del prófugo la misma petición que por favor lo ocultara.

Como ya los uniformados habían procedido a allanar su hogar, como muchos otros, en busca de armas, no había peligro que volvieran, así es que accedió a ocultarlo. Para ello, lo hizo subir por una claraboya al entretecho, subiendo un delgado colchón y ropa de abrigo. Allí permaneció varios días, bajando solamente a usar el baño, para lo cual se cerraban herméticamente puertas, ventanas y cortinas. La esposa del perseguido le traía alimentos que eran consumidos en el mismo lugar de su escondite.

La pequeña hija de María Carmen, para no despertar sospechas recibía la visita de otros niños con los cuales jugaba. En ciertas oportunidades los pequeños escuchaban ruidos provenientes del ático y preguntaban el motivo.

-Son ratones- fue la información recibida.

Cuando ya hubo más calma, y con la necesidad de laborar para proporcionar dinero a la familia, Edicto determinó salir a trabajar en un camión, un tanto disfrazado, ayudado por su protectora que le proporcionó una vieja chaqueta y otra ropa de su padre que estaba en Argentina.

Finalmente, Garay fue apresado y enviado a la cárcel; luego lo confinaron en la isla Dawson para finalmente ser deportado a Francia, donde actualmente vive, agradecido de aquellas valientes mujeres que, sin titubear ni un instante, le entregaron su valiosa ayuda en esos difíciles momentos por los cuales atravesó la patria.

 

Por Mario Isidro Moreno.