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  • José Ramón Ampuero Guzmán

El Shatt, un campo de refugiados en Egipto que albergó a miles de croatas

Por Alejandro Perkic viernes 29 de diciembre del 2017
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Un capítulo bastante desconocido de la conflagración bélica que a casi a fines de la primera mitad del siglo pasado enfrentó a los Aliados con las fuerzas del Eje, es el que protagonizaron en el desierto de la península del Sinaí, miles de niños, mujeres y hombres nacidos en Dalmacia. Todos ellos vivieron entre la candente arena del desierto y el sol abrasador desde el verano de 1944 hasta el comienzo de 1946, tras huir de la ofensiva nazi sobre su suelo patrio. Primero su éxodo los llevó a la isla croata de Vis, luego al sur de Italia para, finalmente, ser transferidos a Egipto, que estaba bajo el control británico. En ese forzoso peregrinar también hubo croatas que más tarde emigraron a Sudamérica y, en particular, a Magallanes

Por Alejandro Perkic Almonacid

“Barrio Croata, Vida Grata”. Así se lee en una monona calcomanía que, en forma de corazón y con los colores blanquirrojos que identifican el Escudo de Armas de la República de Croacia, luce adherida a uno de los vidrios de una de las grandes ventanas de la casa de Rudi Mijac Kusanovic, cónsul en Magallanes del país adriático. Su hogar está ubicado a muy pocas cuadras de la Costanera, en un sector que desde el inicio del poblamiento de Punta Arenas albergó -en su gran mayoría- a los inmigrantes del país de las más de mil islas.

Ya instalados en el despacho de Mijac, donde en una de su paredes cuelga un cuadro de la buenamoza Presidenta croata, Kolinda Grabar, el cónsul nos hace parte de sus recuerdos al desempolvar un capítulo de la historia -no tan lejana- que, durante el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial, tuvo como protagonistas a centenares de familias croatas, esencialmente dálmatas, las que forzosamente se vieron en la extrema necesidad de abandonar sus hogares, ante el fiero asedio de las tropas alemanas sobre el suelo patrio. Se trata del masivo éxodo de niños, mujeres y hombres al desierto del Sinaí, en Egipto. Allí, entre el verano de 1944 y el comienzo de 1946, los croatas fueron ubicados en el campo de refugiados El Shatt, cerca del canal de Suez.

Entre los miles de civiles que permanecieron durante los 18 meses que duró su obligatoria residencia, en medio de la arena y el sol, se cuenta el caso de una tía materna del cónsul Mijac, Zorka Kusanovic Mihovilovic y su esposo Jakov Radic Cvitanic, profesor de Física y Matemática. De esa unión nació en 1945, en Split, su único hijo Sergio Radic Kusanovic, quien ya mayor fue profesor y director del Liceo de Hombres Luis Alberto Barrera, de Punta Arenas. Hoy, Sergio Radic reside en Santiago.

“Mi tía Zorka y su hijo Sergio llegaron de Croacia a Punta Arenas en 1951, y Jakov lo hizo tres años después, ya que en ese entonces costaba mucho obtener pasaporte para salir del país”, precisa Mijac.

“Los que han estado en el Shatt, me ha contado esta tía mía, ya fallecida en Punta Arenas y sepultada junto a su esposo en el Cementerio Municipal de nuestra ciudad, que aunque lejos de casa y viviendo en malas condiciones, intentaron preservar la ilusión de una vida normal. La gente de Dalmacia tenía dificultades para adaptarse a las condiciones del desierto, especialmente los niños que padecían enfermedades. Muchos de ellos murieron allí. El gobierno británico también mantuvo un régimen severo, autorizando la salida del complejo en muy contadas ocasiones. En varias oportunidades, el área de El Shatt fue bombardeada”, describe el cónsul.

Rudi Mijac prosigue su relato señalando que a la fecha de ocurrir estos episodios él tenía apenas dos años de edad y que su padre Zlatko, su madre Lucía, su hermana Ljubica y él mismo también estaban destinados a viajar como refugiados a dicho campo en Egipto, pero finalmente no lo hicieron debido a que una de las condiciones prioritarias para partir a ese país era tener buena salud. Explica que tanto sus papás como su hermana pasaron los exámenes médicos, pero él no, ya que para ese entonces presentaba una neumonía que a la postre significó que todos tuvieran que quedarse en Italia hasta el término de la guerra.

¿Pero cuál fue el motivo que llevó a miles de croatas a este forzoso y masivo destierro hacia una suerte de “campamento en tránsito”, en pleno desierto al norte de Africa? El cónsul Mijac detiene un instante su relato para ordenar sus recuerdos y sumergirse una vez más en el túnel del tiempo.

“En junio de 1943 las potencias del Eje pusieron en marcha una ofensiva sobre los Balcanes con el objetivo de asegurar la costa del Adriático en previsión de un posible desembarco Aliado y, de paso, acabar con los partisanos del mariscal Tito. Pero en septiembre de 1943, cuando capitula Italia, en Dalmacia, región costera en el sur de Croacia que estaba en manos de las tropas de Mussolini, las fuerza alemanas ocuparon su lugar y haciendo caso a un imperativo en un momento de furia de Hitler, de que había que matar a los civiles y quemar los pueblos, miles de civiles huyeron temiendo la inminente represalia. Cerca de veintiocho mil personas procedentes de muchas localidades se refugiaron en la isla de Vis, un pedazo de tierra (noventa kilómetros cuadrados) en la costa adriática, más o menos a la altura de la ciudad de Split”.

“Debido que era el único lugar de toda Croacia que escapaba al dominio nazi –prosigue el cónsul Mijac-, se concentraron en su pequeña superficie ancianos, mujeres y niños, bajo la protección del Ejército británico. Pero allí surge todo un problema logístico que se busca remediar con la decisión de trasladar a los croatas a un lugar más apropiado, que inicialmente fue el sur de Italia. Así los refugiados fueron llevados a Bari y Tarento. Pero la península aún no había sido totalmente conquistada por los Aliados y existía el alto riesgo de bombardeos”.

“Es así que una vez más los miles de croatas son movidos a lo que sería su destino definitivo hasta el término de la guerra y un poco más: el campo de refugiados de El Shatt, en el norte de la península egipcia del Sinaí, cerca del canal de Suez”, explica Rudi Mijac.

“Este campo era un complejo dividido en cinco áreas y bastante precario, ya que sólo había tiendas de campaña (que usaron los soldados británicos que derrotaron al mariscal alemán Erwin Rommel, acabando con los deseos alemanes de apoderarse de Egipto, en aquel entonces protectorado británico), cada una de las cuales debía acoger a dos familias. Aún así, los dálmatas en medio de la dureza del desierto y las adversas condiciones trataron de llevar una vida lo más normal posible, organizando talleres, escuelas para los niños, una lavandería, una iglesia, una orquesta con coro y hasta la publicación de un periódico”, refiere el cónsul.

“En suma, dieciocho severos meses durante los cuales, no obstante, la vida y la esperanza prevalecieron, y de ello dieron fe el medio millar de matrimonios y los 475 nacimientos de niño, pero muchos de ellos a la edad de dos años fallecieron. Los grandes calores, 55 grados a la sombra durante el día, la falta de agua, enfermedades contagiosas, falta de remedios, influía en contra de la salud de los infantes. Al mismo tiempo morían también las personas mayores y enfermas. Cuando abandonaron totalmente El Shat, en su cementerio quedaron sepultados los restos de 715 de nuestros muertos”, describe el cónsul Mijac

A principios de 1946, con la derrota y rendición de la Alemania nazi en mayo de 1945, los refugiados pudieron regresar a sus hogares en la entonces Yugoslavia. El campo fue levantado pero allí perdura, como recuerdo, un cementerio con las tumbas de los que quedaron atrás (muy dañado en la guerra árabe-israelí) y un monumento levantado en su memoria en 2003.

 

“Amo a mi patria natal tanto como

amo a Chile y a mi Magallanes”

 

El cónsul Rudi Mijac no duda en señalar que la guerra es la peor desgracia de la humanidad. Agrega que quienes no han vivido en carne propia esta terrible experiencia difícilmente puedan llegar a dimensionar las dolorosas consecuencias que implica para los pueblos que se ven envueltos en estos desgarradores conflictos.

“En el caso mío, si bien yo era apenas un niño cuando se libraba la Segunda Guerra Mundial, llegue a sentir en su momento y comprender después las secuelas y las huellas imborrables que dejan en las vidas de los seres humanos estas vivencias extremas. Nací en Croacia, en plena guerra, y luego me vine a Chile. Amo a mi patria natal tanto como amo a Chile y a mi Magallanes. Con el paso de los años he vuelto a visitar Croacia en cinco ocasiones y en esa breve permanencia he disfrutado y reencontrado lugares, olores, colores y personas que se relacionan con mis raíces, pero tan fuerte como esas sensaciones son mis sentimientos y añoranzas por la tierra donde construí mi vida y formé una familia. Soy un nostálgico de ese viento magallánico que cuando arrecia levanta del suelo esas piedrecillas que golpean las latas de mi casa, aquí en este lindo barrio cerca del mar, cerca del Estrecho, también echo de menos a esos simpáticos amigos que frecuentemente suelen golpear mi puerta para pedir unas monedas para ‘un vinito’ y con los que suelo conversar amenamente”, confiesa Rudi Mijac.

Agrega a modo de ejemplo, que cierta vez le preguntaron por qué selección de fútbol ‘hincharía’ si se llegaran a enfrentar Croacia y Chile, y que su respuesta fue la siguiente: ‘Es como preguntarme a quién amó más, ¿A mi padre o a mi madre?

Mijac también hace referencia a un episodio vivido cuando llegó de Croacia a Punta Arenas y tuvo que ir, acompañado de un tío, a registrarse a la Policía de Investigaciones. “Ya hecho el papeleo salíamos del cuartel cuando dos elegantes caballeros se disponían a ingresar. Los dos saludan cortesmente a mi tío y a mi, y al alejarnos le preguntó a mi familiar quiénes eran esas personas. Mi tío me responde: “Uno era el intendente de Magallanes, Manuel Chaparro y el otro señor el Presidente de Chile, Carlos Ibáñez del Campo”. No pude salir de mi asombro al constatar que tan altas autoridades anduvieran sin guardias ni protección, algo impensable en otras partes del mundo”.

“Es por eso que debemos ser conscientes de que vivimos en un muy bello país y en una sus regiones más hermosas, y que a pesar de las dificultades naturales de los tiempos modernos, sabemos convivir en sociedad. Debemos valorar lo que tenemos y engrandecerlo cada vez más”, enfatiza el cónsul.

 

Un largo viaje de Split a Magallanes

 

Rudi Josip Mijac Kusanovic nació en Split, Croacia, el 27 de octubre de 1941, en pleno desarrollo de la Segunda Guerra Mundial.

Sus padres fueron Zlatko Mijac Maretic, droguerista de la misma ciudad (1909-1981) y Lucía Kusanovic Mihovilovic, nacida en Punta Arenas el 20 de diciembre de 1912. Lucía viajó a Croacia en 1934, donde en Split se casó en 1938 con Slatko. De este matrimonio, además de Rudi, nació Ljubica Ivanka, quien actualmente reside en Santiago de Chile.

La familia Mijac Kusanovic pasó dos años de la Segunda Guerra Mundial en Croacia y tres en Italia en un campo de refugiados de guerra. El 10 de enero de 1948 y a la edad de 35 años fallece Lucía. Zlatko se casa a fines de 1949 con Desenka Cvitanic Bezeric, con quien tuvo dos hijos Zlata y Drazen, ambos viven en Croacia.

Por razones familiares y otras, a la edad de 15 años Rudi emigró a Punta Arenas, donde llegó el 20 de febrero de 1957. Ese mismo año fue inscrito como alumno oyente en el entonces tercer año de humanidades. A fines de ese mismo año revalidó, ante comisiones del Liceo de Hombres de Punta Arenas, sus estudios realizados en Croacia y el año siguiente prosiguió como alumno regular, egresando del colegio salesiano en el año 1960 de sexto humanidades, con diploma de excelencia, habiendo sido distinguido, un año antes, por el Rotary Club de Punta Arenas como el Mejor Compañero del Liceo San José.

En 1961 rindió satisfactoriamente la prueba de bachillerato en matemática, dedicándose después, por 20 años, en trabajar en la oficina comercial de la carnicería familiar Kusanovic Hnos. y en la estancia ganadera -también familiar- Mina Rica. Luego de dedicó solamente a actividades ganaderas hasta el año 1997.

En 1965 se casó con Yanet Gysling Riu. De esta unión matrimonial nacieron dos hijos: Rudolf (1966) y Nelson (1968), quienes estudiaron y egresaron del Liceo San José para continuar estudios superiores en Santiago, Rudolf en la Universidad Católica, donde en 1992 se tituló de arquitecto y Nelson en la Universidad de Chile, donde en 1994 se tituló de médico y tres años más tarde de radiólogo. Ambos hijos casados, en sus respectivos matrimonios le han dado a sus padres Rudi y Yanet cuatro nietas y un nieto: Josefa, Javiera y Milena, Camila Andrea y José Tomás.

En 1994 el Gobierno de la República de Croacia nombró a Rudi Mijac como Cónsul Honorario de la República de Croacia para la Región de Magallanes y Antártica Chilena, cargo que ejerce hasta los días de hoy.

Rudi Mijac dice que a lo largo de su labor diplomática ha tratado de llevar la acción social del consulado ha todo nivel, señalando que su lugar predilecto para ello es la Iglesia Catedral de Punta Arenas.