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Historia de los lenocinios regionales: desde los aónikenk a la “Casa de Piedra”

Por La Prensa Austral sábado 26 de agosto del 2017

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Las “Casas de Irene” o “Muñecas de Satín”

Por Mario Isidro Moreno

El tema de la prostitución es considerado por muchos como un contenido tabú, del cual todos tienen algún conocimiento pero nadie conversa u opina. Para tratar este tema en la región, comencemos por hacer historia.

Según antecedentes encontrados respecto de la prostitución en América, se dice que el mundo prehispánico la contempló en forma diferente a la visión occidental. La Nueva España la toleró y la reglamentó, a pesar de todos sus inconvenientes, de modo que la prostitución fue tomada en la Nueva España como un mal necesario porque repercutía en el bienestar general de la nación. Por eso la reguló el Estado español y fue tolerada por la Iglesia.

Tradicionalmente, la prostitución se ha ejercido en sitios destinados a este fin, llamados “burdeles” o “prostíbulos”. Popularmente se les disfraza bajo el nombre de “Casas de Niñas”, “Casas de Irene”, “Muñecas de Satín”, etc. Estas han sido habitualmente casas regentadas por un proxeneta, en las que hay asiladas y habitaciones privadas para practicar el sexo pagado. También se practica en aceras de calles urbanas y laterales de carreteras industriales, así como en bares y discoteca, hoteles y a domicilio.

Esta fría región cuya historia relata la soledad del hombre que ha llegado a veces sin familia a trabajar en las zonas urbanas y rurales, ha ofrecido a estos seres la posibilidad de compañía femenina en distintos puntos de la región, desde los tiempos de la Colonia.

Textos de historia, así como las novelas que narran la odisea del hombre en la Patagonia, retratan en sus páginas este tema de los bares, tabernas, fondas, cantinas y burdeles, a los que concurrían los buscadores de oro de Tierra del Fuego, los loberos de los canales, los solitarios puesteros de estancia que bajaban al pueblo.

Relato de un ballenero

Uno de los primeros indicios de la prostitución en la región, está contenido en el relato de un tripulante del ballenero francés Fanny, que ingresó al estrecho de Magallanes por su boca oriental, el 10 de mayo de 1837, confirmado por la sensacional noticia contenida en el diario inédito de Santiago Dunne, antiguo secretario de la Gobernación de la Colonia de Magallanes, dado a conocer por el historiador Mateo Martinic en su trabajo “El Comercio Sexual entre las Mujeres Aónikenk y los Foráneos”.

“Al cabo de algunas horas de relación los principales jefes se embarcaron y nosotros completamos nuestro cargamento con las mujeres que encontramos más jóvenes y más alegres (o tal vez las menos feúchas según nuestro parecer) y que, en vez de resistirse se agolpaban en torno nuestro y nos invitaban por señas a que las embarcáramos. Sin embargo de estar sobrecargados, llegamos a bordo sin problemas con nuestra preciosa carga. Regalamos a estas damas con lo mejor que teníamos y procuramos hacer que su estadía fuera lo más grata posible. No nos podíamos entender más que por señas, pero el lenguaje mímico utilizado entre nosotros no era menos elocuente ni menos persuasivo que las palabras. Nuestras patagonas parecían comprender muy bien y se prestaron con la mayor complacencia a todos nuestros deseos. A la mañana siguiente, luego de haber hecho numerosos regalos a nuestras “Venus patagonas” y llenar sus bolsas de galletas, las llevamos a tierra y las condujimos a su campamento, algo alejado de la orilla. Fuimos recibidos tan bien como la tarde anterior. Los hombres se reunieron alrededor de las mujeres que conducíamos y tomaron parte del botín que ellas traían. Ellos parecían muy satisfechos de nuestro comportamiento y varios trajeron otras mujeres, animándonos para que las llevásemos con nosotros. Al cabo de varias horas de permanencia en el campamento, los cuatro botes embarcaron un nuevo cargamento femenino, ahora elegido más cuidadosamente que el primero”.

En la década de 1870, algún inmigrante que quiso retratar la actividad de bares y tabernas en la Colonia de Magallanes, en parte de unos versos, señaló: “..aonde van los loberos/ande ña Juana Mansilla/suelen andar de rodillas/aunque muy caro les cueste/por bailar con la Rosario/..o vamos aonde la Rosa/que nos hace mil amores/Pacheco con la Dolores/hay vino si traen plata”.

Los lenocinios contemporáneos

En el año 1935, llega a Magallanes procedente de Puerto Montt, el famoso artista chileno del pincel Pedro Luna y aprovecha su permanencia para pintar varias escenas regionales como Angostura Inglesa, Canal de Magallanes, Nevazón en Puerto Natales, Lanchas de Magallanes y Puerto de Magallanes. En 1936 pinta “Cabaret en Magallanes” cuadro que fue conocido posteriormente como “El baile de las enanas”. Se cree que, como el pintor era un hombre amante de la juerga y de vida disipada, frecuentó en Punta Arenas diferentes prostíbulos, registrando en uno de ellos esta escena en forma magistral.

Un estudio al respecto, publicado por nuestro Premio Nacional de Historia Mateo Martinic Beros, al respecto manifiesta:

“El cuadro muestra el salón de un burdel quizá de baja categoría, en el que destacan como figuras centrales dos parejas que bailan, en las que las mujeres son de baja estatura y claramente deformes en sus piernas, característica que se procuraba disimular o disminuir con vestidos largos.

Los otros personajes incluidos en la escena pintada, aparte del carabinero y del hombre de campo, sendos compañeros de las «enanas», son los componentes de una «orquesta típica» (al estilo de Buenos Aires), común en la diversión social de la Punta Arenas de la época, formada por un bandoneonista, un violinista, un pianista y un baterista; también se observa un marinero borracho durmiendo sobre una mesa; otra pareja, por así decirlo normal, formada por un hombre cuya vestimenta señala su condición social media o superior, y una mujer normal; y por otras tres figuras, dos individuos gigantones, uno de los cuales se entretiene con otra mujer, al parecer también «enana».

De esta manera, Pedro Luna, integrante calificado de la «Generación del 13», aportó a la historia de la pintura realista en Magallanes con una obra ciertamente excepcional de descripción social, que permite introducirse en los ambientes del bajo Punta Arenas de los años de 1930”.

Pasajes de una novela

El escritor regional Ramón Díaz Eterovic, en su novela “Correr tras el viento”, dedica una de sus páginas a este tema, diciendo “A corta distancia del muelle, la casona parecía un castillo construido por un arquitecto loco, sin más formas que el azar o el deseo de acaba con la construcción que sería refugio de aventureros y hombres de negocios forjados en un golpe de suerte o en el ágil silbido de las navajas. Era la casa que todo hombre se proponía conocer y que al final de una noche de juerga le dejaba el recuerdo de unas horas vividas al amparo de hembras inolvidables. Los otros prostíbulos, los innombrados, nacían al comienzo de la calle Errázuriz y trepaban hacia el Cerro de la Cruz. Pobres y sucios, crecían de un día para otro, a pesar de las advertencias de la Sociedad Médica de Magallanes, preocupada por el avance de esas enfermedades que, con el eufemismo de sociales, acrecentaban los índices sanitarios o las crónicas de algunos periodistas que las atacaban después de pasar una noche al otro lado de sus puertas”.

En las urbes magallánicas

La historia nos informa una larga nómina de las “Casas de caramba y zamba” de las ciudades capitales de las provincias de Magallanes, Ultima Esperanza y Tierra del Fuego.

Punta Arenas: en distintos barrios de la ciudad, especialmente en las calles Errázuriz y Balmaceda, en el Cerro de la Cruz, estaban “La Chonka pobre”, “La Polaca”, “La Juanita Figueroa”, “El pasadizo o el pasillo largo”, “El 333”, “La cien metros planos”, El portón de fierro”, “La Porota”, “El Aventurero”, “El Chino”, “El cuartito azul”, “La casa de piedra”, “La Lucy”, “La Dora”, “La María Teresa”, “La María Luisa”, “La Sara”, “El Castillo”, “La Yola”, “Las Vegas” (barrio 18), “La escuela de grumetes”, “Los siete espejos”, “La traje con plumas”.

Había en el sector rural, al sur de la ciudad, algunos “entretenimientos” especialmente para los varones, comenzando por el famoso “Rancho de las cabras”, una casa antigua con corredor que todos conocían con esa denominación. Algunos decían que el nombre se lo pusieron porque los dueños poseían animales caprinos mientras otros afirman que el rótulo era porque la dueña del negocio, que además vendía licor, traía niñas de Chiloé para atender a los parroquianos.

Puerto Natales: un valioso aporte del joven historiador natalino Nelson Alvarez, menciona a esta profesión más antigua del mundo, cuando encuentra una publicación del diario El Heraldo, de Puerto Natales, del año 1917, donde se acusa al juez de Subdelegación, de haberlo sorprendido paseando en su automóvil a “niñas de dudosa reputación”. Luego aparecen algunos regentes de lenocinios en la década de 1920, en calle Bulnes abajo, como Manuel Pérez, conocido como “El sastre”, “La Berta Toro” y “La María Valenzuela Campos”. En la historia de los sangrientos hechos del año 1919, se menciona a niñas que son llamadas a declarar porque quisieron retirar sus ahorros de la Casa Braun y Blanchard, donde funcionaba la agencia del Banco de Punta Arenas, por haber escuchado en el lenocinio donde ellas trabajaban, que existía amenaza de quemar el citado edificio.

A fines de los años 20, se instala en calle Prat, Rosalía Melo Robles, dando inicio a una especie de Barrio Rojo (que funcionó hasta los años 70). De ahí, aparecen “La Cañi” (Juan Laza y Candelaria Catriao) y se deslizan los nombres de “La Ruth”, de calle Esmeralda, “El manos limpias”, de calle O’Higgins, “El Embassy”, de calle Benjamín Zamora, “El Moulin Rouge”, de calle Condell; “La Lidia Rosalía”, “El Viña del Mar”, “El Trébol”, “El Copacabana”, “El Africa 2000”, “El Dragón Rojo”, “La Magaly”, “La Picada del Diablo”, “El Rancho” y “La Diosa de la Noche”.

Porvenir: en la capital fueguina, concurrían a este tipo de lugares, tanto los buscadores de oro, como los trabajadores de estancia que cada cierto tiempo bajaban al pueblo, pero también los citadinos de cuello y corbata. Se menciona como al más antiguo al “Palermo” (de la Carmela, en calle Soto Salas, que sobrevive aún-) y en el cual atendían señoritas con elegantes trajes. Hubo ocasiones en que frente al local se instalaba un camión con rampla que servía de escenario para que estas niñas realizaran shows públicos. También estaban “El Rosedal”, de la Rosita, de calle John Williams, que fue víctima de un incendio; “El Gauchito” de la María Pin Pon; y “Los Siete Espejos”, de la Conei, de calle Justo de la Rivera.

El poeta, dramaturgo y novelista francés Víctor Hugo, dijo: “La santa ley de Jesucristo gobierna nuestra civilización; pero no la penetra todavía. Se dice que la esclavitud ha desaparecido de la civilización europea, y es un error. Existe todavía; sólo que no pesa ya sino sobre la mujer, y se llama prostitución”.