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Hugo Alegría Burgos, casi medio siglo folclorista de los campamentos de Enap

Por La Prensa Austral miércoles 22 de mayo del 2019

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Hablar con Hugo Alegría Burgos, gran folclorista, magallánico de adopción, es disfrutar de una conversación amena, dicharachera y sabrosa, por la interesante historia de su vida que la narra en un habla muy popular, en forma amena y campechana, empleando el “iñor” o el “puéh” de su tierra ancestral.

“Nací en Concepción el 4 de marzo de 1949, hijo de Cipriano Alegría Morales, natural de Victoria, -zona conflictiva, donde ahora queman camiones y antiguamente quemaban carretas-. Como el más “escueleado” del lugar -contaba con sexto preparatorias-, pudo ir desde la zona rural donde vivía, a la ciudad de Concepción, donde ingresó a Ferrocarriles del Estado”.

“La familia que, además estaba compuesta por mi madre Emilia del Carmen Burgos Troncoso, procedente del lado de Los Angeles y mis cuatro hermanos Omar, Osvaldo, Margarita, Yolanda, vivíamos en la hijuela La Cantera”.

“Estudiamos en una escuelita de campo y cuando estábamos más ‘pichones’ lo hicimos en un colegio público de Concepción que quedaba a media cuadra de nuestra casa. Yo, como el menor de los hermanos era muy regalón y me hice amigo de los hijos del cuidador de la escuela que distribuían la leche que le servían a los alumnos y, su padre, nos regalaba un jarro, de esos que vienen en juego con los lavatorios, lleno del exquisito alimento el cual lo llevábamos para nuestro hogar”.

Conjunto en Cerro Sombrero.

“En Concepción tuvimos la mala experiencia de pasar el terremoto del año 60. Realmente terrorífico y desastroso. Fue tan terrible el movimiento que uno caía al piso, sin poder mantenerse en pie. Las casas de adobe, muchas caídas y otras quedaban trizadas, inhabitables. Mucha gente murió aplastada como gallinas. Posterior al terremoto, no había luz y el agua había que ir a buscarla a una cascada de vertiente en un cerro, lejos de allí. Ese líquido nos servía para hacer los alimentos y medirla en el aseo sólo ‘lavándose por presas’”.

“Yo era buscavidas; trabajaba en la feria ayudándole a una señora vecina que vendía verduras”.

“En una ocasión llegó a nuestra casa la tía Honoria Romero Bobadilla que era natural de Pailahueque, cerca de la ciudad de Victoria, pero que vivía en Punta Arenas con su esposo, Juan Alegría Morales, antiguo funcionario de la Empresa Nacional del Petróleo, el ‘Gancho Juan’ como le llamaban. Con el tiempo yo le hice una canción con ese apodo, tema que incluso ganó un festival. La tía Honoria en su juventud tocaba la guitarra en forma campesina, con guitarra traspuesta. Quiso enseñarle a una de mis hermanas pero ‘no estaba ni ahí’ con el instrumento porque estaban en una época de coqueta juventud. Ya se comenzaban a pintar los labios puh iñor”.

“Yo miraba a mi tía y comencé a aprender los primeros ‘toquíos’. Posteriormente un hermano compró una guitarra en la cárcel. Era de madera bruta, muy pesada pero igual le hice empeño y comenzó a gustarme la música”.

“Ingresé a estudiar Educación en la Universidad de Concepción, donde hice como cinco semestres y vino el problema del 73 y dejé de estudiar”.

“Mientras tanto, para poder ganar algún dinero, hacía música en los rodeos. Había fallecido mi papá y mis hermanos ya no estaban con nosotros y había que ‘parar la olla’. Yo tocaba arpa y una señora cantaba. Ella era María Ester Aguilar, nombre artístico, porque era hermana de Nilda Moya, la Pirilacha. Andaba en ese tiempo con su tía, niña chica, Tatiana Merino, la que con el tiempo sería gran vedette. Actuábamos viernes, sábado y domingo y el lunes era la clausura y los organizadores del evento carneaban algún novillo que se había quebrado en alguna mala atajada y la carne la distribuían a quienes habíamos participado en el rodeo. De esa forma yo llevaba a mi casa grandes trozos de carne que saboreábamos con placer porque realmente nuestra humildad nos hacía ‘estar atrasados en cazuelas’”.

“Como me interesaba la música, estuve tomando unos cursos en el Conservatorio”.

“Apareció otra visita importante en nuestro hogar, la que cambiaría el curso de mi vida: mi prima hermana Rosita Alegría, que había vivido con nosotros en Concepción. Ella se había radicado en Punta Arenas, donde conoció a Juan Osvaldo Calixto Aguila, funcionario de Enap que sería posteriormente su esposo”.

“La pareja me acompañó a un rodeo donde hice mi presentación que le encantó a Osvaldo, el cual me dijo ‘usté primo, está pintado para allá’. Me interesó la posibilidad porque yo vivía de puras changas con medias jornadas en algunas escuelas”.

“Me insistió en que aceptara viajar porque se necesitaba una persona con mis características”.

“Dijo que me enviaría los pasajes, de tal manera que yo quedé esperando la confirmación con la esperanza de cambiar la vida humilde y penosa que llevábamos. Era tal que, como vivíamos en la periferia de Concepción donde ni siquiera había alcantarillado y la ‘casita’ quedaba tan lejos que había que ir en bicicleta. En esos baños de cajón muchas veces se nos cayeron adentro algunas gallinas e incluso un par de cerdos”.

“Y llegó la buena noticia. Tendría trabajo en Magallanes y los pasajes aéreos estaban listos. Yo en lo único que me había movilizado era en carreta y a caballo, de tal manera que esa era mi primera experiencia en avión”.

“Con lágrimas en los ojos por la despedida, comencé a arreglar mi equipaje: un par de cajas de cartón, amarradas con un cordel, una con libros y documentos, otra con ropa, un arpa y una guitarra”.

“Para consolarla, le dije a mi mamá que iba a probar por seis meses. -Si no pasa nada, me vuelvo y seguimos aquí, algo vamos a hacer”.

“Fui destinado por la Enap al campamento Posesión. Llegué un día 28 de mayo, fecha memorable. Nos fuimos nevando al nuevo destino. Me destinaron un dormitorio y me informaron que en la noche habría una reunión. Cuando me fueron a buscar estaba todo nevado. Fue impresionante, tanto que casi no me atrevía a salir”.

“El resultado fue que formamos un grupito folclórico con trabajadores y pobladores y también le di apoyo al colegio del lugar”.

Procesión de San Pedro en Cullen.

“Al comenzar a hacerme amigo de todos los viejos, se me abrió el horizonte, porque después de fui a Puerto Percy y posteriormente a Cerro Sombrero, donde recién estaba partiendo el Festival de la Canción Enapina. Al quedar sin director el grupo musical de Cullen, me hice cargo de él. Hice cualquier cantidad de amigos. En uno de los encuentros folclóricos que allí se realizaban, quisimos presentar una proyección relacionada con la fiesta de San Pedro, patrono de los pescadores con el grupo de Cerro Sombrero. No teníamos el santo, solo la angarilla. Hablamos con Arturo Traba, que estaba en Recursos Humanos de la Enap y por su intermedio logramos conseguir con la Cooperativa de Pescadores un auténtico San Pedro, pero con la condición que lo cuidáramos ‘como hueso de Santo’. El problema fue que al ingreso al escenario había un travesaño muy bajo que le cercenó la cabeza al bendito y, para salir del paso lo pegamos con cinta adhesiva. Al caminar con el anda, la cabeza del Venerable se movía y daba la impresión que estaba vivo para sorpresa del público. Para devolver al Santo la Empresa adquirió una nueva imagen en Santiago”.

“Aprovechando la variedad de trabajo ‘yo le mandaba pelao nomás’. Estaba soltero y vivía prácticamente en los campamentos. Después empecé a pololear”.

“Realmente se ganaba dinero y con esa experiencia yo aconsejo a los cabros nuevos que realizan este tipo de actividad: junten plata, porque después de esta vida no hay otra”.

“Yo, a pesar de mis agotadoras jornadas, trataba de descansar y recuperarme. En ese sentido recordaba los consejos de mi padre: ‘Hay que cuidar la vela porque la procesión es larga’”.

“De todas formas, pensando en el futuro, tomaba otros trabajos: estuve también en Villa Tehuelches”.

Con el grupo de teatro folclórico El Aromo.

“Estuve 35 años trabajando en campamentos de la Enap en el rubro de la cultura y folclore. Cuando esto terminó, el alcalde de la comuna de Primavera me ofreció trabajar con la gente civil de la comunidad y formé, incluso con gente auténticamente campesina, el conjunto Villa Austral. Hicimos excelentes presentaciones en la región, en el Festival de la Patagonia, en Chiloé e incluso en la República Argentina. Terminamos grabando un disco que fue muy bien recibido por nuestros adeptos. En una actuación en Ushuaia, cantamos unas cuecas y una señora chilena salió a bailar y cayó en medio de la pista con un ataque. Al examinarla, los paramédicos se dieron cuenta que había pasado a mejor vida; pero se fue feliz, bailando una cueca chilena. La continuación de este grupo fue otro de nombre ‘Renacer Campesino’”.

“Más o menos en el año 1984, ‘junté las pilchas’ con una dama que conocí: Silvia Mery Ampuero Cárdenas, oriunda de Quicaví, lugar de los nigromantes,-pero no ejerce-, con la cual vivimos 35 años juntos y hace seis contrajimos matrimonio. Mi suegro, que vivía en ese entonces al lado de la Cueva de Quicaví, manejaba bien la situación turística y ponía hasta huesitos de pollo al interior para que los visitantes creyeran que era restos de alimento de los brujos. Como buen emprendedor y comerciante, cuando me quise casar con su hija, me exigió como dote una vaca preñada, dos chanchos negros y un perro con la oreja cortada”.

“He recibido varias distinciones que reconocen mi labor de tantos años en la región, mi labor folclórica la realicé con variados grupos de la región participando con Anakai, Infantil de Enap, con los Cruzados Verdes, con La Comparsa de San Gregorio, Tamar, Magisterio, con el Grupo Patagonia del Regimiento de Telecomunicaciones, Viento del Sur, Mitahue, Ministerio de Obras Públicas, Intendencia, Cantares de mi Tierra, etc”.

“Hoy, descanso junto a mis instrumentos, arpa, guitarra y acordeón y salen a relucir de vez en cuando en reuniones familiares”.

“Llevo 41 años en Magallanes y a Dios gracias tranquilo económicamente, gracias a mis ahorros. Vamos con mi esposa de vez en cuando a visitar mi tierra de nacimiento, pero siempre vuelvo a Magallanes, tierra que me ha acogido por más de la mitad de mi vida”.