Necrológicas
  • Julio Sebastián Calderón Maclean

Hugo, nuestro pequeño gran héroe magallánico

Por La Prensa Austral domingo 15 de enero del 2017

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Recuerdos de un reportero (II)

En agosto de 1965 una tragedia naval remeció a la Armada de Chile: el escampavía Janequeo se hundió en Purranque, dejando por desaparecidos y presumiblemente muertos a toda su tripulación, entre ellos a Hugo Hromic Mayorga, un joven guardiamarino magallánico

Por Jorge Babarovic N.

Fue un mes de marzo de los años cincuentas. Venía bajando del bus que me trajo de regreso a Punta Arenas después de trabajar, durante las vacaciones de verano, como vellonero en la faena de esquila en la estancia Franca, en las proximidades del Lago Argentino. En ese preciso momento me topé inesperadamente con mi ex profesor de filosofía y música, Miguel Solinas, a la fecha director del Liceo San José. Ahí mismo me ofreció el cargo de profesor de una tercera preparatoria -así se llamaba entonces el tercer año básico- “a título de reemplazante durante un par de meses”, que se convirtió en un año escolar completo.

Yo no tenía experiencia pedagógica alguna, pero acepté el cargo como un nuevo desafío y porque el horario escolar me permitía trabajar también en la Radio Austral, situada a un par de cuadras del colegio.

Recordando al Padre Vladimiro Boric, mi ex profesor de historia y más tarde el primer obispo diocesano de Magallanes, decidí amenizar las áridas materias del programa oficial de enseñanza relatando un cuento cada día a los treinta y tantos niños que componían el curso. Usaba para ello algunos recursos vocales propios del radio teatro para darle más emoción la relato. Un día elegí “De los Apeninos a los Andes”, la emotiva historia de Edmundo D’Amicis contenida en su libro Corazón. Es el dramático relato de un niñito italiano de la misma edad de mis alumnos que viajó de Europa a Buenos Aires para ubicar a su madre que lo había abandonado emigrando a América.

Cuando concluí la lectura, al bajar el libro que sostenía a la altura de mis ojos, me di cuenta que un alumno de la primera fila, preso de la emoción derramaba abundantes lágrimas. Su nombre, Hugo Hromic Mayorga, al que todos consideramos la “guagua” del curso por su porte y su modo de hablar, una criatura tierna, inteligente, bondadosa y sensible.

Lo que no podían imaginar en ese momento es que años más tarde sería yo el que derramaría lágrimas por él.

Trece años después

La vida me llevó a ocupar el cargo de director-gerente de la también desaparecida Radio La Voz del Sur. Pese a esa jerarquía también hacía turnos de locución, porque me gustaba trabajar frente al micrófono y, por otra parte, facilitaba un mayor descanso del personal en los días festivos, lo que era imposible en el día a día de la demandante actividad radial de la época, cuando las grabadoras recién comenzaban a ser parte del equipamiento de las emisoras.

El 15 de agosto de 1965 marcado de rojo en el calendario concluía mi turno en el mediodía cuando, al pisar las primeras tablas del largo pasillo que conducía de los estudios de la emisora a plena Calle Roca, oí el sonido del teléfono y volví a mi escritorio. Al levantar el fono reconocí la voz del oficial que habitualmente me recibía en la oficina de informaciones de la Tercera Zona Naval.

-“Le tengo una noticia muy importante y la autorización de mi almirante para dárselas. ¿Podrías venir luego a mi oficina?”.

La sede de la Tercera Zona Naval estaba y sigue estando en el mismo edificio de la calle Lautaro Navarro, a dos medias cuadras de donde yo me encontraba.

No lo cronometré, pero estoy casi seguro de haber batido un récord olímpico de velocidad empujado por mi aún no extinguida pasión por la noticia. “Eran los tiempos en que los reporteros reporteaban”, diría una querida y hábil periodista aún vigente.

-“Hemos tenido una tragedia, me señaló el oficial, nuestra escampavía Janequeo se fue contra las rocas en la costa de Purranque, al tratar de zafar al patrullero Leucotón varado en el lugar. Tenemos muchos desaparecidos, más de setenta”.

A continuación me pasó unas hojas con numerosos nombres pero mi mirada quedó fija en uno solo: guardiamarina Hugo Hromic Mayorga… ¡Mi ex alumno!.

Yo había perdido de vista y oídos a Hugo. Hasta ese momento no sabía nada de él, tampoco que había ingresado y egresado de la Escuela Naval. Al momento de la tragedia del Janequeo, me lo confirma su hermana Natacha, tenía apenas veintiún juveniles años, poco más que el niño que conocí en el San José. En una mezcla de sueño y pesadilla me parece verlo luchando contra las enormes olas tratando de rescatar a sus compañeros. Sus restos jamás aparecieron.

A veces, cuando paso por el centro de Santiago, oigo unas voces maduras con un “Buenos días maestro” ó “Buenas tardes profesor”, en su mayoría distinguidos profesionales o empresarios de hoy, que en sus tiempos de niños fueron mis alumnos durante ese año inolvidable. Ellos ahora, bastante más de medio siglo después, me reconocen y recuerdan con afecto. Las voces de otros ya se apagaron para siempre, entre ellas las de Hugo Hromic cuyas lágrimas siguen humedeciendo mis recuerdos de profesor y reportero.