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La historia del trabajador más longevo del Cementerio Municipal que convive a diario con la muerte

Por La Prensa Austral lunes 13 de agosto del 2018

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Carlos Yáñez ha vivido en medio del llanto desconsolado de muchas personas. Pero, agradece hasta hoy estar vigente y que su labor se reconozca.

Fabrizio Bahamóndez

fbahamondez@laprensaaustral.cl

Corría el año 1974 en la ciudad de Punta Arenas. Luego de estar cerca de 12 meses conviviendo con una amarga y nada cómoda cesantía, un joven cruzaba la puerta principal del cementerio católico de la ciudad. Era el primer día de trabajo de Carlos Yáñez como sepulturero.

Su principal anhelo de la época era otro. Otro tan distinto a andar cavando tumbas para muertos: ser parte de Carabineros de Chile. Pero, esa opción nunca le resultó.

Hoy aquel hombre tiene 66 años, sigue levantándose temprano a diario y está en el mismo trabajo. El tiempo dio vuelta los roles y en la actualidad tiene personal a su cargo. Es la primera vez que da una entrevista de este tipo a un medio de comunicación.

Primeras décadas

“En mis inicios llegué a hacer desde excavaciones de hoyos hasta el aseo de los baños. Y del mismo recinto. Entré cuando éste aún no pertenecía a la Municipalidad de Punta Arenas, sino al Servicio de Salud. Todos mis ex compañeros de la antigua administración están fallecidos”, recuerda el actual jefe de control y gestión interna del Cementerio Sara Braun.

En la década del 70’ eran ocho los funcionarios que habitaban a diario los pasillos y parquecitos del lugar. Actualmente son más de 30.

Años después, precisamente en 1981, tuvo que cumplir un rol por completo desconocido: el de administrador interino. “Estuve viviendo durante cuatro años y medio dentro del cementerio. Antes no se veía nada cuando se hacía ronda en la noche. Nada de nada. Ahora hay más luz del exterior, por ejemplo del estadio, que permite ver parte de los nichos”.

Según rememora Carlos, antiguamente personas externas al recinto jugaban a hacer apuestas para cruzar por completo el camposanto en plena oscuridad y sólo con la luz de la luna.

Asegura que no ocurren cosas extrañas o paranormales. Ni siquiera ha logrado ver o conversar con los personajes de las leyendas que se cuentan en torno al cementerio católico. Hasta el día de hoy nada ni nadie lo ha penado.

“Toda persona que entra al cementerio con la sensación de que algo le pasará, verá o sentirá, a esa termina pasándole”, cree.

Ex morgue

Los inviernos pasados eran más crudos que los actuales en la ciudad de Punta Arenas. La nieve caída en julio de este año no tiene comparación a la presenciada por Carlos en épocas anteriores.

“La labor era mucho más forzosa cuando nevaba hasta 50 o más centímetros, y a la vez escarchaba. En ese tiempo éramos sólo siete los que trabajábamos sacando y despejando la nieve de los caminos por donde tenía que pasar el cajón del fallecido y las personas que lo acompañaban. ¡Eso sí que era terrible!”.

Cuenta este funcionario municipal que hubo un tiempo en que la morgue del Servicio de Salud yacía en el camposanto. Aquí tampoco lograron penarlo.

“En una oportunidad, hace muchos años, a un hombre algo le pasó en el muelle Prat y llegó muerto acá. Nunca supe qué le sucedió realmente. Comenzaron a bajarlo del camión para entrarlo a la morgue y… le vinieron algunos signos vitales. ¡Y se salvó de entrar!”, dice como anécdota.

Costumbre con la muerte

De existir una o más, ¿cuál será la clave para permanecer tantos años en un mismo trabajo? Carlos Yáñez tiene una respuesta: ser cumplidor, puntual y muy humano.

“Al trabajar en un lugar donde hay mucho dolor, uno pasa a humanizarse más de la cuenta. Es muy duro estar aquí, sobre todo cuando hay muertes trágicas y en donde se ven involucrados niños”.

En lo que respecta a la cercanía con el llanto desconsolado y la muerte, este hombre aclara que está más que acostumbrado a este tipo de trabajo, “pero cuando ésta te afecta personalmente, uno nunca está preparado; me pasó cuando tuvieron que partir mis padres y hermanos. Todos están enterrados aquí”.

Según confiesa Carlos, hay personas que los siete días de la semana visitan en sus tumbas a familiares, y durante cinco años continuos.

“Eso les hace muy mal  porque no dejan descansar al fallecido. Las personas no viven su dolor de manera tranquila. No es bueno ni para la mente ni para el cuerpo de quien aún lleva encima un duelo”, cree.

Reconocimiento y orgullo

Carlos es de los que siempre trata de llegar alegre a su puesto de trabajo. También de ser optimista. Y es que, al parecer, este trabajador cree firmemente que una sonrisa puede arreglar cualquier jornada laboral. Incluso de días grises o negros.

“Lo más feo que he visto en todos estos años fue la quema intencional de los siete árboles (cipreses). Antes se habían quemado algunos, pero por accidentes que se produjeron a metros de éstos. Nunca había ocurrido algo así”.

En esta misma línea, sostiene que actualmente parte de la juventud viene a hacer destrozos al camposanto. En otros tiempos los jóvenes como mucho llegaban a beber. Otros incluso a estudiar en medio de la tranquilidad del Sara Braun de avenida Bulnes.

“Lo más lindo es que la gente reconoce mi trabajo en palabras y en persona. Uno trabaja para el usuario, para un público. Todos los agradecimientos no pueden ser económicos, pero la palabra hace y dice mucho. Hay algunos que me saludan hasta por mi nombre”.

Carlos Yáñez es un agradecido de Dios por estar aún vigente y con trabajo. No todos pueden contar la misma historia de funcionario público y a esa edad. Menos aún si recibió tres bypass coronarios (procedimiento quirúrgico al corazón) en 2006.

“Me siento totalmente orgulloso hasta donde he llegado, aunque no creo alcanzar más en mi carrera funcionaria por los años que tengo. Espero seguir trabajando hasta que el cuerpo me dé”. Pareciera que al reloj de este hombre aún le quedan varios ‘tic tac’.