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 Las nómadas del mar, que a través del océano emigraron a la ciudad

Por La Prensa Austral domingo 4 de junio del 2017

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Rosa Yolanda Messier y Rosa del Carmen Osorio

Mario Isidro Moreno

Desde tiempos inmemoriales, cuando las canoas kawésqar recorrían los fríos canales, hasta el establecimiento de los primeros pescadores y cazadores loberos junto a sus familias provenientes del archipiélago de Chiloé y las Guaitecas, allá por el año 1936, la localidad de Puerto Edén ha sido conocida como un lugar de paso.

En esa zona de los canales occidentales vivía el pueblo kawésqar el cual, del nomadismo aún vigente a mediados del siglo XX, pasa al sedentarismo y pérdida del hábito del trabajo, con la llegada de la Fuerza Aérea de Chile que arribó a Puerto Edén, llamado por los naturales “Jetarkte-Kstal”, en el año 1936.

A las históricas condiciones de precariedad económica, material y social de la localidad el aislamiento físico era importante, ya que el asentamiento se ubicaba en una zona en extremo difícil de llegar; la única forma era vía marítima y el flujo naviero era muy escaso; de tal manera que durante muchos años la población local no tuvo conexión importante con el exterior.

La historia nos describe en definitiva el proceso de asimilación social y cultural que los kawésqar experimentaron durante los últimos 70 años. Asimilación que conduce por múltiples caminos, como se puede ver en su propia familia y a través de sus hijas e hijos, los cuales tomaron rumbos bien distintos, algunos de ellos permaneciendo en esa zona y otros migrando a las ciudades de Punta Arenas y Puerto Natales.

Por otra parte, a diferencia de las costumbres ancestrales, la mujer comenzó a unirse en matrimonio con individuos muy distantes de su raza, prefiriendo a los blancos o a los huilliches mestizos de Chiloé en estos enlaces, acompañándolos en su radicación en las ciudades antes mencionadas.

Dos claros ejemplos de esta historia lo constituyen Rosa Yolanda Messier y Rosa del Carmen Osorio Guerrero.

Rosa Yolanda Messier

Los años han velado muchos de sus recuerdos y entre las brumas del pasado emergen algunas añoranzas, especialmente tristes, de su vida de niña.

Nació en Puerto Edén el 10 de junio de 1936 y a muy temprana edad perdió a su madre, de la cual no tiene mayor memoria y sólo sabe que su padre tenía el nombre de Pedro Pablo.

En su media lengua, atrofiada por no haber podido mantener el idioma de su raza y sólo conocer algunas palabras en español, narra su vida de niña en los canales junto a sus hermanos Pedro Javier y Ernesto, fallecidos por el mal que afectó a muchos kawésqar, especialmente en las afecciones pulmonares, debido a su constante trabajo en las frías aguas australes y el soportar una lluvia casi permanente que se registraba en sus lugares de residencia.

Rosa Yolanda sabe poco de su vida de niña:

“El sargento Geymer, de la Fuerza Aérea, no nos permitía a los pequeños salir a navegar, especialmente a las niñas, y debíamos permanecer sólo en las inmediaciones de Puerto Edén. Nuestras actividades eran ayudar con los mariscos que traían los hombres y la tía Margarita nos enseñó a fabricar los canastillos de junquillo que se vende como artesanías.

No aprendí a leer ni a escribir y perdí por completo el dominio de mi idioma. El español lo aprendí a medias con los funcionarios de la Fach.

A veces conseguíamos permiso y viajábamos en lancha hasta Puerto Natales”.

A los 11 años se trasladó con su tía Margarita a Punta Arenas.

“Los que veníamos y veíamos por primera vez una ciudad tan grande, nos admirábamos de sus edificios y largas calles, porque en Puerto Edén sólo hay veredas construidas con madera para poder transitar por los distintos sectores. Asimismo nos aturdíamos al ver tanta gente que había acá.

Cuando nos daba la nostalgia regresábamos a Puerto Edén, hasta que un día no volví más allá.

Me casé dos veces. Mi primer marido, que vino de Chiloé, murió de una afección que no tuvo mejoría. Lo enviaron a Santiago pero tampoco tuvo solución y falleció en Punta Arenas. Mi segundo marido también falleció al caer de una casa en construcción en la población Chaparro”.

Rosa Yolanda Messier, quedó viviendo sola, ya que sus hijas se independizaron y sólo una nieta que ocupa una vivienda interior la acompaña.

Vive de una pensión del Estado y se ayuda con la venta de sus artesanías que confecciona con lana y junquillo.

Rosa del Carmen Osorio Guerrero

Al igual que su amiga y coterránea Yolanda Messier, Rosa trata de reconstruir los escombros calcinados del olvido. A su mente la afecta una anestesia paralizante que no permite que sus recuerdos afloren frescos y nítidos.

La encontramos en el Establecimiento de Larga Estadía para Adultos Mayores (Eleam), que lleva el nombre de “Cristina Calderón Harbán”, ubicado en calle Hornillas de la ciudad de Punta Arenas.

Acompañada de su hija Sylvia Bustamante Osorio, observa por la ventana de su dormitorio las nubes que pasan raudas, sin saber si van o vienen de esos lugares que la vieron nacer.

Sus apellidos los cogió al azar ya que fue enviada a la ciudad por su padre, con unos pescadores que realizaban su faena extractiva en los canales occidentales.

“Yo nací en los canales occidentales el 14 de enero de 1932 y viví jovencita en esos sectores -cuenta con orgullo Rosa del Carmen- . Mi madre falleció cuando yo tenía escasos   años y mi padre José se hizo cargo de mí, con el consiguiente perjuicio para su vida, puesto que el hecho de cuidarme le restaba la posibilidad de realizar su trabajo para ganar el sustento diario.

No obstante ello, tenía que mariscar, en la playa, porque al no saber nadar no podía sumergirme en las frías aguas de los canales. En nuestra vida errante, nos trasladábamos en bote a remos por distintos lugares. Me daba miedo llegar a un lugar donde dos hermanos -hombre y mujer- vivían como casados. Era en una isla de los canales y todos comentaban que, además, eran brujos y salían a volar por las noches. Cuando pasábamos en bote frente al lugar, yo cerraba los ojos.

Aprendí a tejer canastillos de junquillo y a tejer la lana con palillos.

Obligado por las circunstancias, mi papá me entregó entonces a manos ajenas porque yo definitivamente era una carga para él. Consiguió que unos pescadores que viajaban a Punta Arenas, me llevaran consigo.

Mi existir cambió, porque en los canales mi vida era de mucho sufrimiento. Prácticamente vestía harapos y nunca tuve calzado.

Estuve un tiempo en el sector del faro San Isidro. Ahí me dejaban encargada los pescadores para que cuando bajara la marea pudiera mariscar.

Tuvieron que pasar varios años en Punta Arenas para que encontrara a una persona con la cual compartir mi vida. Me casé a los 30 años con un hombre bueno, José Belarmino Bustamante Oyarzún, procedente de Chiloé y que trabajaba en la Empresa Nacional del Petróleo. Con él tuvimos cuatro hijos, dos hombres y dos mujeres, una de las cuales Sylvia, ha sido mi ángel de la guarda, ya que me cuida en mis últimos años de vida”.

Rosa del Carmen enviudó en el año 1970 y espera que sus dioses ancestrales la lleven a Arkaksélasejéstat (El salto de los astros), el cielo que la espera.