Necrológicas
  • Héctor Mayorga Vargas
  • María Luzmira Huichamán Ojeda
  • Rodolfo Dulansky Vergara

Los entretenimientos y juegos del fin del mundo (Parte 1 “Los aborígenes”)

Por La Prensa Austral sábado 9 de abril del 2016

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En todas las partes del mundo los niños juegan tan pronto como se les presenta la oportunidad, haciéndolo de una manera totalmente natural. El juego es parte de sus vidas, quizás es una de las pocas cosas en las que pueden decidir por sí mismos. El juego es una actividad presente en todos los seres humanos. Los etólogos lo han identificado con un posible patrón fijo de comportamiento en la ontogénesis humana, que se ha consolidado a lo largo de la evolución de la especie.

Si buscamos en los orígenes, se puede desprender la contribución del juego a la especie humana. No hay humanidad donde no exista el juego. Es algo que los antropólogos han descubierto, y si pensamos que el juego va unido a la infancia, profundizando sobre él llegaremos a considerar el papel de la infancia a lo largo de la historia. La prueba de que jugar no es un invento de nuestros días la encontramos en la literatura y el arte antiguos, en los que se describen las actividades de los niños, y en el Foro Romano hay una rayuela gravada en el piso. Los sonajeros más antiguos se fabricaban de vejigas de cerdo o de garganta de pájaros, los que se llenaban de piedras para que el sonido producido estimulara la curiosidad de los niños más pequeños.

Por supuesto que el juego estuvo y está presente en nuestra Patagonia desde tiempos ignotos.

Los diferentes grupos originarios del sur del mundo, tuvieron sus propios entretenimientos.

Los selknam

Una de las últimas representantes de la raza fueguina, Enriqueta Gastelumendi Cusanchi, mestiza hija de vasco y selknam, nacida en 1913 en la estancia Viamonte, de Río Grande, Argentina, en mi visita a su domicilio de calle San Martín, en Ushuaia, me informó que el juego más apreciado por su raza, era la lucha, llamada “wiyekséin”, especialmente cuando participaban peleadores famosos. Se realizaba en parejas y la pelea duraba hasta que el contrincante quedaba derrotado. Existía otro tipo de lucha colectiva denominada “at’ate” que se realizaba para exigir compensación por un serio agravio. Igualmente estaba el “hámák´ar” donde una fila se hombres se apoya contra otro y compiten con otra fila, obteniendo el triunfo quienes hayan empujado hacia atrás a los oponentes. Se realizaban las carreras “káiyik”, en un terreno de aproximadamente 30 metros, ganando el que llegaba primero a la meta.

Se practicaba el tiro al blanco con arco y flecha, llamado “uleka´i”, hacia un objeto distante 25 a 30 metros. Y el “anuka´i”, disparos a distancia, venciendo el que llega más lejos. Un juego llamado “c´onektár en”, consistía en lanzarse leños encendidos a unos 15 metros de distancia.

En cuanto a los niños, las madres les fabricaban el “háshásmecen”, llamado igualmente “tamkehás”, especie de sonajero o matraca compuesto de unas cinco valvas planas o conchas de caracol. Las niñas confeccionaban sus propias muñecas, tomando un palito grueso de unos tres dedos que se bifurque a partir de la mitad. La borla de la cola del guanaco y piel, cubrían la cabeza y cuerpo del juguete.

El “salemkáli” lo jugaban los mayorcitos y consistía en dar vueltas a un tronco, unidos de la mano aumentando la velocidad a cada giro, siendo eliminado el que se suelta de la fila.

Los varoncitos se preparaban para la vida futura jugando con arco y flecha que lanzaban hacia el hueco de un árbol, un pedazo de cuero o una piedra. Por último, estaba el “tásyan”, que se jugaba con el hueso cuadrado de la articulación del pie del guanaco, que se seca y se raspa, tirándolo para probar puntería o simplemente lanzándolo al aire para agarrarlo sin que caiga al piso.

Los aonikenk

Mercedes Macías Ibáñez, en su casa de calle Lavalle y Pasteur, de Río Gallegos, Argentina, antes de morir me confió los juegos y entretenimientos de su raza aónikenk o tehuelche. A los niños les fabricaban pequeñas boleadoras para que las usaran a manera de juego preparándose para la vida futura. Con ellos, incluso, podían tratar de cazar polluelos de ñandú. En la época invernal, tomaban un madero liso y, a modo de trineo, se deslizaban por las pendientes escarchadas. Las jovencitas, jugaban con sus muñecas a ser madres.

Los mayores, realizaban pruebas de fuerza corporal, como acarrear sobre los hombros pesadas piedras o la lucha entre dos hombres tomados por el cuello o el cabello, tratando de desestabilizar al contrario. El “pilma o Sanke” era un juego de destreza parecido al palín de los mapuche.

En su libro “Vida entre los Patagones” el marino británico George Chaworth Musters se refiere a la inclinación que sentían los indios por los juegos de azar, y nos brinda el siguiente testimonio: «Las cartas que se usan a veces es la baraja española, que se obtienen en las colonias, pero lo más frecuente es que los indios usen otras de cuero, fabricadas por ellos mismos. Estas, como los naipes españoles comunes, están marcadas con los numerales hasta siete; pero las figuras son completamente distintas porque, en vez de ellas, se veían monogramas de origen nativo cuyo significado, si tenían alguno, era indescifrable. El as, sin embargo, es un poco parecido al nuestro. Los juegos más comunes son panturga, primero, siete y yaik o fuego, una especie de burro.

Los jugadores se sientan en rueda, con un poncho o una mantilla que representa el tapete verde; sus fichas consisten en pedazos de ramitas o hierba, y su sistema de tanteo es complicado. Yo, por lo general, cuando me permitía el lujo de jugar, lo hacía en sociedad con otro que se encargaba de tantear, pero mi buena suerte constante me quitaba las ganas de aceptar invitaciones a entrar en la rueda. Cuando se pierde la apuesta, ya se trate de un caballo, una tropa de yeguas, una montura, un lazo o cualquier otra cosa, el ganador manda sencillamente a un amigo a buscarla, o va él mismo a tomarla; toda deuda de honor se paga escrupulosamente en seguida. Con frecuencia se pierden y se ganan apuestas de consideración».

El “Allél-Kuzen” Se jugaba con cuatro huesos chatos y alargados. El allél era un trozo del hueso hioides (ubicado en la parte de atrás de la lengua de las vacas), lo gastaban hasta que medía unos 7 x 1,5 cm, de un lado quedaba blanco y del otro le pintaban líneas negras. Cada uno de ellos tenía una cara lisa y la otra pintada con líneas negras. Dos parejas arrojaban por turno los huesos sobre un cuero de vaca y sumaban puntos según como hayan caído. Generalmente se jugaba entre dos hombres y dos mujeres «ellas contra ellos. Ganaba el equipo que llegara primero a 25, 50, o el puntaje acordado previamente.

Los káwesqar

Margarita Auxiliadora Molinari Edén y su esposo Alberto Achacaz Walakial, se encargaron de ilustrarme respecto de los entretenimientos de la raza kawésqar.

“Nosotros hacíamos pelotas con guata de lobo-me dijo Alberto. Las inflábamos y las dejábamos secar. Se jugaba al interior de la choza lanzando el balón y golpeándolo con la palma de la mano. Se usaba también un balón de cuero relleno de musgo y cosido llamado “yetab”.

Margarita me dijo: “A mí, me gustaba jugar al columpio, atando una correa a una rama. El juego se llamaba “téruwa-kalor” y el columpio se denominaba “kerraktáwa”.

Los muchachos, jugaban a la lucha llamada “yipati”, que corresponde a la palabra “jepátal” (juego). El secreto era el equilibrio, porque el que caía, perdía. También se jugaba a “amarrar la canoa” compitiendo quien lo hacía con mayor rapidez.

Tenían innumerables juegos cantados, muchos de los cuales fueron recopilados por la musicóloga María Ester Grebe, que realizó una expedición a Puerto Edén en 1971. Los juegos cantados que encontró fueron, entre otros, “Kénajanayowa” (jugando redondo) que consistía en una ronda, “karaktué” (columpio) y “wajena” (haciendo fuego).

Los káwesqar sobresalían en la imitación de las actitudes de todos los animales, desde la ballena al zorro, sin olvidar los pájaros. Realizaban cantos con pantomimas.

Los yámana

Ursula y Cristina Calderón, me recibieron en Ukika, en la isla Navarino, y la primera complementó sus informaciones respecto de los juegos, en la ocasión en que estuvo varios días alojando en mi hogar.

“En nuestra niñez, teníamos un grupo de amiguitos con los cuales jugábamos a la casita. Los niños eran ocupados para buscar leña para hacer fuego para cocinar. La caparazón de una centolla y las conchas de mariscos eran ollas y platos.

Los niños varoncitos jugaban a arponear un canasto que era arrastrado por uno de ellos y le lanzaban el arma al pasar.

Existía un juego llamado “tschenalora”, en el cual, niños varones y mujeres, en cuclillas uno detrás del otro, tomados de la cintura, avanzan imitando el navegar de un bote que atraviesa las aguas al batido rítmico de los remos. Con el “tumutolla” los niños rodaban extendidos por las pendientes y el “kaklechana” saltaban en una pierna ganando el que lo hace por más tiempo. Para el “kálaka” (juego de la pelota), se confeccionaba un balón con la membrana interdigital del albatros que, previamente, se infla para que se seque y también con una tripa de lobo de mar, rellena de plumas y pasto seco.

Un juego, muy similar a la “gallinita ciega” de nuestra niñez, lo practicaban los yámana con el nombre de “teleyématse”. Se vendaba los ojos de un varón o dama, quién tenía que atrapar a uno de los participantes del juego. El que resultaba atrapado era a quien le correspondía vendarse los ojos.

Por último, estaba el juego del “sollakina”, entrenamiento muy sencillo de esta raza. Consistía en que, en la oscuridad, se encendían palitos muy livianos de madera seca, lo que eran lanzados hacia arriba como fuegos de artificio. Los cuerpos luminosos que caían lentamente, eran soplados de nuevo hacia arriba. Este juego se realizaba en particular cuando estaban muy contentos y también cuando festejaban un matrimonio.

Fuente: Libro “Juegos Aborígenes del Sur del Mundo” (Mario Isidro Moreno-2004)

Kaweskar