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Los nombres de los primeros habitantes de Magallanes y su exterminio

Por La Prensa Austral jueves 14 de diciembre del 2017

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Especial “500 Años del Descubrimiento del Estrecho de Magallanes”

Este especial forma parte del proyecto

“500 Años del Descubrimiento del Estrecho de Magallanes”,

que cuenta con el fi nanciamiento del

Fondo de Medios de Comunicación Social 2017.

– Pronto a conmemorarse los 500 años del paso de Hernando de Magallanes, cabe preguntarse cuál fue el primer habitante de esta zona austral que vio y escuchó a las gigantes y desconocidas embarcaciones que llegaron a “descubrir” lo que ya otros conocían.  Y es que mucho antes de que las primeras carabelas recorrieran y naufragaran en los violentos mares y archipiélagos de la Patagonia, un puñado de hombres y mujeres conocían como la palma de su mano los imbricados canales. Hoy, algunos conchales son testigos de su paso.

Este especial forma parte del proyecto “500 Años del Descubrimiento del Estrecho de Magallanes”, que cuenta con el financiamiento del Fondo de Medios de Comunicación Social 2017.

Con este reportajes que da inicio al ciclo, queremos homenajear a los primeros habitantes que vencieron los obstáculos de la naturaleza y lograron convivir en armonía con su entorno natural

Kawésqar, alacalufes, alikghoolip, pecheray, fueron algunos de los nombres con que los navegantes europeos bautizaron a las etnias de la zona.  Las nominaciones son variadas y cambian según la ubicación del territorio en el cual se dio el encuentro.

La explicación la precisa el lingüista Óscar Aguilera -en su libro “Gramática de la Lengua Kawésqar”- cuando asegura que la falta de entrenamiento auditivo a la hora de recoger testimonios lingüísticos ayudó a poblar con diversidad de grafías los encuentros, interpretando y escribiendo el explorador para la posteridad, tal cual sonaba el nombre en su propia lengua o, bien, con datos referentes a las circunstancias del contacto.

De esta forma, el navegante francés Louis Antoine Bougainville bautiza a los indígenas de la parte central del estrecho de Magallanes como “Pecheray”, porque fue la palabra que pronunciaron los nativos cuando los abordaron.

En cambio, el navegante inglés Robert Fitz Roy denominó huemules a los indígenas, porque al encontrarlos vestían en abundancia la piel del ciervo.

Más tarde, el arqueólogo francés Joseph Emperaire postularía que el nombre alacaluf, alikkolif, alakwulup podría ser una deformación de la palabra española regalar.

En su libro Los Nómades del Mar, Emperaire escribe una explicación plausible: “Un término cuya consonancia es extrañamente vecina a la palabra alakaluf fue escuchada dos veces en 1946.  Estábamos en una choza colocando anzuelos en una lienza, cuando una mujer preguntó si podíamos alakala takso (darle uno) y que, a cambio de eso, ella ‘alakala’ un canasto.  Después de varias explicaciones, nos dimos cuenta de que la palabra ‘alakala’ era una deformación de la palabra española regalar.  Acaso sea preciso ver en ello la explicación de este término extraño de alacalufe, que recordaría el tiempo, no tan remoto, en que los kawésqar de los archipiélagos subían a bordo de los barcos a pedir hierro y trajes”.

Por otro lado, el mismo Emperaire proporciona el significado de la palabra kawésqar, a partir de su experiencia en Puerto Edén.  Según el francés significa “hombres que llevan piel” y la palabra se compone de la siguiente manera: kawes = piel, y kar = hueso, palo, y todo lo que indique materia dura.

Según Óscar Aguilera, el nombre alacalufe o alacaluf no es reconocido por los kawésqar, y es factible que haya sido el nombre que tenía la parcialidad meridional, como lo atestiguan los escritos.

Aguilera ha logrado rescatar la gramática kawésqar a partir de los relatos orales de los descendientes y los testimonios que dejaron los navegantes que recorrieron los canales a fines del siglo XIX.

En la zona patagónica de Magallanes, la historia de los grupos que poblaron el territorio austral ha sido dramática, al punto que varias etnias han sido completamente borradas de la faz de la tierra.

Por ejemplo, hoy en Chile no existen los tehuelches o aónikenk.  Tampoco los selk´nam.  Mientras que yámanas y kawésqar intentan a duras penas recuperar y conocer sus tradiciones perdidas y olvidas luego del impacto en su cultura que generaron los procesos colonizadores en la región de Magallanes.

En el año 1905, los tehuelches sufrieron una epidemia de viruela que mató al cacique Mulato y a otros de la tribu afincadas en el valle del río Zurdo, cerca de Punta Arenas. Los sobrevivientes se refugiaron en territorio argentino.

Otro antecedente que da cuenta de la merma la población aónikenk comienza con la fundación del Fuerte Bulnes en 1843.  Los indígenas estaban acostumbrados al intercambio con navegantes europeos en el estrecho de Magallanes, mientras que el contacto con la población chilena significó un factor de desestructuración social, por cuanto masificó el consumo de alcohol en la población indígena.

Sin embargo, la introducción de la ganadería ovina en 1876 y la posterior instalación de grandes estancias ovejeras terminaron por arrinconar a los aónikenk a lugares cada vez más apartados.

Finalmente los intentos por reducirlos a reservas nada pudieron contra su espíritu nómade y la rapacidad de los grandes empresarios ovejeros que acabaron por despojarlos de todo su territorio.

Alcoholizados, reducidos a peones de estancia y diezmados por la viruela, desde 1906 los aónikenk desaparecieron definitivamente de la región de Magallanes.

La tragedia de la extinción de razas autóctonas en la Patagonia refleja uno de los capítulos más amargos y no superados de la historia regional.  En el caso de los tehuelches y selk’nam la extinción fue brutalmente rápida y perversa.  Mientras que yámanas y kawésqar ha sido dolorosamente lenta, apunta el Premio Nacional de Historia.

De ahí, que la obra Nómades del mar sintetice el mejor esfuerzo de profundidad que se haya escrito sobre los kawésqar.

En todo su desarrollo, la Sociedad Explotadora Tierra del Fuego optó por la forma de latifundio, o sea una gran superficie en una sola mano.  Esta concentración pastoril trajo progreso, pero también fue una despiadada conquista que no reconoció el derecho a tierra de los primeros habitantes del territorio, alcanzado el triste y vergonzoso exterminio de los selk’nam, pueblo nómade que habitó la Isla grande Tierra del Fuego antes de la llegada del hombre blanco.

En el caso de los selk’nams su desaparición fue claramente un genocidio.  Estos cazadores recolectores poseían una cosmogonía excepcional, amparada en una espiritualidad solemne, donde destaca la ceremonia del Hain, rito que daba inicio a la vida adulta de los adolescentes.  Esta riqueza ornamental y cultural fue rescatada en parte por el salesiano Martín Gusinde y la antropóloga, Anne Chapman.  Ambos compartieron con los últimos descendientes.

La caza que hicieron los selk’nam de las ovejas gatilló una matanza sin precedentes en la historia nacional.  Los indígenas desconocían la propiedad privada y fueron asesinados bajo el prisma y leyes de una sociedad intolerante.  Un genocidio originado en el miedo al otro, a la incomprensión de una cultura distinta y a la incapacidad de enfrentarla con respeto y tolerancia.

Los últimos selk’nam de la región murieron en Isla Dawson, tras fallidos intentos de la congregación salesiana de San Rafael por salvarlos. En la isla de 133 mil hectáreas, cerca de 800 indígenas fueron enterrados, ahí yacen los últimos restos de una raza noble que mantenía un respeto por la naturaleza y su entorno.

Bibliografía.

–          Mateo Martinic, Historia de la Región de Magallanes, volumen 1.

–          Oscar Aguilera F., Gramática de la lengua kawésqar.  Conadi, 2001.

Las cenizas de Fresia Alessandri fueron esparcidas en el mar de Skyring

El mar de Skyring está de luto y una brecha de buen tiempo no disimula su emoción por la partida de Fresia Alessandri Baker, descendiente kawésqar que vivó en bahía Williams, Río Verde, a 140 kilómetros al noroeste de Punta Arenas.

La heredera de la sangre canoera habría elegido su nombre en honor al ex Presidente Arturo Alessandri Palma, durante cuyo mandato fue inscrita en el Registro Civil. Pero su nombre indígena era Jérawr Asáwer.

Muere aquejada por diversos trastornos de la vejez el 26 de octubre de 2003 y sus cenizas fueron esparcidas en el mar de Skyring, así en su último viaje retorna al hábitat de su raza canoera.  La muerte la sorprendió con más de 80 años de edad y el único apoyo que recibió fue de la Municipalidad de Río Verde.

Fresia Alessandri murió el 26 de octubre de 2003 y sus cenizas fueron esparcidas en el mar de Skyring. Foto archivo LPA