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Juan Mancilla: “Me llaman el brujo, pero nunca creí en los fantasmas del hospital”

Por La Prensa Austral domingo 24 de junio del 2018

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Juan Mancilla Ovando, 42 años al servicio de la salud pública

El martes 5 de junio recién pasado marcó, por última vez, su tarjeta como funcionario del Hospital Lautaro Navarro, acogiéndose a un merecido descanso. Sus compañeros le tributaron una emotiva despedida, reflejo de su calidad humana y profesional

El día 2 de agosto de 1898 se estableció, en una casa ubicada en las actuales calle Ignacio Carrera Pinto y O’Higgins, el primer hospital de Punta Arenas, el que luego se trasladaría a un edificio construido en el radio comprendido entre las calles Bories, Sarmiento y Croacia, inaugurado el 1 de febrero de 1906 como Hospital de Caridad. En el mes de marzo de 1953, fue establecido el nuevo Hospital Base de Magallanes, llevó el nombre del Dr. Lautaro Navarro Avaria, en honor a tan destacado profesional.

En el año 2010, se inaugura el nuevo Hospital Clínico de Magallanes dejando atrás una historia en la cual han participado un sinnúmero de personas, entre las cuales está Juan Mancilla Ovando, quien se desempeñó allí durante 40 años, primero como chofer, luego en distintas actividades hasta llegar a supervisor de Manejo de Residuos y mayordomo del citado centro asistencial emplazado en el lindes del barrio Prat.

El día 5 de junio de este año marcó, por última vez, su tarjeta como funcionario del hospital, acogiéndose a un merecido descanso, ocasión en que nos entregó interesantes capítulos de su vida.

“Nací en Punta Arenas el 7 de marzo de 1953; hijo de Blanca y Secundino, procedentes de Castro y Quellón, respectivamente. Llegaron a Punta Arenas estableciéndose en la estancia Ojo Bueno, de propiedad de la sucesión Davet, siendo llevados allí por José Davet, quién dejó a mi padre como encargado del predio”.

“Fuimos cuatro hermanos varones, Ernesto, Carlos, Juan y Secundino”.

“Estudiamos en la escuela rural de Río Seco, para lo cual debíamos bajar diariamente a caballo hasta el colegio. Fueron nuestros recordados compañeros, los hermanos Palma que residían camino a río Canelo, sector Mina Rica y los Torres, que vivían hacia al aeropuerto”.

“Recuerdo entre los profesores a Elba Ojeda y Carlos Cárdenas, que marcaron nuestros primeros estudios”.

“Una vez que terminamos nuestra enseñanza básica, nos mandaron internados a Punta Arenas. Primero al Liceo de Hombres y luego al Liceo Industrial. Los fines semana nos íbamos al campo a reunirnos con nuestros padres”.

“En la época de verano, para reunir dinero, a fin de colaborar económicamente con la familia, vendíamos leña o nos dedicábamos a ordeñar vacas. Con este dinero comprábamos nuestros útiles escolares porque el sueldo de nuestro progenitor no era muy considerable, pero, por lo menos, la estancia nos proporcionaba casa y algunos víveres”.

“Terminé mis estudios en el año 1971 ingresando a la Enami -Empresa Nacional de Minería-, siendo enviado por la empresa al mineral de Cútter Cove para prestar servicios como obrero en la planta de molienda del material, poniéndose en sacos el concentrado de cobre para enviarlo a la refinería de Ventanas”.

En el Hospital Regional

La vida de Juan Mancilla Ovando da un vuelco laboral y, según nos cuenta, su existencia cambió radicalmente.

“En 1977, con 24 años de edad, ingresé al servicio público en el Hospital Regional, contratado para el área general, donde debía cumplir variadas funciones, aseo, camillero, portero y hasta conductor de ambulancias”.

“En ese tiempo el centro asistencial se ubicaba en calle Angamos y a los conductores de los vehículos de emergencia, se nos enseñaba de todo lo que tenía que ver con primeros auxilios”.

“Fue una época de buenos recuerdos”.

Le consulto a Juan Mancilla su impresión respecto de los comentarios que existían en el sentido que en el antiguo hospital se veían muchos fantasmas.

“La gente que cree en ello, los ve. Personalmente nunca vi nada. A veces uno tiene ciertas sensaciones misteriosas, como que alguien te está observando, eso sucede, pero creo que es algo psicológico”.

“Por ejemplo, hay una buena cantidad de anécdotas del hospital; unas contables y otras no. De repente aparecía la enfermera de turno y quería llamar a alguien y, como no se acordaba el nombre preguntaba y los funcionarios le decían el apodo, ya que era más fácil ubicarlos así”.

“Una característica del hospital era el dotar de sobrenombres y apodos a todos los funcionarios”.

“A mí, todo el mundo me conoce por ‘el brujo’. El mote lo habría obtenido por dos razones: una, porque cuando joven tenía mucho poder para atraer al sexo femenino, y también se derivaría del hecho de haber vivido en un lugar cercano al sector de barranco Amarillo”.

“Lo cierto es que, brujo o no, nada tengo que ver, si es que los hubo, con los antiguos fantasmas del hospital”.

Llega el amor

Pero, al ‘brujito’ Mancilla le llegó la época de enamorarse y lo cuenta así:

“El amor llegó en el año 1978. Astrid Gutiérrez Latam llegó a Punta Arenas procedente de la capital a prestar servicios, como reemplazo, a lo que hoy es el Juzgado del Trabajo. Posteriormente ingresa al Hospital Regional como personal administrativo y ahí la conocí, se produjo el flechazo que nos llevó al altar, con el resultado de formar una familia de dos hijos, Juan Francisco y Astrid Elizabeth y ocho nietos”.

Cuando se inició el plan de la construcción del nuevo hospital de la avenida Frei, me correspondió participar junto al doctor Flies, cuando se inició el proyecto. Cuando partió la construcción me tocó varias veces visitar el lugar para ver cómo iban avanzando las obras y, finalmente, tuve que ver todo lo de su puesta en marcha que fue un desafío que me planteó el médico antes mencionado, del cual siempre estaré agradecido porque me apoyó en mi carrera que hoy está culminando. Haciendo una comparación en lo relativo al antiguo y al nuevo establecimiento asistencial, puedo decir que el hospital de calle Angamos era como una casa donde todos los días nos estábamos viendo. Hoy en día, con la estructura que se construyó en la Avenida Frei, hay muchos metros que recorrer para llegar de un lugar a otro y prácticamente a tus compañeros los divisas una vez por semana o simplemente no los encuentras por los cambios de turnos y el mismo sistema, debido a los programas que se han ido creando se ha contratado a más gente y la cantidad de funcionarios del hospital antiguo hoy día se ha triplicado”.

En calle Angamos, cada cierto tiempo, ocupábamos el salón auditorio para mostrar nuestras dotes artísticas. Yo pertenecí a un grupo folclórico, en el cual bailaba. Hice una infinidad de cosas en mi vida laboral”.

“Estoy contento porque dentro de mi carrera he forjado mucha gente que hoy en día está trabajando y son excelentes profesionales, que muchas veces tenían pena por temor al fracaso y yo los aconsejaba y en estos momentos agradecen mi preocupación”.

“Para mí ha sido un verdadero honor recibir las muestras de cariño de la gente del establecimiento hospitalario, incluso los más nuevos que me piden que no me desvincule del todo y que regrese de vez en cuando porque necesitan de mis consejos y experiencia”.

“Pienso que ha sido el momento preciso de irme, porque estoy bien de salud y deseo aprovechar el resto de vida que me queda para disfrutar de mi esposa, quien que ha tenido la paciencia de soportarme en mis cuarenta años de matrimonio, en los cuales yo prácticamente vivía en el hospital, preocupado que no haya escarcha -yo a las cinco de la mañana tenía todo limpio de nieve-; que no falte el agua ni la calefacción, que la gente tenga una buena atención, etc”.

“Recuerdo con nostalgia mi desempeño en el hospital: auxiliar de aseo, administrativo, abastecimiento, ecónomo, encargado de compras, conductor del vehículo de abastecimiento, donde trabajé con Marino Muñoz hijo, muy buen jefe. Posteriormente pasé a realizar un reemplazo como conductor de ambulancias y luego de una enfermedad tomé el cargo de mayordomo y supervisor de manejo de residuos, hasta la fecha de mi retiro”.

“Paralelamente, tengo una pequeña empresa cuyas actividades estamos retomando”.

“Tenemos planes con mi esposa de viajar, lo antes posible al norte del país, a realizar algunas gestiones. Nos transformaremos en nómades para estar un tiempo allá y otro acá, pero alejarnos completamente de esta región lo veo muy difícil”.

“Agradezco a todos mis colegas que me han acompañado en estos cuarenta y dos años que he servido acá. Me ha emocionado hasta las lágrimas que en mi día de despedida hasta los niños del jardín infantil Girasol de este hospital, a quienes yo cuidaba diariamente como si fueran mis nietos, se hayan acercado a cantarme una canción y a entregarme un obsequio”.

“Respondo las muestras de cariño de todos, desde la jefatura hasta el último funcionario que me han ofrecido su afecto, recordando con gratitud al doctor Mario Mayanz, quien fuera director del hospital, con el cual luchamos codo a codo para afrontar los escollos que debimos sortear para llegar a cumplir nuestras metas”.