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Pedro de Valdivia y su vocación de magallanidad

Por La Prensa Austral martes 13 de agosto del 2019

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Por Mateo Martinic B.

Los años de la primera mitad del siglo XVI son para la historia de la conquista española de América el período durante el que una decena de capitanes ambiciosos, audaces y quiméricos se desparramaron literalmente por las inmensidades continentales del Nuevo Mundo en sus partes septentrional y meridional, en un increíble esfuerzo de descubrimientos tierra adentro en procura del hallazgo de reinos fabulosos o de lugares portentosos que manaban oro o albergaban las fuentes de la eterna juventud. De tantos la posteridad sólo retendría con recurrencia los nombres de Hernán Cortés y de Francisco Pizarro, conquistadores de los imperios azteca e inca con sus cuantiosos tesoros, con olvido de aquellos soñadores y conquistadores frustrados que gastaron salud, recursos y hasta la vida en infructuosas campañas exploratorias. A todos estos capitanes, con una sola excepción, los identificó el afán por la búsqueda de la riqueza que se suponía abundantísima y a la mano en la vastedad de la nueva cuarta parte del mundo que desde 1492 se había incorporado al conocimiento de la gente de Occidente.

La excepción fue Pedro de Valdivia, tan capaz como valiente e instruido, quien al concebir la conquista del malafamado país situado al sur del dominio incaico no tuvo en vista el señuelo acuciante de la riqueza pronta y abundante, sino singular y concretamente la de fundar un reino nuevo para gloria de España y la suya y, si las cosas se le daban bien, con algún provecho para sí a modo de compensación por lo que había de gastar y padecer en su empeño conquistador. Tal excepcionalidad se hizo patente al escribirle el 4 de septiembre de 1545 al emperador Carlos V para darle razón de sus motivaciones y trabajos realizados hasta entonces y anticiparle sus proyectos para lo que habría de venir: Sepa vuestra Majestad que cuando el marqués don Francisco Pizarro me dio esta empresa, no había hombre que quisiese venir a esta tierra -Chile-, y los que más huían de ella eran los que trajo el adelantado don Diego de Almagro, que, como la desamparó, quedó tan mal infamada como de la pestilencia huían de ella… Aclaraba así Valdivia al monarca que no era la riqueza que el todavía en buena parte desconocido país austral podía esconder en su suelo sino… el servicio que a vuestra Majestad se hacía en acreditársela, poblándola y sustentándola para descubrir por ella hasta el Estrecho de Magallanes y Mar del Norte. En buenas cuentas reivindicar los hallazgos de quienes se le habían adelantado en el conocimiento de la tierra, Fernando de Magallanes en 1520 y Diego de Almagro en 1536, encontrara en ellas nuevas razones para su mejor fama y poblarla en sus vastos términos geográficos que, otra excepción singularísima, entendió que por el sur debían extenderse hasta el estrecho famoso que comunicaba los mares del Norte y del Sur. Cabe valorar esta mención geográfica específica del gran capitán por cuanto al escribir al emperador él se encontraba muy distante del ámbito mencionado y todo permitía suponer que mientras así se mantuviera alejado de aquel objetivo, la concesión jurisdiccional que a la sazón demandaba lo excluyera de sus términos.

En ese empeño que ya contaba un lustro y que había de proseguir hasta los años de su muerte, tuvo Valdivia, desde un principio y de manera invariable, la idea de incluir en su concesión territorial el mentado estrecho de Magallanes. Y más se mantuvo en ella una vez que en 1548 el licenciado Pedro de la Gasca, en su condición de Presidente Pacificador del Perú, le confirmó provisionalmente a nombre del rey de España la concesión sobre un amplio sector de la costa occidental americana del Pacífico, entre los grados 27 y 41 de latitud sur, con cien leguas de anchura del poniente al naciente, pero que sin embargo de su vastedad excluía la parte austral del continente. Tan importante consideraba la ampliación territorial que tenía en mente que el 15 de octubre de 1550 tornó a escribir a Carlos V una extensa carta en la que tras informarle acerca de lo que había adelantado en la conquista de la Nueva Extremadura, como había denominado a su reino, insistiendo en el punto: Sacra Majestad, en las provisiones que me dio y merced que me hizo por virtud de su real poder que para ello trajo el licenciado de La Gasca, me señaló de límites de gobernación hasta cuarenta y un grados de norte a sur, costa adelante y cien lenguas de ancho ueste leste; y porque de allí al Estrecho de Magallanes es la tierra que puede haber poblada poca y la persona a quien se diese antes estorbaría que serviría, e yo la voy toda poblando y repartiendo a los vasallos de vuestra Majestad y conquistadores, aquélla muy humildemente suplico ser servido de mandarme confirmar lo dado, y de nuevo hacerme merced de me alargar los límites Della, y que sean hasta el Estrecho dicho, la costa en la mano, y la tierra adentro hasta la Mar del Norte. Semejante petición la repitió nuevamente al emperador por carta escrita el 26 de octubre de 1552 y vista la falta de respuesta, atendida la demora de las comunicaciones entre América y España en aquellos tiempos, determinó reafirmar su petición con el envío del capitán Jerónimo de Alderete como representante personal ante el monarca para gestionar la anhelada concesión ampliada.

Sabemos por la historia que antes que tal ocurriera, el esforzado Valdivia encontró la muerte en 1552 en Tucapel al enfrentar a los mapuches alzados y que finalmente en 1554 su enviado Alderete pudo conseguir la confirmación de Valdivia en su cargo y jurisdicción territorial extendida hasta el estrecho de Magallanes y el mar del Norte.

Más allá del hecho que por la desgraciada circunstancia de Tucapel a Valdivia no le fue dado conocer la decisión real, lo que interesa destacar es la visión geopolítica del fundador de Chile, según se la entiende modernamente. En su conocimiento de la geografía sudamericana, aun precario por lo mucho que faltaba por aclarar de ella, importaba que la tierra que conquistaba y quería poblar comprendiese todo el espacio continental necesario hasta el estrecho de Magallanes, accidente al que vio y entendió como la vía necesaria de comunicación con Europa, cosa vital para su desarrollo del porvenir. Sin el Estrecho Chile no estaba completo según debía serlo para su seguridad y prosperidad.

Valdivia no pudo disfrutar y usar de su legítima y bien merecida adjudicación, pero consiguió al ojo que, con la perspectiva de la historia de cinco siglos, definimos como “vocación magallánica” de Chile, esto es una comprensión clara, precisa y cabal de la unidad territorial chilena, del espacio metropolitano escenario histórico de la conquista y organización de la entidad que su fundador nombrara Nueva Extremadura, con su espacio meridional la Patagonia y su estrecho famoso, como un grande y potente conjunto integral. Su preocupación primigenia hubo de ser mantenida por sus sucesores Jerónimo de Alderete y especialmente García Hurtado de Mendoza, quien la reafirmó con la posesión efectiva en 1558. Pero después los avatares de la conquista y doblamiento inicial hasta la coyuntura histórica del alzamiento mapuche de 1597, hicieron que aquella vocación se debilitara hasta perderse virtualmente. Solo tres siglos después de Valdivia, Bernardo O’Higgins el fundador de la república chilena libre y soberana rescataría y reviviría esa vocación magallánica, con una inspiración que resultaría determinante para la reivindicación del legado histórico. En todo ese proceso de siglos hasta nuestros días las figuras históricas de Fernando de Magallanes, el descubridor, de Pedro de Valdivia, el fundador y de Bernardo O’Higgins el inspirador genial quedarían inextricablemente unidos por su “vocación magallánica”, como una comprensión de la integralidad del territorio nacional.