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Réquiem por un viejo ciprés

Por La Prensa Austral domingo 29 de julio del 2018

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Mateo Martinic B.

En noviembre de 2017, las fuertes rachas de viento minaron la resistencia de uno de los enormes y centenarios cipreses que embellecen el entorno de la Plaza de Armas de Punta Arenas, tumbándolo sobre una de las arterias que circundan el lugar. La drástica decisión de talarlo ha derivado en muchas aprensiones de los vecinos de la comuna, en relación al cuidado que debe brindárseles

La demora en escribir una carta pública de clemencia para el viejo ciprés de nuestra plaza mayor como un esfuerzo para detener la anunciada orden alcaldicia de proceder a su corte en atención a su supuesta condición de árbol enfermo y de consecuente amenaza para la seguridad vecinal, me ha motivado para firmar este artículo a la vista de la rapidez de ejecución de la medida.

Lo hago con sentimiento de pena profunda por el abatimiento de un ejemplar más que centenario, hermoso, noble y digno en su vejez, adorno irremplazable (en el corto plazo) de nuestro más importante espacio cívico urbano. Hace cosa de medio siglo dí a conocer la fecha de su plantación en la plaza Muñoz Gamero (gracias a un hallazgo como fuera la anotación consignada en una de las contratapas de una antigua biblia donada al Instituto de la Patagonia por la familia Dos Santos-Souza): 11 de septiembre de 1902. Escribo con sentimiento de dolor porque el árbol es un ser vivo -y como tal hermano nuestro en la feliz interpretación de la naturaleza hecha por San Francisco de Asís- y porque valoro la defensa de la vida en toda ocasión y circunstancia. Me apena también que en esta oportunidad nadie haya expresado públicamente su sentimiento, pues sé de muchos que, como yo, han lamentado lo ocurrido. En comparación, sorprende que cuando se informa de algún perro envenenado algunos manifiesten su pesar, pero no sucede lo mismo con las especies vegetales, con los árboles en particular, siendo, como son, seres vivos con sus dolores y sus achaques y ello, tal vez, porque se desconoce su forma de expresión. Al escribir estas líneas tengo especialmente presente a nuestra gran Gabriela, quien residió hace un siglo entre nosotros y aquí, al parecer, descubrió y asumió con intensidad profunda su amor por los árboles de Patagonia, en particular por aquellos que vio quemados y sufrientes, y a los que dedicó repetidos sonetos de su obra poética.

Escribo con sentimiento, además, porque un árbol de las características del ciprés abatido, belleza, dignidad y nobleza, sólo se consigue con el transcurrir del tiempo y el ambiente acogedor en que se desarrolla su existencia y, así, adquiere al fin el valor de un patrimonio urbano vivo. Se dice que será reemplazado, afirmación de la que me permito dudar porque la he leído y oído muchas veces antes en mi ya larga preocupación por la ciudad en que he nacido y vivo y nunca, nunca se ha cumplido la promesa.

Hubiera sido bueno que en este caso, como en otros anteriores y en los posibles futuros, se considerara –como lo merece toda criatura viva- una segunda y una tercera opiniones que pueden darse y calificadamente sobre la materia, antes que apurarse en condenar y poner en actividad las operaciones de corte y abatimiento. No tengo autoridad para cuestionar el procedimiento tecnológico como es el que se ha empleado en el caso para adoptar la decisión de que se trata, pero sí abrigo duda respecto de la razonabilidad y pertinencia de la conclusión realizada por quienes lo ejecutaron. Aguardaré a ver cómo se aprecia el tronco principal en su base para aceptar o no su alegada pudrición y, por ende, su escasa posibilidad de supervivencia. ¡Se sabe de tantos casos en los que las apariencias han engañado y la aceptación de tal hecho ocurre cuando ya es demasiado tarde!

¡Por qué no se consultó también, cabe preguntar, a autoridades con competencia reconocida en la materia como el ingeniero forestal Santiago del Pozo, creador de la Política de Arbolado Forestal Urbano de la Conaf (2000), especialista inspirador, asimismo, de una iniciativa legal sobre el asunto que actualmente está en estudio en la comisión del Medio Ambiente de la Cámara de Diputados? O, entre tantas posibilidades de opción ¿por qué no se pidió una opinión al prestigioso Servicio Forestal de los Estados Unidos de América, cuyo territorio es la patria nativa del Cupressus macrocarpa, especie a la que pertenecía el árbol abatido y que, de paso sea dicho, hace ya mucho tiempo que se ha ganado el derecho a ser considerada un “árbol magallánico” por su magnífica aclimatación en la región? ¿Se ha averiguado igualmente cómo operan en circunstancias semejantes los municipios o ayuntamientos en países de gran cultura forestal de Europa, Canadá, Japón y otras regiones del mundo? No pocas veces he visto en documentales o informaciones especiales de televisión como proceden las autoridades edilicias en casos parecidos, en los que invariablemente el esfuerzo se pone en salvar o prolongar la vida de un árbol en riesgo, antes que disponer su corte. ¡Nunca he visto ni aquí ni en el país precintos, horquetas de soporte y otras formas protectivas en un árbol! Aquí , en cambio, derechamente de manera habitual se ordena el corte o la infausta poda, aspecto este que en otras partes más que técnica es un verdadero arte. Si antes recordé a Gabriela Mistral, ahora recuerdo a un antiguo y sabio amigo, don Otto Magens, quien sí sabía de árboles y plantas y que siempre lamentaba la forma en que se podaban los árboles en Punta Arenas. Y, a propósito, es hora de cambiar el sistema, pues lo que demuestra la más reciente poda realizada en parques urbanos lo que se quiere, al parecer, es tener “árboles-plumeros” o bien “pinos-palmeras” como los que nos ha legado en la Avenida Colón una ingrata administración municipal pasada.

Y, para concluir, es bueno decirlo de una vez: en Punta Arenas, como en tantas ciudades chilenas, no se tiene desde hace muchas décadas, una política de ornato forestal seria y sostenida, en nuestro caso quizá desde los tiempos de la histórica Junta de Alcaldes de hace un siglo o de ediles como Vicente Kusanovic y Ernesto Pisano. Aquí lo que se ha hecho, en vez, es cortar sin ton ni son y/o llenar de cemento los suelos de los parques eliminando setos de plantas arbustivas florales, atentando con ello a su mejor conservación y a la calidad de un medio ambiente adecuado para una buena calidad de vida vecinal. Es hora de enmendar conductas y empeñarnos en mantener y recuperar nuestro patrimonio vegetal urbano. Es una opinión que comparte el vecindario que ama a su ciudad y la quiere disfrutar y lucir hermosa, limpia, verde y florida.