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Reseña del mundo narrativo de la Patagonia

Por La Prensa Austral martes 11 de febrero del 2020

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“La última canoa”, del escritor Osvaldo Wegmann

Parte I

Por Mábel Arratia Fuentes

Académica de la Universidad de Magallanes

El mundo de la Patagonia recobra en estos años un especial sitial con motivo de la celebración de los 500 años del ingreso de Hernando de Magallanes a estas tierras. En el campo de la literatura, el lector entusiasta ha recreado el espacio de la Patagonia a través de una experiencia literaria donde se parangona el mundo del Buen Salvaje con el mundo de la Civilización (es el caso de Jemmy Button). O también el arribo del extranjero invasor, el inmigrante que llega a este reino y usurpa el misterio que encierra la Patagonia. La temática en relación a lo dicho es muy variada y atrayente y quien ha podido abarcarla en todos sus ámbitos es la Literatura. De allí que nuestro objetivo es dar una pequeña reseña del mundo literario, específicamente narrativo, de la Patagonia, a través de determinadas novelas. En este ensayo, el lector visualizará el trasfondo histórico de diversas personalidades (en su mayoría extranjeras), que de una u otra forma fueron tejiendo esta historia del confín del mundo. Las características de estos hombres, partiendo por Hernando de Magallanes, son muy suigeneris, dejando una huella muy profunda y una marca señera en este territorio austral que en la actualidad le permite una connotación propia con una fisonomía especial, distinguiendo a la Patagonia del resto del país. El extranjero o el hombre venido de otras tierras, con su talento, con su oficio o con su capacidad creadora, contribuirá a cimentar la idiosincrasia del territorio austral.

En los textos literarios de los que hablaremos, encontramos a inmigrantes como hombres que partieron de sus tierras de origen con diversas motivaciones y que, finalmente hacen de la Patagonia, su territorio definitivo. Hombres, cuyo denominador común es la aventura, elemento que asume diversas formas en cada uno de ellos: uno será el descubridor, otro será el buscador de oro, otro será el misionero religioso, etc., etc.

La presencia de estos personajes permite la creación de ciertos motivos y tópicos literarios que con el curso de los años han articulado la narrativa literaria de la Patagonia.

El reino de Magallanes: No podríamos hablar de la presencia del inmigrante en la Patagonia, sin aludir al hombre que nos abre el mundo al que nos referimos: Hernando de Magallanes, quien orientará su vida en dos caminos:

  • Uno, el camino de la empresa, ganando las islas de la especias (Molucas) para la España de la época. En el fondo es una gesta heroica que termina en un negocio de millonarios.
  • El otro camino, que será el Estrecho, que llevará después su nombre, cuya inauguración le corresponde, pero que no le reportará dinero, ni ganancia alguna. Muy por el contrario, representa la desgracia para aquellos que le siguieron en su idea, como lo expresa Stefan Zweig en su obra: “Hernando de Magallanes, historia de la primera vuelta al mundo”.

“… Hasta después de su muerte persiguió la desdicha a quienes en Magallanes confiaron, pues casi todas las flotas españolas que quieren emular su arrojo de navegante naufragaron en el Estrecho de su nombre, y los españoles y los navegantes, temerosos, preferían arrastrar sus cargamentos en largas caravanas por el istmo de Panamá, antes que correr el riesgo de cruzar los sombríos fiordos de la Patagonia”.

Nos encontramos en el enfrentamiento del aborigen con el inmigrante, generándose el protagonismo del primero frente a la presencia del extranjero y creando la temática más rica de la literatura de la Patagonia.

Podemos referirnos a la Patagonia a través de diversas miradas literarias, como por ejemplo:

  • El reino feliz,
  • El reino de la aventura,
  • El reino de la sombra,
  • El reino del realismo fantástico.

En esta ocasión nos referiremos solamente a dos.

Reino feliz: Visualizamos este reino a través de la novela “La última canoa”, del escritor Osvaldo Wegmann.

“… recuerdo los canales y los fiordos silenciosos, la canoas de los nativos, navegando por las costas aledañas; las rucas de pieles, humeando bajo la lluvia; los viejos alacalufes junto al fuego, hablando del tiempo, de la marea, del viento y de los pájaros…” (p. 55, tomo I).

La narración se centra en Puerto Edén, lugar donde recalaba la barcaza “Lientur”. Estamos en el siglo XX y se narra la acción evangelizadora de la misión salesiana, a través del sacerdote Torre. En este lugar existía una base aérea y de allí que la Armada, cada cierto tiempo atracaba sus barcos para abastecer a los miembros de la Base y a los indígenas que habitaban el lugar. La llegada del barco constituye un motivo de alegría para la población indígena, que, navegando en sus canoas, salía a recibirlos, buscando la recompensa en ropas y alimentos.

La acción se centrará en Petayem, kawéskar que será evangelizado por los sacerdotes salesianos, quien después emigrará a la ciudad de Santiago y se introducirá en el mundo de los blancos. Por enfermedad de su padre, debe regresar a Puerto Edén.

A continuación expongo algunos términos técnicos en el análisis de un texto literario, que permiten una interpretación científica de éste, con la distancia propia del lector.

1.    El punto de vista

“Todo esto ocurrió hace muchos años. Tanto que apenas lo recuerdan los viejos kawéskar del archipiélago magallánico, los pocos que aún viven en el abra pintoresca de la isla Wellington” (p. 279, Tomo II).

En este texto está implícito el saber de una persona que al final del primer tomo de la novela nos muestra el conocimiento que tiene. En este saber y en este decir se resuelve la instancia del narrador (Tacca, Óscar, “Las voces de la novela”, Editorial Gredos, S. A., 1973, p. 65).

Nos encontramos frente a la omnisciencia de un narrador, que en forma clásica, lo hace en tercera persona y no hace alusión a sí mismo. Un narrador, que en la terminología de Tacca pasa a ser una voz más de la novela. En el siguiente esquema indicamos la situación del narrador al comienzo y al final del relato.


Para poder entregar este mundo indígena, el narrador se ha informado, es decir, “debe saber para contar”. El cómo cuenta o cómo entrega este mundo es lo que interesa al lector.

Su saber se reduce a la historia de un aborigen kawéskar, que es civilizado en el mundo de los blancos y que, olvida durante un tiempo largo, su verdadera condición aborigen. Por un sentimiento atávico regresa a Puerto Edén, recupera lo perdido, encuentra el amor en una kawéskar que había conocido en su adolescencia y, finalmente, la muerte.

Este cómo, que constituye una estructura teórica en la narración es muy relevante, porque muestra al narrador en un estado de evolución que va en relación al curso de la acción.

Lo interesante es cómo el narrador presenta a la misión salesiana. Un sacerdote, cuya única tarea es tratar de convertir al cristianismo a los indígenas, para lo que utilizará medios de soborno a través de alimentos y ropa. Él no se percata que el pueblo kawéskar no está preparado para este proceso, porque no forma parte de su cosmovisión: ellos aceptan y reciben todo, porque es propio de su identidad, pero no están preparados para la abstracción conceptual; por lo tanto, la Misión tiene para el aborigen sólo un sentido material.

“… los adultos recibieron el bautismo sin mayor emoción, y, apenas terminada la ceremonia, comenzaron a reclamar obsequios. Pedían cigarrillos y café” (ídem, p. 45, tomo I).

Puerto Edén.

La perspectiva que entrega el narrador, de un carácter negativo de la Misión, reside en la incapacidad de comprender la cultura del aborigen. La Misión intervino el carácter mágico de un mundo secreto, donde había fuerza y pasión en su quehacer cotidiano (por ejemplo, conducir la canoa). Este espacio fue interrumpido y como todos los pueblos de la Patagonia morirán con el ingreso del mundo civilizado.

En teoría literaria, el Espacio juega un rol fundamental para la verdadera comprensión del texto literario. Como espacio geográfico, Puerto Edén se constituye en el centro del relato, dado que la mayor parte de los acontecimientos se generan en este lugar.

Siguiendo a Gastón Bachelard, vemos que el concepto de Casa que él ha creado, en esta novela está aplicado a la canoa, porque es el espacio que siempre protegerá al indígena; la Casa es adaptada a su forma de vida: “… desarman la choza en diez minutos; pliegan los cueros y vuelven a armar su vivienda en cualquier sitio en los canales, donde es fácil encontrar varas para el armazón“ (p. 70). Igualmente, observamos en Petayem, el protagonista, que el concepto espacial de Casa tiene un valor apreciado cuando abandona la región y se radica en Santiago. Se produce, como dice Bachelard, “el país de la infancia inmóvil”. “… recuerdo los canales y los fiordos silenciosos, las canoas de los nativos, navegando por las costas aledañas; las rucas de pieles humeando bajo la lluvia; los viejos alacalufes junto al fuego, hablando del tiempo, de la marea, del viento y los pájaros” (ídem, p. 55, tomo II).

En la ciudad de Santiago, Petayem crea un espacio que adquiere la connotación de Concha, espacio que le permite albergar sus recuerdos de Puerto Edén y que permanecen hasta que el nativo regresa a su lugar: “… allí estaban los cerros lejanos, azules y nevados que conoció en la infancia; las verdes montañas de los alrededores, cortadas por antiles, en cuyos perfiles habían dejado sus rastros las edades geológicas. La bahía se abría inmensa, adorna con algunos islotes de vegetación lujuriosa. En las aguas verdosas se reflejaba el paisaje. Era el mismo que recordó durante su larga ausencia con el alma llena de nostalgia” (ídem, p. 63, tomo II).

La canoa, objeto que literariamente se convierte en espacio del indígena, se proyecta no sólo como espacio Casa, sino como Imagen. El indígena adapta su forma a la canoa como el caracol a su concha; de allí que la canoa no es solo Casa, sino que también Concha, en la terminología de Bachelard. El alacalufe se desplaza por los canales con eximia maestría, es como si la canoa fuese un miembro más de su cuerpo, o su cuerpo se adosara a la canoa.

La canoa es, además, el Nido del nativo, porque a pesar de la construcción precaria le da libertad, “un ensueño de la seguridad”. El indígena siente confianza en el mundo cuando navega en su canoa, constituyéndose en un refugio absoluto; se transforma en una potencia de animismo en un Nido en el mundo. Petayem recuerda a Vilakeilá cuando construye la canoa. La construcción de esta última canoa tiene una simbología específica, que es el alejamiento definitivo del aborigen de la vida civilizada. La canoa se transforma literariamente en un símbolo que ata al indígena a su mundo originario. Morir en la canoa tendrá sentido porque morirá en su medio y con su objeto de creación.