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Santiago Zamora Peña, el gran baqueano de la Patagonia

Por La Prensa Austral jueves 16 de mayo del 2019

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Procedente de la zona central de Chile, arribó a Magallanes en el año 1868, traído por el gobernador de la época, Oscar Viel. Se dedicó a recorrer el enorme territorio situado al norte de Punta Arenas, en busca de animales vacunos, caza de guanacos y avestruces. Pasó la mayor parte de su existencia deambulando las pampas y tierras de la precordillera. Guía obligatorio de viajeros y exploradores, descubrió los mantos carboníferos de Mina Rica y Mina Marta

Hay personajes que han marcado profundamente la historia de Magallanes, por sus proezas, por su labor constante en beneficio de la prosperidad de la zona y sus habitantes y por la fama que han ganado a raíz de su labor, a veces demasiado difícil en este extremo de la patria, de clima hostil y geografía inhospitalaria y salvaje. Varios de ellos fueron los baqueanos.

No hay mejor descripción de un baqueano que aquella que escribió el historiador Mateo Martinic Beros:

“La palabra ‘baqueano’ tiene hoy un significado exacto y preciso. Decirle a un hombre de campo que es un baqueana es un elogio y al propio tiempo un reconocimiento de méritos peculiares, pues el baqueano es un buen conocedor de la tierra y de sus recursos ; sabe orientarse y guiar en campo abierto, conoce dónde cobijarse y cómo valerse; en fin, es poseedor de mil mañas aprendidas en la dura escuela en que únicamente la experiencia y la naturaleza son las maestras. El baqueano era -y lo es aún- un personaje típico propio de las tierras de frontera de la civilización. La Patagonia de mediados del siglo pasado era toda entera una frontera que la civilización y el progreso debían sobrepasar y conquistar: inmensa, desconocida, a merced del aborigen trashumante, territorio al cual el hombre blanco sólo se asomaba por dos o tres puntitos escasos de su enorme costa sur y oriental. Este era el ambiente geográfico donde se dio esta peculiar profesión que se adquiría sólo después de correr leguas y leguas y tras duro aprendizaje. El baqueano de antaño conocía pasos y senderos ignotos que conducían allí donde ningún cristiano ni tal vez ser humano alguno había estado antes que él. Nada le era desconocido, bosques de lengas o ñires, cañadones y valles, cerros, sierras y cordilleras, todo lo habían hollado sus planta s o visto sus ojos. Sabía cómo orientarse en la noche o en medio de la cerrazón, en la estepa cubierta de nieve y en la pampa Inmensa, pues para el baqueano la pampa no era una cosa inerte y muda, sino viva y parlante. La bestia, la avecilla, la mata, el coirón, todo hablaba al iniciado. El baqueano sabía de pantanos y tembladerales que evitar, de aguas y refugios a donde llegar; conocía los sitios abrigados y los buenos pastos para sus caballos. Era diestro jinete y buen cazador, eximio en el manejo del lazo y las boleadoras. Conocía donde hallar guanacos y avestruces, por cuyas pieles y plumas tan bien se pagaba en la Colonia (Punta Arenas). Nadie lo superaba en conocimientos, ni siquiera el indígena dueño de la tierra, sujeto como se hallaba a sus temores y prevenciones ancestrales. En cuanto a recorrer tal vez le llevaba ventaja el león que corría de mar a cordillera. En suma puede afirmarse sin temor a exagerar que el baqueano era una verdadera enciclopedia de conocimientos y recursos de la tierra patagónica . Pero hay más. Era sufrido, hecho para aguantar el rigor del frío y del calor, la nieve, la lluvia y el sempiterno viento austral, las privaciones y también el peligro. Pero así como sabía soportar penurias y necesidades era generoso para compartir con viajeros y exploradores aún un magro sustento y jamás negó auxilio alguno cuando le fue solicitado. Era en fin el baqueano un enamorado de la naturaleza y de la vida libre sin sujeción a nada y a nadie”.

La llegada del baqueano

Uno de estos baqueanos fue Santiago Zamora Peña, procedente de la zona central de Chile, el que arribó a Magallanes en el año 1868, traído por el gobernador de la época, Oscar Viel.

Zamora se dedicó a recorrer el enorme territorio situado al norte de Punta Arenas, en busca de animales vacunos, caza de guanacos y avestruces.

Pasó la mayor parte de su existencia deambulando las pampas y tierras en la pre cordillera. Guía obligatorio de viajeros y exploradores, descubrió los mantos carboníferos de Mina Rica y Mina Marta.

En el valle superior del río de las chinas, construyó un corral de palo a pique para capturar y encerrar los baguales.

El lugar es conocido como “Corral de Zamora”.

A él le deben su experiencia los exploradores Tomás Rogers y Agustín del Castillo.

Este último, en el año 1887, refiriéndose al baqueano dijo: “Zamora ha sido el mejor baqueano que ha existido y el que más ha recorrido las cordilleras en todos los sentidos. Al presente ha perdido ya la memoria y es de poca utilidad en el campo. Está lleno de achaques. Este hombre extraordinario ha sido en sus buenos años una máquina de trabajo y de movimiento. Su sólo brazo ha apresado cientos de vacas y yeguas salvajes, siendo considerado como el mejor enlazador del territorio. Casi no hay anécdota en la Patagonia en la que no esté mezclado el nombre de este hijo del desierto. Ha vivido siempre separado de su familia y jamás dejó de celebrar, donde quiera que se encontrara, el aniversario de la Independencia chilena, debido a su fanatismo por su patria.

William H. Greenwood, un joven inglés de 21 años, hijo de un pastor anglicano, llegó a la Patagonia y se transformó en un experto baqueano, siendo llamado Don Guillermo.

Allí conoció a Santiago Zamora, cuando éste trabajaba de vaquero en la Colonia de Punta Arenas.

Fue, desde entonces, su compañero de correrías y, en su libro de memorias “Patagonia Bravía, Naturaleza, vidas y aventuras”, editado y traducido por Gladys G. Grace Paz y Duncan S. Campbell, dedica un capítulo a este hombre que, para él, fue el guía más valioso de este extremo de Sudamérica.

Cuando describe a este personaje dice: “Zamora era un hombre de estatura mediana, pero de magnífica estructura física”.

(Cuando Greenwood lo conoció debe haber tenido unos 65 años pero no representaba más de 50).

“Ojos negros, de mirada penetrante; nariz aguileña, barba entrecana, pelo negro como el carbón”.

El inglés lo admiraba y cuando se refiere a sus conocimientos del mundo, escribió:

“Un día, me preguntó si -todavía Napoleón estaba prisionero en la isla de Santa Elena- No sabía nada de lo que ocurría en Europa, pero estaba muy al corriente de todo lo que sucedía en su país y las otras repúblicas sudamericanas”.

Al suceder al gobernador Oscar Viel y asumir el mando de la Colonia, Diego Dublé Almeida, entre sus muchos yerros, no permitió el trabajo de los vaqueros, a menos que se le entregara la mitad de sus ganancias. Ante esa medida que perjudicaba sus intereses económicos, los vaqueros iniciaron un comercio con los tehuelches o se emplearon como carretoneros o peones en la Colonia. El único que no se dio por vencido fue Santiago Zamora que comenzó a trabajar por cuenta propia, asociándose con Greenwood para capturar animales baguales, lavar oro y comercializar con los naturales.

Se dedicaron a la caza del avestruz, cuyo producto era muy bien cotizado en Alemania, que elevó el valor de las plumas de esta ave.

El sistema para atraparlos consistía en aprovechar en invierno la gran escarcha que cubría los campos. Los batidores iban premunidos de palos con un clavo en la punta para ayudarse a avanzar. Perseguían a las aves y cuando estas trataban de huir, resbalaban en el hielo y caían de pecho, sin poder levantarse, lo que era aprovechado por los cazadores para apresarlas.

El ocaso de Zamora

Los años no pasaban en vano y pesaron en el cuerpo de Zamora.

Al referirse a una serie de accidentes que tuvo el guía en el ocaso de su existencia, Greenwood, narra:

“El físico del gran baqueano comenzó a deteriorarse.

“La yegua preferida de su tropilla le propinó una coz en el ojo izquierdo, dejándolo casi ciego. El ya tenía un defecto en su ojo derecho. Pero aún así se las ingeniaba para seguir trabajando como de costumbre. Nadie podía mencionarle siquiera alguna alusión a su casi ceguera”.

“En cierta ocasión, rechazó la ayuda que le ofrecieron para ir a buscar su caballo. Cuando estuvo a tiro, trató de lacear al animal que, al sentir el lazo en el cuello, se asustó y salió disparado, atrapando con la traílla la mano izquierda del baqueano y sus dedos los que fueron arrancados de cuajo. El hombre, pacientemente, sin exhalar una queja, fue recogiendo desde la nieve sus dedos, poniéndolos sobre sus huesos. Acto seguido, pidió a sus compañeros que le prepararan un enjuague de hierbas para lavarse y luego ponerse algunas vendas”.

“Pidió que alguien le ayudara a redactar un documento con su última voluntad, donde distribuía entre sus amigos más cercanos, todas sus posesiones disponibles, principalmente sus caballos y sus perros”.

Una medida sólo para valientes

William H. Greenwood, al proceder a la curación y al comprobar el estado de la herida de Zamora, le hizo saber que si no se tomaba una medida extrema, podía perder la vida.

El baqueano, al sacarse las vendas y examinar su mano, le señaló: “Creo que tienes razón, viejo amigo, toda la maldita mano parece estar patas arriba, ¡mírala!”

Acto seguido, le pidió a su socio: “Pásame esa tabla por favor”.

Ese madero era usado para cortar tabaco y arreglarles las pezuñas a los caballos.

Con cierto horror, el inglés se refiere a la medida extrema tomada por Santiago:

“Zamora colocó la tabla en el piso y puso la mano enferma sobre ella y tomando un machete, de un solo golpe se rebanó los cuatro dedos, cerca de la palma de la mano. Luego, colocó en su herida un trozo de carne cruda entibiada en el fuego, pidiéndole a su amigo: -Tira los dedos míos al fuego que no se los coman los perros”.

Así era la valentía de este hombre de las pampas patagónicas.

Admirado de su recuperación, Greenwood, continúa narrando su avance sanitario y la continuación de su vida en forma normal:

“Al tercer día, ya estaba mejor, sin dolores. En días ya comenzó a cazar y en semanas trabajó como de costumbre sin poder realizar su pasión artesanal: hacer arreos y trenzar lazos”.

Era muy aficionado a contar historias, especialmente de fantasmas. Si alguien dudaba de la veracidad de sus historias, se enojaba y por días los dejaba sin sus narraciones.

Pero, la mala suerte no abandonó al baqueano. Cuando con sus compañeros armó un campamento en cierto lugar, se dio cuenta que había un árbol con sabrosos frutos que lo tentaron. Subió por el tronco y la rama en la cual puso su cuerpo se quebró y cayó a tierra dislocándose el hombro derecho y rompiéndose un par de costillas.

Se determinó que el accidentado sería llevado a la Colonia, a 400 kilómetros de distancia.

Nota: (Estaban en la provincia argentina de Santa Cruz)

“Así lo hicimos y allí fue atendido por el doctor Thomas Fenton, el cual se mostró asombrado por la forma en que las heridas de Zamora habían sanado”.

El gran vaquero permaneció en la Colonia y ya sin deseos de seguir sus correrías.

Una que otra vez, salía a cazar y se quedaba por semanas descansando en la Colonia. En 1888 sirvió de guía en la segunda expedición del capitán de corbeta, argentino, Agustín del Castillo.

Al fallecer Santiago Zamora Peña, el gran baqueano de la Patagonia, el día 30 de noviembre de 1892, el Registro Civil de Punta Arenas lo consignó como ciudadano argentino en su certificado de defunción.

En el mismo documento se nombra a sus padres: José María y Merchora.

Murió a los 86 años, ya que se calculaba que habría nacido en el año 1806.

Sus restos habrían sido sepultados en el cementerio de la plaza Lautaro, que funcionó hasta el año 1894. En abril de ese mismo año se inauguró el nuevo cementerio de la Avenida Bulnes.