Necrológicas
  • Carlos Ulloa Rabanal

Solitaria maravilla a la espera de más visitantes

Por La Prensa Austral martes 14 de enero del 2020

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Visitas

Una mínima intervención humana marca este recorrido lleno de sorpresas, con indescriptibles paisajes de un pasado volcánico y postales con hipnóticas escalas cromáticas.

Unas 30 a 40 personas -especialmente turistas- visitan en un buen día de verano el Parque Nacional Pali Aike, un sector de película -más allá del trabajo videográfico que desarrolló allí durante 2019 el realizador Jorge Grez- en plena provincia de Magallanes. Al visitar este exclusivo patrimonio natural y arqueológico, nacido a partir de fenómenos volcánicos, nos preguntamos por qué son tan pocos los magallánicos que conocen este privilegiado sector.

Los 196 kilómetros que separan este monumento natural desde Punta Arenas parecen ser un motivo de peso, aunque el trayecto en vehículo hasta villa Punta Delgada -capital de la comuna de San Gregorio- ni se siente. Después viene la “aventura” de más de 30 kilómetros de ripio, en que el histórico y reciente exceso de lluvias podrían desaconsejar a un automovilista promedio enfrentado a un camino rural barroso en algún punto.

Lo romántico de esta pedregosa vía es que uno se siente aislado del mundo al surcarla. Una solitaria señalética informa la distancia al Parque Pali Aike desde la Ruta 255. De ahí en adelante uno entra a dudar de aquella referencia, pues el rectilíneo camino discurre largo y tendido, conectado aquí y allá con predios extractivos de empresas energéticas, sin otro cartel turístico que confirme el kilometraje desandado.

Muy tempranamente ya no hay conexión con Internet, y la soledad se siente casi del todo, de no ser por la abundante fauna del trayecto –poseros guanacos y ñandúes sin cobrar por foto-.

“Lejos muy lejos” recién surge el alivio ante la vista de un viejo y agujereado cartel. Allí al menos se alcanza a leer “Puerto Natales” por un lado y “Pali Aike” por el otro, sin mayor diferencia a lo que sería el ingreso a una estancia. Sin embargo, aún falta un buen trecho para llegar.

El barro de las últimas lluvias le pone algo de emoción a este último tramo, y un cuarto de hora más aún persiste el suspenso al no divisar nada orientativo. Hasta que enfrentamos el ingreso al mismo y un esperado letrero verde confirma nuestra llegada.

Antesala

Dos mil pesos cuesta la entrada al recinto, que se distingue de cualquier otro parque nacional tradicional -además de su privilegiado entorno y ubicación- por exhibir una mínima intervención. Pali Aike -“lugar desolado” en lengua Aónikenk- le hace honor a su nombre, pues uno se ve allá literalmente solo.

Al llegar, una atentísima guardaparques de Conaf nos hace una amena reseña de este hito regional con una maqueta a escala, como antesala a una verdadera andanada de preguntas.

Explica que el atractivo principal del parque -que data de 1970, con 5.030 hectáreas- es la cueva Pali Aike, que integra un sendero de 600 metros de extensión, con miradores y sin restricciones de acceso a ella. En su interior se han hallado restos de milodón y de caballo americano, además de boleadoras, puntas de flecha, de lanzas y otros artefactos que perviven hoy en una repisa -en ésta resalta un verdoso trozo de vidrio afilado-.

No falta la pareja extranjera en montar una carpa aledaña a la casa de guardaparques, como único punto autorizado y dada su cercanía al baño público. Todo sea por abarcar a pie su extensión, la que nos disponemos a conocer en un tiempo acotado, al cerrar sus puertas a las 20 horas.

Paisajes

La más transitada de sus dos rutas básicas lleva a distintos cráteres con sus valles moldeados por lava. Una primera parada ofrece una caminata de una hora y 45 minutos por una senda de cambiantes y filudos suelos rocosos. Cada paso se abre a diversas formaciones y oquedades dejadas por la lava, incluyendo el acceso a un accidentado cordón donde el viento imprime una adicional emoción a la marcha. Se le conoce como cráter Morada del Diablo.

La próxima parada en vehículo nos lleva a corta distancia a un circuito de fácil caminata hacia la Cueva Pali Aike. Esta integra una colorida formación volcánica en cuyas faldas florecen musgos de sobrenaturales colores y degradadas piedras volcánicas. Dos impresionantes miradores y una caverna prehistórica que albergó alguna vez a nuestros ancestros patagónicos marcan este atrayente accidente geográfico. Si a ello agregamos pequeña avifauna y el decorativo mimetismo de la “prehistórica” lagartija patagónica, el deleite es total.

De más está decir que las hipnóticas escalas cromáticas que pintó este ciclo eruptivo en las paredes rocosas bien inspirarían un poema épico, un disco de culto –a lo Pink Floyd en Pompeya- o una película de época al estilo de “La Guerra del Fuego”.

Desde este último hito se puede hacer por tierra una caminata de cuatro o cinco horas -o bien 20 minutos en vehículo- hasta el otro paseo que resalta en el mapa del parque y a corta distancia del acceso, que constituye la laguna Ana. Su estacionamiento da paso a un mirador adonde se aprecia en plenitud esta formación acuosa que bien parece un pequeño lago.

Aquí, a diferencia de colorinches mosaicos geológicos, uno se enfrenta a tonalidades en movimiento, con nubes duchadas en seco por el viento desde lo alto y –a modo de bonus track- el resaltante rosáceo de una bandada de flamencos “invitados de piedra”.

Desde lo alto a la planicie, tres guanacos juveniles protagonizan un espectáculo aparte en una persecución, con uno de ellos haciendo de macho alfa. A escasos pasos de nosotros, sus guturales y envolventes sonidos camélidos nos hacen pensar -al cerrar los ojos- en un paisaje antediluviano, sin nada aún intervenido y donde nadie quisiera perder nunca este mágico tesoro de comunión con la naturaleza.