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Un merecido homenaje al Capitán Bueno

Por La Prensa Austral martes 5 de enero del 2016

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– Apóstol y civilizador de las tierras magallánicas, para destacar en forma permanente su vida y obra en la Patagonia, la Iglesia católica trabaja en un mural en cerámico que será instalado a un costado de la casa de los intendentes.

En la Patagonia en general y en Punta Arenas en particular la vida y obra de monseñor José Fagnano se respira a cada instante. Una calle, un observatorio, sus restos mortales que reposan en la catedral de la ciudad, un colegio en Puerto Natales y hasta un lago en Tierra del Fuego nos hablan día a día de este salesiano ejemplar que no lo olvida la Patagonia.

Es que estos territorios bravíos fueron el escenario de sus desvelos y sus luchas por salvar de la extinción a los pueblos aborígenes e introducir en ellos la luz de la educación, del conocimiento y del santo evangelio. Todo lo entregó a los demás, nada se guardó para sí.

Tal fue la consigna de José Fagnano, a quien los indígenas, asombrados ante este hombre blanco tan raro que no les hacía daño, comenzaron a llamarlo Capitán Bueno, ya que en lugar de dañarlos les llevaba el bien con su palabra y su obra.
Monseñor José Fagnano Vero consagró 42 años a la civilización de los selknam, alacalufes, tehuelches y yaganes, al tiempo que estableció la religión católica en la zona austral, fundando 45 casas o misiones salesianas.

De carácter fuerte, fue un hombre tremendamente decidido. A menudo se aproximaba de tal manera a los bordes de la temeridad que hacía temblar al más osado. Siempre derrochó audacia, cuando tripulaba frágiles barquichuelos que eran castigados por el clima del estrecho o cuando cabalgaba en insólitas excursiones hacia las islas llenas de peligros o cuando le llamaba la atención virilmente a un jefe blanco que acariciaba nervioso el rifle con el dedo en el gatillo… Sus hermanos salesianos muchas veces también sintieron terror al verlo emprender no menos peligrosas aventuras económicas.

Es que sus buenas intenciones misioneras en estas lejanas soledades exigían en el campo financiero cuantiosos recursos. Y los indios albergados tragaban como caiquenes y por muchos años no produjeron casi nada. En ocasiones para eludir la quiebra debió apelar a enormes préstamos con altas tasas de interés. Se ha dicho que tal vez fue este un ángulo doloroso de su vida, las deudas y penurias financieras que siempre lo agobiaron, pero sin poderlo abatir jamás gracias a sus habilidades gerenciales.
En repetidas ocasiones intentó personalmente reclutar indios en los bosques y en los canales. Y como se ausentaba por largo tiempo de la misión, más de una vez se corrió la voz de que había sido víctima de una celada. Primero en marzo de 1899 y luego a comienzos del siglo XX se le hicieron funerales en vida en Punta Arenas, Buenos Aires y Turín.

Por todo esto es considerado como el más aventurero, el más intrépido y el más esforzado misionero salesiano y los aborígenes lo llamaron Capitán Bueno por el mucho bien que les hizo.
Una agria disputa

con José Menéndez

Quedó horrorizado al conocer el trato que recibían los indígenas australes, que después de haber sido despojados de las tierras heredadas de sus antepasados, violadas sus casas y robados sus animales, eran tratados por los representantes de la “civilización” con la más inicua barbarie imaginable.

El mismo confesaba haber presenciado escenas tan horrorosas que sublevarían las almas más crueles y los corazones más duros. Inútilmente escribió a Santiago, a personas influyentes y generosas, para atajar estos atropellos, pero algunos involucrados llevaban nombres distinguidos y el temor a un escándalo hizo acallar cualquier impulso de protesta, apagando la voz de la verdad.

Es conocida la agria disputa que sostuvo con José Menéndez por este tema, a raíz de un reportaje publicado en El Diario de Buenos Aires el 13 de junio de 1899.

En dicho artículo el asturiano afirmaba que la misión de los salesianos en Río Grande era un refugio de ladrones, para los indios que robaban ovejas de su estancia. Además, deslizó un comentario en el cual minimizaba la acción de los salesianos. También comenta la exigencia de pago, por parte de los salesianos a los estancieros, de una libra esterlina por cada uno de los onas alojados en la misión.

Fagnano recogió el guante y a través del mismo diario le contestó a Menéndez. Rechazaba la acusación de que la misión era un refugio de ladrones. Fagnano pasó luego al ataque señalando que “eso de la libra esterlina me despierta cierto recuerdo que me da la tentación de correr el velo que lo cubre”. Esto, en directa alusión al supuesto pago que algunos estancieros efectuaban a sus empleados por cada ona que mataban.

Levantó iglesias,

levantó escuelas
Monseñor Fagnano nació en la comuna de Rocchetta Tanaro, Italia, el 18 de marzo de 1844. Ingresó al oratorio salesiano de Turín y fue ordenado sacerdote el 19 de septiembre de 1868. A fines de 1875 desembarcó en Buenos Aires la primera expedición de misioneros enviados a América por Don Bosco.

El joven sacerdote José Fagnano formaba parte de este grupo y a él se le otorgó la dirección del primer colegio que los salesianos abrieron en Argentina, en San Nicolás de los Arroyos, provincia de Buenos Aires.

En 1879 fue nombrado párroco de Carmen de Patagones y entonces acompañó al general Villegas en una expedición a Río Negro, donde cooperó eficazmente en favor de los indios. De regreso en Patagones fue nombrado jefe de las Misiones Salesianas del territorio.
En noviembre de 1883, el Papa León XIII nombró al sacerdote Fagnano Prefecto Apostólico de la Patagonia Meridional, Tierra del Fuego e Islas Malvinas, con residencia en Punta Arenas. Desde ese momento fue honrado con el título de monseñor.
En 1887 monseñor Fagnano se estableció en Punta Arenas, donde fundó el Colegio San José, con internado. Al año siguiente creó misiones para los indios en isla Dawson y en Río Grande. Y antes que el gobierno dotara de un hospital a esta comunidad, monseñor Fagnano ya había destinado un local para enfermería, con capacidad para diez camas, para atender a los pobres.

Allí también fue instalado un Observatorio Meteorológico, fundado en 1887, cuyo primer director fue el sacerdote Fortunato Griffa. Comenzó la construcción de la Catedral de Punta Arenas el 28 de diciembre de 1892 y la inauguró con solemne te deum el 18 de septiembre de 1897.
Fue Prefecto Apostólico de la Patagonia Meridional, Tierra del Fuego e Islas Malvinas por 31 años. Es, fuera de toda duda, el salesiano más destacado que haya tenido Chile.
El infatigable monseñor Fagnano, apóstol y civilizador de las tierras magallánicas, levantó iglesias y colegios en toda la zona de su vicariato y después de una vida llena de sacrificios y luchas, ya enfermo gravemente viajó a Santiago donde falleció el 18 de septiembre de 1916.

Sus restos descansan en la catedral de Punta Arenas y el próximo año se espera contar, en uno de los muros de la casa de los intendentes, con una obra en cerámico esmaltado que lo recuerde en forma permanente.