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Una mujer de buena madera

Por La Prensa Austral domingo 15 de abril del 2018

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Erica Pérez Coñuecar, empresaria

Cuarenta años en los bosques de Tres Morros

Mario Isidro Moreno

Escribe el gran historiador Mateo Martinic Beros, que “los primeros aserraderos mecanizados para la producción de madera de construcción fueron fundados en 1875 en los parajes de Río de los Ciervos y Leñadura, por parte de Cruz Daniel Ramírez y Guillermo Bloom, y Henry Reynard, respectivamente. Luego, a partir de 1881, se establecieron otros en Río Seco, por Alfredo W. Scott y Mauricio Braun; en Tres Brazos, por el mismo Braun y Rómulo Correa; en Río Grande, por Juan Bitsch y en Punta Carrera, por Julius Haase. Todos estos aserraderos, movidos por la fuerza del vapor, estaban situados en la península de Brunswick, hacia el sur y norte de Punta Arenas, y su actividad permitió satisfacer la gran demanda de madera durante la primera década de la colonización pastoril.

Originalmente instalados para satisfacer la gran demanda de madera de construcción exigida por el crecimiento urbano de Punta Arenas y por la expansión de la colonización, pronto fue necesario abastecer a los centros poblados y estancias de la Patagonia argentina, lo que trajo consigo el aumento de aserraderos, que de cinco plantas contadas al promediar el año 1900 subieron a trece para 1906, cantidad que se mantuvo casi invariable durante toda la década siguiente”.

Recordemos que en la isla Dawson se extrajo madera para las construcciones que ocupó la Misión San Rafael, cuyos trabajos estuvieron a cargo de los sacerdotes salesianos.

Esta, era tarea de varones, pero no faltaron las mujeres de emprendimiento y coraje que, con el correr de la historia, se instalaron con este tipo de empresas.

En la actualidad, una de ellas es Erika Ruth Judith Pérez Coñuecar, nacida el 9 de junio de 1949 en Butachauques, localidad ubicada al este de la isla grande de Chiloé, perteneciente a la comuna de Quemchi.

Doce hermanos

“Fuimos doce hermanos del matrimonio compuesto por José Isaac Pérez Villarroel y María Cornelia Coñuecar Garay.

Mi bisabuelo paterno, Rudecindo Villarroel Arrizaga, tenía muchas propiedades en Río Negro-Hornopirén, hoy puerta de entrada a la carretera austral. Con su bondad característica regaló terrenos para que en ese lugar se construyera el colegio, el cementerio, la posta, y el cuartel de Carabineros entre otros servicios públicos.

Muy pequeña me trasladé desde Butachauques a Hornopirén, donde hicimos los primeros estudios con mis hermanos. Recuerdo que caminábamos mucho para llegar a nuestro colegio; no había medios de movilización, incluso los habitantes debían trasladarse por medio de la vía marítima para concurrir a otras localidades, a falta de caminos. Grandes lanchas transportaban pasajeros hasta Puerto Montt. Para ir a otros pequeños poblados del sector, se usaban senderos trazados por el propio caminar.

A los 13 años, siendo la mayor de once hermanos y cansada del aislamiento, me fui a vivir con una tía paterna al puerto de Valparaíso. Por supuesto que, al igual que la Carmela de la “Pérgola de las Flores”, llegué a la ciudad a vender mi canastá, más, no me costó adecuarme porque siempre me he adaptado a todas las circunstancias de la vida. Yo me fui a trabajar e ingresé a laborar, como niña de mano, con una familia italiana dueña de la famosa pastelería Cevasco.

Al cabo de un tiempo volví a la casa de mis padres e hice el contacto con otra tía materna en Rancagua, casada con el docente y notable escritor chilote Antonio Cárdenas Tabies, que ejercía su profesión de maestro en esa ciudad. Viajé y me establecí allí para trabajar con los Peragallo, dueños de la Firma General Motors, de Rancagua, familia a la cual prácticamente le crié a dos de sus hijos, como su nana, siendo mis regalones, llegando a acompañarlos hasta su matrimonio.

Mi vida nómada me llevó por poco tiempo a la ciudad de Bariloche, República Argentina, y desde allí me vine a trabajar con mi tío Constantino Cochifas, cuya esposa es prima hermana de mi madre. Estuve residiendo en Puerto Montt y mi labor era en el crucero Skorpios realizando viajes turísticos a la laguna San Rafael, fiordos y ventisqueros y atendiendo a turistas nacionales y extranjeros en la semana que dura cada tour”.

Destino: Punta Arenas y labor de la madera

Los recuerdos de Erica Pérez, se remontan a la época en que pisó por primera vez la tierra magallánica.

“Al cabo de algunos años, luego de un altercado sin solución con mi tío y como siempre he sido y soy “parada en las hilachas” no trancé y me vine a Punta Arenas, donde tenía un tío paterno. Como venía con trabajo ya convenido, me hice cargo como administradora de un complejo de cabañas, fecha en que conocí a Mauricio Rodríguez Muñiz, que fue mi pareja por unos ocho años, luego de lo cual por desavenencias, nos separamos.

Erica Pérez Coñuecar, en su aserradero Santa Fe, en Río de los Ciervos. Foto Paola Moreno Verdún

Habíamos formado una empresa, con iniciación de actividades a mi nombre, en el rubro de la madera, de tal forma que al terminar nuestra relación le pagué su parte de inversión, quedando sola con la administración de la empresa maderera, como dueña absoluta.

La madera se obtenía de un lugar arrendado a Bienes Nacionales, en el sector de Tres Morros, cuyo campo me fue adjudicado con un plazo de cancelación a quince años, pero lo terminé de pagar antes del vencimiento.

Estoy en este rubro por casi cuarenta años, tiempo en el cual he aplicado los conocimientos heredados de mis mayores que tenían campo en Butachauques y Hornopirén, en este último lugar con mucho trabajo en la madera.

Tengo la gran colaboración de uno de mis hijos que está a caro de la explotación de la madera en nuestro campo del sector de Tres Morros, el cual acarrea la madera hasta el aserradero Santa Fe, ubicado en Río de los Ciervos.

Yo viajo de vez en cuando al lugar, donde poseó una pequeña cabaña al lado de una hermosa laguna y aprovecho de ver con mis propios ojos la labor de mis trabajadores, a los cuales les encanta hacer “san lunes”. El trabajo normal de un chileno es de lunes a viernes, pero mis operarios se han establecido su propio calendario: laboran de martes a viernes; el lunes componen la caña.

En el lugar de trabajo en el sector rural, tienen un campamento con casas para alojar y cocinar sus alimentos. Yo les doy la mantención para la semana. Allá hay un cortador y un rastreador. El primero corta la madera y el segundo acarrea los troncos cortados con un tractor grande y mi hijo los carga con una máquina especial.

En más de una oportunidad tuve problemas con algunos de mis empleados debido a su comportamiento. Una vez debí seguirlos hacia el campo de la madera, cuando me percaté que iban en estado etílico, incluso el conductor del camión. Llegando al campamento de inmediato les di las cuentas y los suspendí definitivamente de su trabajo. Era un verdadero peligro para su vida y para el buen funcionamiento del aserradero que trabajaran en esas condiciones.

En nuestro aserradero del kilómetro 8 sur, Río de los Ciervos, se acopia la madera debidamente procesada por operarios que laboran en la barraca.

En este tiempo, lamentablemente la madera no está bien pagada; su venta ha bajado mucho con la llegada de los nuevos materiales de construcción, como por ejemplo la fibra, el plástico, el ladrillo, el cemento y el metalcón. Me desalienta el hecho que no hay gente para laborar en este rubro; he querido agregar dos operarios a las faenas y no encuentro personas para ello. Como yo conozco el proceso, hay veces que he tenido que dedicarme en persona a realizar estas labores ordenando maderas, incluso más rápido que los propios trabajadores y arriba en el campo hasta manejo la maquinaria pesada.

Hay una época de invierno, de mayo a agosto, en que no se puede realizar actividades en el campo debido a que los caminos se cortan y no se puede acceder al lugar y la madera disponible en el aserradero se agota y quedamos con los brazos cruzados.

Ha llegado un tiempo en que he decidido vender la empresa y dedicarme a otras cosas más fáciles.

En el campo no he sufrido ningún tipo de siniestro, pero en la barraca, mi oficina se ha incendiado un par de veces e incluso mi casa habitación fue reducida a cenizas.

En todo caso me siento orgullosa de ser lo que soy y venir de donde vengo. Hoy, desdichadamente hay mujeres que no tienen fuerza de emprendimiento si no están apoyadas por un varón; yo lo pude hacer y he logrado salir adelante; le di educación hasta la Universidad a mis hijos, sin necesidad de dejarlos endeudados con créditos fiscales, y los crié sola y ello me llena de orgullo.

Lo que he hecho en mi vida es sacrificado; no es fácil ni aliviado porque este es un trabajo de hombres, pero lo puede hacer con esfuerzo y empeño una mujer”.