Necrológicas
  • Juan Fermín Purralef Montalva

¡Yo estuve en el mar de Drake!

Por La Prensa Austral martes 17 de diciembre del 2019

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Seis días en la ruta acuática más turbulenta del planeta

Una aventura inolvidable: atravesar el Paso de Drake para llegar desde Ushuaia hasta la Antártida, a bordo del Rompehielos Almirante Irizar

Por Pablo Sigal, Especial Clarín

Paraíso, infierno, paraíso, infierno, paraíso… El barco no se decidía. Corcoveaba como Tornado prisionero, ese capítulo de la recontra amortizada serie El Zorro que por ahora no podremos volver a ver. El cielo cubría la confluencia de los océanos como un toldo gris semicircular, sin límites precisos, en el que los estados líquido y gaseoso que nos rodeaban eran el continuo de una esfera. Agua y aire, mar y cielo se confundían sin remedio. O mejor dicho, el remedio en este caso pretendía ser la inyección de adrenalina que proponían olas imposibles de domar hasta para el surfista más avezado, cuyo vértigo emulaba al de algunas atracciones inolvidables del malogrado Ital Park. ¡Qué mareo!

Era mejor estar acostado que de pie, pero llegaba un momento en que la posición horizontal se convertía en hastío y había que pararse como fuera, agarrándose uno de las paredes del camarote para avanzar metro a metro, tratando de no tropezar y caer. Así fue que logré llegar a la puerta que daba a la cubierta del barco y la abrí, de hinchapelotas nomás, porque nada de lo que podía haber allá afuera prometía algo placentero. En segundos, la lluvia empapó mi cara, pero seguí avanzando hasta el borde del casco, siempre aferrado a los metales que iba encontrando en el camino, adivinando siluetas de cosas con los ojos achinados contra la tempestad.

Antes de zarpar con otros 300 hombres y mujeres a bordo (militares y civiles) no había investigado demasiado sobre las condiciones climáticas que me tocaría atravesar en lo que en el balance final sería un viaje de trabajo fuera de serie. Mucho mejor: de haberlo hecho hubiera pensado dos veces si realmente valía la pena embarcarme y tal vez me hubiera perdido una aventura inolvidable.

Estábamos en mayo de 1994 y aún no existía Google, por lo que cualquier pregunta que uno se hiciera indefectiblemente debía ser sometida al papel, un rastrillaje de libros o sobres de archivo para encontrar la respuesta. Y cuando las respuestas eran más arduas de responder, uno acumulaba menos preconceptos: las certezas solían demandar el tiempo de la experiencia.

Pero volviendo al barco, para el caso era mejor privilegiar la intriga y darle una oportunidad a la sorpresa, antes que construir una idea del porvenir para luego determinar si la realidad se adaptaba efectivamente a lo previsto. Viajar a la Antártida en el Rompehielos Almirante Irizar y su relato exigían exactamente lo contrario de ese mecanismo.

Es por eso que no conocía del todo bien cuáles serían las condiciones meteorológicas a las que estaría sometido durante los seis días que duraría el viaje, entre la ida y la vuelta. Sí estaba al tanto de que el Pasaje de Drake era la ruta acuática más turbulenta del planeta, pero no tenía idea de que había olas de hasta diez metros y vientos de 150 kilómetros por hora.

Tampoco sabía que, excepto por las pequeñas islas Diego Ramírez, a unos cien kilómetros al suroeste del Cabo de Hornos, no había ninguna masa de tierra significativa alrededor del mundo a la latitud del Drake, lo que permitía el libre desplazamiento de la corriente circumpolar antártica que llevaba un enorme volumen de agua -alrededor de 600 veces el flujo del río Amazonas- a través del pasaje y alrededor de la Antártida. Hoy todo este desasne es sencillo con sólo buscar en Wikipedia.

Pasado un día y medio desde que el Almirante Irizar había zarpado del puerto de Ushuaia, alcanzó el punto más álgido de su ruta, ése al que todos le temen, tan significativo que los militares que lo atraviesan por primera vez son sometidos a un tradicional «bautismo». El Irizar, de la Armada argentina, era una nave imponente, aún sin los achaques del incendio de 2007 que lo obligarían a entrar a boxes durante varias temporadas, para una reparación general que lo habilitaría a volver al ruedo diez años después.

808 kms separan Ushuaia del continente antártico

Majestuoso y sin aquellas heridas «de guerra» que luego le sumaría la épica del fuego, el barco rojo y amarillo había atravesado en este nuevo periplo, del que yo era pasajero, la mitad de los 808 kilómetros que separan Ushuaia del continente antártico. Para entonces llevábamos 12 horas de «movimientos sísmicos» sin pausa y faltaba otro tanto. Es decir, de los tres días que se necesitaba para atravesar el Drake, el del medio era el más complicado.

La proa del Almirante Irizar cortando hielo en las proximidades de la Antártida. Foto: Sebastián Lobos Gaceta Marinera.

Tras darme cuenta de que no había nada que hacer en cubierta, sino sólo arriesgarme a que un eventual sacudón me catapultara hacia un destino incierto, busqué refugiarme nuevamente en los pasillos estrechos del Irizar, a efectos de regresar al camarote. Pese a que las camas eran cuchetas, contaba con una habitación para mí solo. La estética era minimalista, tan funcional como la de los baños de los aviones, obviamente sin ornamento alguno y todo mueble sobreviviendo en la medida que estuviera sujeto con tornillos al piso.

Volví a aferrarme a cuanta manija encontraba por el camino de regreso y lentamente fui avanzando hasta llegar a mi puerta. Cuando alcancé la cama me recosté y recuperé la posición que por tedio había abandonado unos minutos antes. Desde la posición horizontal, por el ojo de buey se veía el cielo, el círculo entero de cielo, y luego agua, todo agua, bajo la línea de flotación. Cielo, agua, cielo, agua. Y así.

La vida me daba vueltas, incluido el estómago, claro. Ya había pasado el mediodía, pero era imposible almorzar en esas condiciones. Sin embargo, empezaba a tener hambre. Una sensación que confundía revoltijo con vacío y parecía ser la languidez que provocaba el mareo constante. Para descartar malentendidos volví a ponerme en pie para trasladarme hasta el casino de oficiales, donde seguramente podría encontrar algo con que alimentarme. Aunque más no fuera una manzana. Mi aparato digestivo, enloquecido por la bravura centrífuga de la hora, no toleraría más que eso.

Lo que sucedió entonces hubiera sido digno de un corto de Chaplin. Recordemos a Carlitos en su andar impreciso, ese gesto de antihéroe luego amplificado burdamente en la Argentina por su imitador de cabotaje, el rumano Tandarica. Con esa pisada «etílica», casi coreográfica, ingresé en el casino de uniformados, en el que un comedor organizaba el decorado. Mesas colmadas de capitanes y tenientes parecían ajenas al pandemonio que la naturaleza ejecutaba fuera del insignificante cubículo que representaba el Irizar en la inmensidad del Drake.

¡Comían pollo con papas fritas! No lo podía creer. Aquello era pornografía gastronómica sustentada en un nivel de adaptación superior. Vaya uno a saber cuántos Drakes tenían encima ya estos servidores de la patria. Debido a mi calamitoso estado no tuve la fuerza de preguntar. Traté de evitar la imagen de esos platos llenos de comida para prevenir una posible arcada y busqué rápidamente la cocina. Conseguí pescar una manzana roja y confirmé que era todo lo que mi humanidad estaría en condiciones de digerir.

A bordo viajaban los últimos colimbas obligados de la historia argentina, que hacían su bautismo en el Drake y empezaban a sumar millas para, seguramente, en algún tiempo, poder sentarse a comer como si estuvieran en tierra firme, tal como aquellos militares experimentados que ingerían sus platos de pollo. Habían pasado apenas dos meses desde el asesinato del conscripto Omar Carrasco, de 19 años, en un cuartel de Zapala, y faltaban tres para que, por ese motivo, el servicio militar obligatorio pasara a ser un mal recuerdo. En la siguiente campaña antártica ya no habría colimbas. O mejor dicho, aquellos que subieran al barco lo harían por propia voluntad.

El nudo del Drake se dirimía entre los paralelos 56 y 60. Más al sur, las olas iban perdiendo fuerza a medida que la proximidad del continente se empezaba a vislumbrar. Lo primero en aparecer serían las Islas Shetland del Sur, ya próximas a la Antártida. No sin antes dejarnos atravesar un espectáculo maravilloso.

Era de noche y junto con otros periodistas estábamos en el puente de mando, desde donde se tenía una vista privilegiada de la ruta a través de los enormes vidrios frontales. Como sabuesos ansiosos, los reflectores del barco ponían en escena por el llano una serie de témpanos blanquísimos que contrastaban con la oscuridad de lo que las mismas luces dejaban de iluminar. Y en esos haces se cruzaban pingüinos que huían del casco amenazante del rompehielos. El barco se subía a los bloques sólidos para poderlos cortar y seguir avanzando. Era como aterrizar en la Luna.

Al amanecer estaríamos llegando a la base Jubany, nuestra primera escala, para reabastecer de víveres a los científicos que pasan allí todo el año. Luego continuaríamos viaje hacia Esperanza, poblada de familias de militares argentinos que «hacen patria» en ese punto recóndito de la geografía argentina.

La leyenda dice que el corsario inglés Francis Drake fue el primero que cruzó esas aguas en 1578, con el objetivo de saquear galeones en la costa oeste de América. Que una tempestad empujó su nave hasta el paralelo 56 y esa derivación lo convenció de haber alcanzado el término del continente americano. Esto lo supe mucho después, aunque no creo que el hecho de enterarme haya resignificado la experiencia.

El saber era la prueba superada, haber terminado la travesía que incluía descensos del barco en helicóptero y caminatas por la nieve, con el riesgo de que una grieta en el hielo virgen nos devorara. Luego, la ruta entre los océanos Atlántico y Pacífico nos esperaba nuevamente en el regreso a casa, para volver a achurarnos con la fuerza de un scrum de rugby o la denodada pasión de un Boca-River, en el que el Irizar, su tripulación y el grupo de periodistas que transportaba se convertirían, otra vez, ni más ni menos que en la pelota.

Cuando Francis Drake regresó de su travesía, nadie le creyó. Sin embargo, la Historia terminaría bautizando con su nombre el pasaje en cuestión. Nunca rayó en mi expectativa, en cambio, pasar a la posteridad por esta cobertura de la que se han cumplido 25 años. Me daba por satisfecho con que lo que fuera a contar sonara verosímil, para que en la medida de lo posible el eventual lector asimilara mi relato como verdad.