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“A través de la ‘estrofa ensangrentada’ de sus poemas, Gabriela lloró el genocidio de los indígenas de la Patagonia”

Por Elia Simeone domingo 27 de mayo del 2018

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‘El viento hace a mi casa su ronda de sollozos/ y de alarido, y quiebra, como un cristal, mi grito./Y en la llanura blanca, de horizonte infinito,/miro morir inmensos ocasos dolorosos’.

Esta es la segunda estrofa del poema “Desolación”, del libro homónimo, que escribió Lucila Godoy Alcayaga (1988-1957), más conocida como Gabriela Mistral, durante su estadía en Magallanes, a principios del siglo pasado.

Perteneciente al capítulo “Paisajes de la Patagonia”, en versos como éstos, la Premio Nobel de Literatura (1945) expresó su empatía con la opresión de los indígenas y advirtió en forma adelantada el proceso genocida que estaban viviendo los primigenios habitantes de estas tierras, como el que afectó al pueblo selknam.

‘Miro el llano extasiado y recojo su duelo,/que viene para ver los paisajes mortales./La nieve es el semblante que asoma a mis cristales…

‘Siempre ella, silenciosa, como la gran mirada/ de Dios sobre mí; siempre su azahar sobre mi casa;/siempre, como el destino, que ni mengua ni pasa, descenderá a cubrirme, terrible y extasiada’.

“En estos versos, Gabriela denuncia lo que ve en los paisajes de la Patagonia: la muerte de los indígenas, cuyos sollozos llegan hasta ella con el viento de la pampa. En “Desolación”, ella denuncia este genocidio y metafóricamente nos habla de ‘la noche larga’ y nos advierte que ‘tan solo empieza’”.

Así lo planteó Magda Sepúlveda, académica y profesora de Letras de la Pontificia Universidad Católica de Chile, quien vino a Punta Arenas a dictar el seminario “Mistral: Somos los andinos que fuimos y Poesía chilena en la Patagonia”, que se realizó entre el miércoles y el viernes de esta semana en la Universidad de Magallanes.

Con esta interesante interpretación de la poesía mistraliana, Magda Sepúlveda encantó a los asistentes a este seminario, principalmente estudiantes de Literatura de la Umag.

Sólo días antes, esta experta en poesía había lanzado su último libro “Somos los andinos que fuimos” (Editorial Cuarto Propio), donde precisamente interpreta los poemas de Gabriela Mistral a la luz de sus investigaciones y estudios culturales. El primer capítulo recoge los poemas escritos por la Premio Nacional de Literatura (1951) durante su paso por Magallanes, entre 1918 y 1922, cuando llegó para hacerse cargo de la dirección del entonces Liceo de Niñas.

Allí, bajo el título “Ante la Patagonia colonizada, Desolación”, Magda Sepúlveda entrega elementos para comprender mejor hacia dónde apuntaban sus escritos. Ella afirma que Gabriela Mistral pudo vislumbrar el genocidio indígena.

“En el poema Cima, ella nos dice: ‘Alguien en esta hora está sufriendo;/una pierde, angustiada,/en este atardecer el solo pecho/ contra el cual estrechaba’ y añade: ‘Yo me pongo a cantar siempre a esta hora/mi invariable canción atribulada’. Ella recogió el dolor de los pueblos originarios y fue empática con ellos, cuando pregunta: ‘¿Seré yo la que baño/la cumbre de escarlata?/Llevo a mi corazón la mano, y siento/que mi costado mana’. A través de la figura del costado abierto -muy reiterativa y que alude a la crucifixión de Cristo-, Mistral siente y refleja el sollozo indígena”.

En conversación con El Magallanes, la académica de la Universidad Católica expuso cuán adelantada fue la escritora a sus tiempos, afirmando que ella se emancipó de lo femenino en muchos niveles y que esto pasó no sólo por su vestimenta o su comportamiento. Sostuvo que Mistral decidió permanecer alejada de esa idea de la poeta musa. “Es una feminista de vanguardia que está a favor de las madres solteras, que en su tiempo se tenían que esconder”, y agregó que fue partidaria abiertamente del aborto, sosteniendo que en muchos casos dar curso a esas vidas era perpetuar la pobreza de la madre y condenar a esos niños a la marginalidad.

“Magallanes tiene
una deuda con
Gabriela Mistral”

Para Magda Sepúlveda, ha sido pobre y limitada la lectura que se ha hecho por más de un siglo de la obra de Gabriela Mistral. “Su poesía es más que las rondas para niñas e, incluso, a través de ellas la poetisa mantiene viva su fraternidad indigenista, pues, al cantar las rondas, está pensando y hablando de las rondas, los bailes y los ritos de los pueblos andinos”, nos hizo ver.

Planteó que “Desolación” fue el inicio de un camino poético a través del cual Mistral defendió a los indígenas, fue vocera de sus sufrimientos producto de la colonización y del desarraigo territorial y cultural. Pero, también, usando las rogativas originarias al sol, pidió al gran dios de los incas y de otros pueblos que se le concediese el tostar su habla con las palabras y las lenguas latinoamericanas precolombinas. Así, hay versos regados de toponimias y términos aborígenes castellanizados.

Remarcando, entonces, cuán capital fue su experiencia en Magallanes y la importancia que tuvo y tiene “Desolación”, la académica de la Universidad Católica no entiende por qué ni el liceo que ella dirigió ni una avenida principal en Punta Arenas lleva su nombre.

“Magallanes tiene una deuda con Gabriela Mistral”, sostuvo.