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Cuando “El principito” regresó a la Tierra y aterrizó en la Patagonia

Por La Prensa Austral jueves 7 de junio del 2018
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Un hombre conduce por los desolados páramos de la Patagonia cuando su atención recae sobre un bulto que yace en la cuneta de la carretera, o de la tiránica franja gris (como la llama el Joven Príncipe). El narrador frena, se acerca para ver mejor y no sale de su asombro cuando ve a un adolescente de rizos rubios y capa azul durmiendo en el suelo. Lo recoge del suelo, lo sube al vehículo y decide emprender el viaje con ese nuevo acompañante que aún sigue somnoliento, aunque asombrado por el mundo que vuelve a tener a su alrededor tras el largo viaje desde su asteroide.

En este caso, lejos del desierto del Sahara, sin su amigo piloto y con algunos años de más en su haber. Así comienza “El regreso del Joven Príncipe” (Océano), de Alejandro Guillermo Roemmers (Buenos Aires, 1958), continuación del libro “El principito” que se reedita en el décimo aniversario de su publicación.

“Desde que leí este libro con 11 ú 10 años, sentí que yo era el principito”, confiesa Roemmers durante la entrevista para el diario español El País. Es uno de los empresarios farmacéuticos más relevantes en Argentina, labor que no le hace olvidar su faceta como poeta y escritor. Sin embargo, para su obra emblema, sintió que debía atravesar por un proceso previo para tener el derecho a continuar la historia donde la dejó Antoine de Saint-Exupéry en 1943, justo antes de morir en un accidente de avión al año siguiente. “El dejó escrito que quería seguir con el libro, pero la profunda depresión en la que se encontraba sumido y su temprana muerte trastocaron sus planes”, sostiene el argentino.

Al igual que el autor y piloto francés, Roemmers estaba en un estado de melancolía cuando tenía 20 años, por lo que decidió posponer sus planes de escritura del libro. “Para poder dar un paso en la dirección de ‘El principito’, necesitaba realmente estar sano”.

Por ello no fue hasta los 40 cuando, tras trabajar mucho con su parte espiritual, sus sentimientos y con su forma de ser inconformista, se sintió “pleno y feliz” como para embarcarse en el proyecto.

“Aunque parte de la historia de Antoine, este texto tiene el aprendizaje de mi vida y de ese periodo de superación personal, de ese recorrido transformador”, explica el autor y señala que además también mantiene esa esencia de inocencia, de no traicionarse a uno mismo, de ingenuidad y de capacidad de asombro que ya se mostraba en las páginas de su predecesor.

Siendo “Le Petit Prince”, como se titula originariamente, la obra francesa más traducida y más leída, podría parecer que es un atrevimiento inventarse la continuación de la historia, sin embargo, es algo que no quitaba el sueño a Roemmers. “Esta tarea nunca me dio respeto porque sentía que reencarnaba perfectamente al protagonista y me sentía en el derecho de escribir mis experiencias siguientes”, señala.

Quizás por ello o por la filosofía de vida que impregnó Roemmers en “El regreso del Joven Príncipe” en los nueve días en los que lo escribió, pero se ha convertido en el único libro que los descendientes de Saint-Exupéry han autorizado su publicación. “Les hice llegar un ejemplar traducido al francés y no sólo me dieron su beneplácito para traducirlo y publicarlo en todo el mundo, sino que encima me dijeron que probablemente era la continuación que su antepasado hubiera querido”, cuenta. “Realmente mantenía esa capacidad de irradiar luz en la vida de los lectores”.

No obstante, tras este encuentro con los descendientes, también concedieron los derechos, en 2015, a Mark Osborne para que realizara la película de animación basada en el cuento de Saint-Exupéry, que además también muestra la continuación de la vida del principito. Se trata de una adaptación libre de la novela, que, aunque parte de la historia de una niña que para lidiar con su obsesiva madre se pasa el tiempo escuchando las historias de su vecino, un antiguo aviador que resulta ser el protagonista de aquel encuentro con el principito en el desierto. Cuando el vecino cae enfermo, la niña va en busca del inocente chaval, que ya es adulto y trabaja en una cadena de montaje en una fábrica, convertido en víctima del capitalismo y sin su aniñada esencia.

Ante este hecho, Roemmers y la familia quedaron en cada uno seguir su camino, aunque sin olvidar lo vigente que seguían las enseñanzas del autor francés. “Cuando voy a los colegios a dar charlas, siempre les digo a los niños y niñas que cuando van a dar un paseo, suelen saber la dirección donde van. Entonces ¿por qué vivimos la vida sin saber adónde queremos llegar?”, lanza al aire la pregunta el argentino.