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Hernán Rivera Letelier “Considero a Díaz Eterovic el mejor escritor de policiales del país”

Por La Prensa Austral domingo 5 de julio del 2015

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El destacado escritor nacional Hernán Rivera Letelier será uno de los invitados estelares de la XIX Feria del Libro que se realizará en Punta Arenas. El autor presentará su último Opus, “La muerte es una vieja historia”, en el Teatro Municipal y en el Insuco el 18 de julio próximo.

El escritor, Premio Alfaguara 2014, talquino adoptado por Antofagasta y las salitreras viene llegando de La Habana, Cuba. No le gustan las entrevistas escritas pues señala que le arrebatan la personalidad. Sin embargo, respondió algunas preguntas justo después del empate a tres goles entre Chile y México durante la Copa América 2015. El país azteca es para él muy simbólico, pues siendo muy joven se enamoró a la distancia de una actriz mexicana mayor que él, Rosita Quintana, y tuvo la oportunidad de conocerla en la primera oportunidad que tuvo de ir a esa nación. Por algo su primer éxito lleva la ranchera en el título. Hay algo autobiográfico de esto en “Himno del ángel parado en una pata”.

Y como ya está dicho, le ‘cargan’ las entrevistas por escrito, pero hizo una breve excepción con El Magallanes.

– Usted ya visitó Magallanes ¿Qué recuerdos le trae?

– “El frío que pasé, la gente bella que conocí, la pampa magallánica que me recordó a mi pampa salitrera y, el más   simpático, la vez en que en un café me confundieron con Víctor Heredia”.

– “La muerte es una vieja historia”, primera novela policial. ¿Es éste un género en el cual piensa seguir hurgando?

– “Aunque nunca imaginé que me vería escribiendo novelas policiales, estoy entusiasmadísimo con mi Tira Gutiérrez y la hermana Tegualda, tanto así que ya me encuentro escribiendo una segunda historia y pensando ya en la tercera. Pero creo que pararé ahí. Con una trilogía basta”.

– A propósito de género policial, ¿Ha leído al magallánico Ramón Díaz Eterovic y su Heredia?

– “Considero que Ramón Díaz Eterovic es el mejor escritor de policiales del país”.

Perfil más íntimo
del escritor

Sobre la vida de Hernán hay mucho que contar. Fui testigo de un inolvidable rock and roll que bailó con su editora francesa, Anne Marie Metailie, con tanto swing que la despeinó por completo. A su única esposa, también la conoció al ritmo del género de Elvis Presley.

Está casado desde 1974 con María Soledad Pérez, a quien conoció cuando trabajaba en la mina de cobre Mantos Blancos. “Ella se enamoró de mí cuando me vio a través de una ventana, bailando rock and roll”. El matrimonio tiene cinco hijos.

Sus estudios escolares fueron en las salitreras de María Elena y Pedro de Valdivia, hacia donde emigraron sus padres desde la ciudad del Piduco.

En las elecciones del 2010 fue candidato a diputado por el Partido Socialista, pero los electores prefieren sus novelas.

Lo conocí más de cerca en París, cuando su editorial francesa cumplió un cuarto de siglo e invitó a sus estrellas, entre ellas, el colombiano Alvaro Mutis, Luis Sepúlveda y Hernán.

Del hombre tímido de entonces queda poco, pero su modestia es enorme y nada de ‘pintamonos’. Al contrario. Su vida social es estrictamente profesional. Es amigo de sus amigos y muy trabajador, cosa para lo cual no ‘pintaba’ cuando joven.

Hasta donde yo sé, Hernán no bebe, salvo en muy contadas ocasiones. Muy alejado de la bohemia, permanece en el norte.

Sí, evoco que hace dos décadas su menú se limitada a carne con arroz acompañados de té. En Francia hizo una gira alimentándose de sándwiches de jamón con queso. Sin embargo, en un almuerzo en mi casa a comienzos de la década pasada, no le hizo asco a la comida europea que preparó mi segunda esposa.

Sesentón, mantiene un espíritu juvenil y esos dientes blanquísimos de quienes vivieron en las salitreras y cuidaron sus ‘chocleros’.

Debido al cierre de la salitrera Humberstone, sus padres se trasladaron con sus cinco hijos a Antofagasta, donde a las dos semanas de llegar murió su madre, víctima de la picadura de una araña de los rincones. Entonces, la familia decidió volver a las salitreras: “Los hermanos menores de Hernán se fueron con las hermanas casadas de vuelta a una salitrera, pero el ‘tímido rebelde o rebelde tímido’ -según su propia definición- se negó a partir y decidió quedarse solo en la ciudad, viviendo en una suerte de ruca instalada en el patio de una iglesia evangélica. El padre, que trabajaba en una mina y regresaba cada 15 días, lo comprendió y dejó que buscara su rumbo”.

Se ganaba la vida vendiendo diarios; le alcanzaba para comer e incluso para ir al cine: “Como en Algorta no me dejaban ir, aquí me hice un cinéfilo crónico. Los miércoles daban las rotativas: entraba a las dos de la tarde y no salía hasta la una de la mañana para ver tres veces las tres películas. Como a las seis hablaba con el portero, salía a comprar pan y mortadela y me metía de nuevo al cine”. Después de tres años de vivir en Antofagasta, volvió a la pampa a trabajar. En la salitrera María Elena fue mensajero de la empresa Anglo Lautaro (hoy Soquimich) y, después, al cumplir los 18, entró a un taller eléctrico.

Cuando se le ha preguntado por qué empezó a escribir, en alguna ocasión ha dicho que “por las prostitutas”. Lo que sucedió fue que en los años de su viaje juvenil, que lo llevó por Chile y el cono sur, en realidad pasaba hambre. Y una noche, escuchando la radio con un amigo, se enteraron de que un concurso de poesía prometía como premio una cena para dos. “Cuando escuché la palabra comida me bajaron las musas y dije ‘yo puedo hacer un poema’. Nunca había escrito nada ni había tenido un libro de poesía en mis manos (salvo los versos de los libros del colegio), pero tuve la convicción absoluta de que podía hacer un poema y que me iba a ganar esa cena”; agarró entonces el cuaderno donde pegaba fotos y postales del viaje, que lo tenía guardado en la mochila y se sentó a escribir su primer poema, “inspirado en una pololita que había dejado en la pampa”. “Me salieron cuatro páginas; al día siguiente lo fuimos a dejar a la radio”. Efectivamente, ganó el concurso, lo que no dejó de ser una suerte, porque gracias a él salió a la superficie su vocación de escritor o “contador de historias”, como prefiere autonombrarse, vocación que lo ha convertido en uno de los autores más leídos en Chile.

Rivera Letelier es agnóstico. Al respecto dice: “Yo tuve una infancia muy religiosa. Mis padres eran evangélicos y pasaban en la iglesia rezando, orando y cantando. Llegó un momento en que dejé de creer en todo eso”, y bromea, refiriéndose a su éxito como escritor: “Yo no creo en Dios, pero creo que Dios cree en mí”.05