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Nieta de la yagán Cristina Calderón busca preservar su cultura en Alemania

Por La Prensa Austral domingo 21 de abril del 2019

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Cristina Zárraga es autora de libros como “Cristina Calderón. Memorias de mi abuela yagán” (2018), una biografía de la mujer declarada Tesoro Humano Vivo por el Consejo de la Cultura y las Artes.

De alguna forma, Cristina Zárraga siempre ha sido extranjera. Lo fue en Concepción, donde creció, como una yagán entre los chilenos. Lo fue, de alguna manera, en Puerto Williams, en la Provincia Antártica, cuando vivió en la comunidad y era una yagán “venida de afuera”, por decirlo de algún modo. Y lo es hoy en Alemania, donde reside hace siete años junto a su esposo germano y sus dos hijas Hani Kipa y Loimushka.

“Pero he aprendido de todo esto: que la tierra es una sola y uno es lo que es en el lugar que esté. Nada es casualidad”, comenta Zárraga, en una entrevista a El Mostrador.

La escritora es autora de libros como “Cristina Calderón. Memorias de mi abuela yagán” (2017), una biografía de la yagán declarada Tesoro Humano Vivo por el Consejo de la Cultura y las Artes. Otros de sus libros son “Hai Kur Mamasu Shis” (“Quiero contarte un cuento”), una recopilación de relatos de 2008, con ilustraciones de Jimena Saiter (Editorial Kultrun), y “Remedio de mi tierra”, de 2005 (también Editorial Kultrun), sobre medicina tradicional.

Ella entró de adulta en contacto con su cultura ancestral. Hoy lucha por conservar su legado y transmitirlo, mientras convive con los dolorosos recuerdos de sus antepasados, diezmados por las enfermedades de los colonizadores europeos y expuestos como animales en zoológicos humanos a principios del siglo XX. A eso se le suma una nueva preocupación por la instalación de las salmoneras en el territorio de su pueblo.

“Ha sido horrible pensar que a estas aguas se le pueda hacer tremendo daño. Siempre estuvo el rumor que querían venir las salmoneras, pero nunca creímos que se podía volver realidad. Teniendo en cuenta este territorio tan puro, con algunas especies que sólo ahí se encuentran. Una reserva de la biósfera, uno de los lugares que aún conserva su naturaleza intacta, con vías a un eco turismo por todas estas características, además de ser territorio ancestral yagán. Es increíble que todo esto se pueda pasar a llevar por intereses económicos y en contra de lo natural. Inaceptable”, reclama.

Sin embargo, por otro lado, le conmueve ver a su comunidad luchando por sus tierras y aguas, y el apoyo que se viene sumando a esta causa. Esto le da esperanza.

“Es tan ilógico, con toda la mala experiencia que se tiene con estas salmoneras en Chile, cómo se puede seguir buscando nuevos sitios para semejante destrucción ambiental”, dice. “Ojalá la voz del pueblo y los yaganes sea eco a nuestros espíritus de ayuda también, para revocar esta situación”.

La problemática es parte de la compleja relación actual de los yaganes con el Estado chileno, que ella no cree muy diferente a los demás pueblos originarios en Chile.

“La diferencia es nuestra minoría dentro de las minorías y de vivir en un lugar donde todo es mucho más extremo que en otra parte del país. Creo que con todo lo que está viviendo la comunidad yagán en este último tiempo, se puede ver esa relación”.

De Concepción a
Puerto Williams

Zárraga se crió en Concepción y entró en contacto con su cultura cuando se fue a vivir con su abuela Cristina Calderón, en las tierras de sus antepasados.

“Fue entender una parte de mí, encontrarme conmigo misma y el lugar. Saber de donde uno viene también ayuda a entender lo que uno trae, me refiero a la herencia ancestral”, cuenta.

De los yaganes sabía muy poco: su padre, un marino, se vino muy joven de su tierra natal a Valparaíso y Concepción, y mucho no les contaba de sus raíces.

“Eso lo entendí después al conocer a mi abuela, la historia familiar. Una época dura, la lucha por sobrevivir ante la pobreza y discriminación. Fue un corte cultural que sufrieron nuestras familias, toda su fuerza y conocimiento se empobreció ante la llegada del extranjero, que le fue arrebatando todo e imponiendo su cultura, lo que provocó la pérdida de la lengua y sus antiguas costumbres, ceremonias”.

La consecuencia principal en su vida ante este encuentro, dice, fue encontrarse a sí misma, al ir sanando parte de esta historia en ella. Ahí fue adentrándose en las historias de los más antiguos, sobre todo en la vida espiritual de esta cultura, sus rituales, sus creencias y su lengua.

“Desde ahí que vengo rescatando lo que se ha olvidado, para darle vida y volver a transmitirlas”, recalca.

La abuela, un tesoro

Una parte fundamental en ese rescate ha sido la publicación del libro Cristina Calderón. Memorias de mi abuela Yagán, en 2018. Calderón es una yagán declarada Tesoro Humano Vivo por el Consejo de la Cultura y las Artes.

“Es la única que habla el yagán fluidamente y lleva los recuerdos aún vivos en su memoria. Mi abuela perteneció a la generación que registró el etnólogo Martín Gusinde. Una generación que aún sostenía los conocimientos ancestrales traspasados oralmente entre los yámana (como se autodenominan los yaganes), y que aún disfrutaba de las libertades de antaño, como, por ejemplo, navegar libremente por los canales australes y establecerse en todo el territorio que en ese entonces le era comprendido”, explica.

Zárraga escribió parte de sus memorias, su biografía, en principio porque ella se lo pidió, al momento de conocerla.

“Sabía que esto era necesario para comprender más de nuestro pasado, entender esa época fría, ante la decadencia de nuestra cultura por la colonización a la que nos vimos expuestos. Con estas historias, también podemos comprender la situación actual en Navarino”, puntualiza en referencia al tema de las salmoneras.

Choque cultural

¿Pero cómo ha sido para ella cumplir esa labor ya no en Chile, sino en Alemania, en otra cultura? ¿Cómo es ser yagán en Heidenheim, cerca de Stuttgart, donde vive en la actualidad?

“Bueno, yo crecí entre una ciudad y el campo, siempre me sentí muy cómoda en la naturaleza”, responde. “Nunca me sentí integrada al sistema, al grupo o creencias en mi infancia y juventud”.

“Luego, al llegar a la tierra de mis ancestros, también era de afuera, aún siendo yagán entre los yaganes, pero por haber nacido en otro lugar, Concepción. Ahora vivo en Alemania, soy extranjera. Pero he aprendido de todo esto: que la tierra es una sola y uno es lo que es en el lugar que esté. Nada es casualidad”.

En este otro lado de la tierra vive feliz junto a su familia, sus hijas y su esposo Oliver, “muy conectados con nuestra familia yagán de hoy y de ayer”.

Zoológicos humanos

Alemania fue, por desgracia, uno de los lugares donde a fines del siglo XIX y principios del siglo XX muchos indígenas fueron expuestos como animales en verdaderos zoológicos humanos. En la misma época, muchos morían de enfermedades que llevaban los colonos. ¿Cómo convive ella con esta historia?

“Cuando vine a conocer esta historia que nos toca directamente a nosotros los yaganes, me dolió mucho, despertaba la rabia en mí, la tristeza, sentimientos que finalmente en nada me ayudaban a corregir los hechos”, contesta.

“Cuando aceptas tu historia como parte del pasado, dejando de culpar, tengo la posibilidad de volver a crear la historia, mi historia, de no repetir y liberarme de las heridas de mis ancestros”, reflexiona.

“No voy a borrar la historia, sino reconocerla y compartirla también con mis hijas, para que crezcan con conciencia del pasado y puedan proyectar desde el respeto, dignidad y sobre todo desde el amor”, concluye.