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Juan Mihovilovich, escritor y juez magallánico en Puerto Cisnes

Una literatura “entrañable” y “extrañable” del mundo

Por La Prensa Austral domingo 22 de mayo del 2016

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Juan Mihovilovich es poeta, cuentista y novelista nacido en Punta Arenas.  Pero es también abogado y se desempeña como juez en Puerto Cisnes, en la Región de Aysén.

Luis Herrera

– Considerando que  gran parte de su formación la dedicó a las leyes ¿Cómo fue su formación literaria?

– La pregunta parte de una inferencia que admite un par de alcances. Cierto: un período no menor de mi existencia ha sido dedicado al derecho, otro mayor aún, a la búsqueda de justicia durante el largo período dictatorial y, finalmente, concomitante, el necesario estudio de las leyes.  Entre ellos, y previo a todo lo anterior, mis derroteros fueron siempre los literarios.  Desde que rizaba los siete años hice amistad con un compañero de primaria que, por esos avatares de la vida, contaba con una impresionante cantidad de revistas de historietas, las que me iba facilitando cada fin de semana. Entonces los sábados y domingos en Punta Arenas, mi tierra natal, los dedicaba a la lectura encerrado en la pieza que compartía con mi segundo hermano.  Y en ese descubrimiento de mundos fantásticos, aparecieron los primeros libros, especialmente, Genoveva de Brabante, que leí a los 8 años y que releí varias veces mostrándome un mundo imaginario y de reclusiones que me marcó, creo, definitivamente; tengo impresa en la memoria la tremenda conmoción interior que me provocó la lectura en clases de ‘El vaso de leche’” de Manuel Rojas.  Allí ‘sentí’ que un día sería escritor (…) Naturalmente, viene el salto a Linares. Mi viejo era carabinero y lo trasladan cuando yo tenía 17 años. Allí ya ingresé de lleno a una mezcla de literatura algo más formal y otra más íntima. Lobsang Rampa, entre estas últimas, y las primeras incursiones de lecturas místicas y esotéricas. Y entre aquellas la clásica trilogía de Herman Hesse: ‘Siddhartha’, ‘Demian’ y ‘Lobo Estepario’.  La búsqueda, luego, era interna, matizada casi al mismo tiempo con Cortázar, Sábato, Borges, los argentinos de entonces y de siempre.  Y poesía, mucha poesía de todo tipo, de todos los formatos y calidades; Neruda, obviamente, Huidobro, Carlos Pezoa Véliz,  y, especialmente, Pablo de Rokha,  que me acompañaron hasta el ingreso a la Universidad de Concepción en los años ‘72, donde apareció Vallejo, el grandísimo poeta peruano, junto a la vitalidad discursiva de Nicanor Parra.  Y en ese período transicional obtengo un premio literario cuya recompensa eran las obras completas de Shakespeare.  Me aluciné con ellas.  Las leí con ese fervor que resulta el descubrir un mundo nuevo, un hallazgo, el, supuestamente mayor escritor que haya existido nunca.  Y el Quijote, naturalmente, una obra que siempre me costó leer, a pesar de su belleza estética y filosófica. Ya en la Escuela de Derecho de la Universidad de Concepción y los años ‘74 y ‘75 fundamos la revista de poesía ‘Amantida’ con otros compañeros alcanzando a editar unos cinco números de ella en plena época dictatorial. Luego, en ese mundo más abierto y que constituye un salto cualitativo en toda formación individual, incursioné de lleno en la novelística nacional: Manuel Rojas, Nicomedes Guzmán, González Vera, Luis Durand, Carlos Droguett, etc., hasta llegar a Donoso y su ‘Obsceno Pájaro de la Noche’, que me resultó crucial en su momento.  A Juan Emar lo descubrí mucho más tarde.  Y en Concepción, mi amigo Pacián Martínez Elisettche (QEPD) me mostró a Erich Rosenrauch, un escritor sumamente hermético y desconocido, que leíamos y comentábamos en conjunto.  Entremedio los grandes íconos de boom latinoamericano, particularmente, García Márquez, Vargas Llosa, Cortázar, y al mismo tiempo, Onetti, pero por sobre ellos, Juan Rulfo, que fue un develamiento mayor y me hizo ver la realidad desde una perspectiva diferente. La respuesta es fácil y cae por su propio peso: ‘descubrí’ la literatura desde niño. Fui abogado y juez muchísimo después… Con una vivo y con la otra sobrevivo, aunque misteriosamente ambas ‘profesiones’ y funciones han estado fuertemente entrelazadas”. 

– Si tuviera que situarse dentro de alguna línea de la literatura chilena ¿Dentro de cuál se encontraría? ¿Junto a quiénes?

– “Puede parecer arrogancia (o ignorancia con seguridad) y de hecho me lo han manifestado, pero la verdad es que no siento pertenecer a ninguna corriente en especial.  No me identifico con ningún autor en particular, aunque generacionalmente haya ‘nacido’ concomitante a las carreras literarias de mis amigos Diego Muñoz Valenzuela, Ramón Díaz Eterovic, Pía Barros, y varios otros como Antonio Ostornol, Roberto Rivera, etc.  En los ‘90 alguien invitó a un grupo, supuestamente generacional, a una especie de proclama nacional que ‘reinventaba’ la literatura chilena.  Allí aparecí como uno de los pocos provincianos en medio de una quincena de escritores, casi todos de Santiago.  Ya había publicado mi primera novela: ‘La última condena’ (1983), teniendo el honor de ser la primera novela del sello Pehuén, de ese gran editor que era Jorge Barros y quien venía llegando desde Venezuela. Fue un texto que venía premunido de un par de premios nacionales y que constituyó una novedad, tanto por la temática como por la estructura de la misma y el lenguaje utilizado. Fue escrita durante unos seis meses a mano y en gran medida en el departamento de mi amigo Pacián Martínez E. La influencia de Rulfo y García Márquez es notoria. Pero aun así la crítica fue muy favorable y creo que me sirvió (su edición) para reafirmar una vocación ya asumida entre bambalinas.  Mis influencias han venido desde afuera, de los clásicos, antiguos y modernos, de los ya nombrados arbitrariamente, y un número grande de escritores leídos después de los 25 años y que omití en esa ‘formación’ literaria inicial; y por lo mismo, es probable que muchas influencias sean inconscientes…”.

– Conceptualizando la provincia -presente de manera importante en sus libros- ¿Qué tratamiento la categoriza dentro de lo universal, alejándola de un criollismo hermético?

“Mis historias son las historias de un individuo de provincia que ve el mundo desde adentro y lo sitúa en medio de una realidad atosigante.  La vieja y ya algo manida máxima de Tolstoi que alude a que la descripción del pueblo equivale a la descripción del mundo, la he asumido desde mis primeros escritos.  ‘El ventanal de la desolación’, libro de cuentos, que tuvo dos ediciones absolutamente artesanales, da cuenta de ese proceso de reinvención de lo provinciano a través de seres marginales que habitaban el Barrio Croata (ex Yugoslavo) en Punta Arenas.  Sus historias mínimas alteraban mi imaginación a límites insospechados. Vagabundos, alienados, física y mentalmente, pero sobre todo, por ese abandono o desarraigo espiritual de que eran objeto, atraían mi atención permanentemente. Crecer entre ellos, temiéndoles y admirándolos a la vez, hizo de ese universo el mío propio.  Y no sólo el mío.  Las aventuras cotidianas de un grupo o pandilla en el que nos desarrollábamos como adolescentes, con esa maldad consustancial de quien es irresponsable y ese humor lacerante y perverso del grupo como forma de defensa y de sobrevivencia, me marcó (y nos marcó, imagino) a quienes lo conformábamos por la década del ‘70 en Punta Arenas”.

– ¿El escritor llega a un punto en que encontró su registro? O, después de todo, ¿Es factible estar en una constante revisión, transformación y reinvención?

– “La búsqueda de ese registro al que aludes, es una constante en mi narrativa personal.  De hecho ‘encontrarlo’ en cada una de las obras que emprendo es una lucha casi angustiosa.  La vida está llena de historias e individuos dignos de ser traspasados a la literatura.  Pero nada de ello me resulta mecánico.  Si lo que ‘necesito’ sacar desde mi interior no es auténtico me resulta sin sentido escribir (…). Existe una necesaria búsqueda del ritmo interior narrativo, de esa pulsación que pareciera abandonar el cuerpo y los sentidos, que se aleja de la imaginación cada cierto período, pero cuyo adormecimiento sencillamente espera el momento propicio.  Y ello puede darse de  las maneras más inesperadas: un gesto oblicuo, una mirada, un pájaro que pasa, una noticia aberrante, las obsesiones personales y familiares que siempre están al acecho, etc.  El punto radica, en mi caso, cómo y en qué momento me conecto con esas realidades ocultas que es preciso sacar a la luz (o a la oscuridad, dependiendo del cristal con que se mire).  Y ese momento que se busca consciente e inconscientemente, es la lucha diaria.  Luego, si se mira en perspectiva de ‘éxito’ en la literatura (entendiendo que tu concepto está asociado a la idea de realización o encuentro literario) siento que arribo a él cuando parte importante de mi interioridad se plasma en la hoja de modo auténtico.  Claro, las imperfecciones están a la vuelta de la esquina, pero la insistencia, la perseverancia, es lo que debiera salvar, si es que salva.  En suma, el registro no es estático: es dinámico y, por ende, importa una reinvención a partir de su encuentro”.

– ¿Cuánto hay de Mihovilovich en el juez de “El contagio de la locura”? Y en el ambiente de trámites, portafolios, filas y tribunales ¿Cuánto hay de “El Proceso” de Kafka? 

– “Cuando escribí ‘El contagio de la locura’ y le dije entonces a mi querido amigo Pacián Martínez E. (QEPD) que la había terminado en dos semanas le costó creerme.  Pero, se estaba escribiendo en mi conciencia por largos nueve años, mientras ejecutaba mis funciones de juez en Curepto (…). Por lo mismo ¿Cuánto hay de mí en la novela?. Pues mucho.  Por un lado mi propio yo aislado en su rol funcionario, una especie de ermitaño que se mimetiza con sus habitaciones, que ejerce el poder del mallete sobre el estrado, y por otro, el ser humano que se niega a perder la identidad primaria, su locura vital por sobre la locura general.  En ese contrapunto el personaje se alía, no sólo con ‘El proceso’, sino con Kafka en general, con su obra y con su singularidad.  Cuesta hacer la separación cuando un autor de esa envergadura ha penetrado hasta los tuétanos.  Pero, aun así el juez de ‘El contagio…’ procura ser nuevo, ‘otro ser’, otro personaje que se baste a sí mismo y que, en definitiva, concluye desde el inicio de la novela con que el condenado era un colibrí…”.

¿Qué vigencia tiene “El desencierro” en el Chile de hoy? Así como múltiples elementos lo vinculan a la dictadura ¿Qué elementos permiten un vínculo con el Chile actual?

– “En la novela ‘Desencierro’ el personaje señala que vivimos la peor época del encierro humano, y ello tiene que ver con la soledad individual en que nos hallamos enclaustrados.  La vorágine del mundo moderno ha transformado las relaciones humanas en algo de antología.  Nunca hemos tenido tantos adelantos tecnológicos que podrían servir para el complemento del desarrollo espiritual, no obstante, la codicia ha hecho de aquellos un instrumento de poder y dominación incalculables.  Manejados por esos invisibles hilos de los poderes ocultos nos hemos (han) convertido en meros datos estadísticos.  El ser anónimo escudado en aras de la tecnología es seducido hasta en sus instintos más primarios creyendo que ‘piensa’ la realidad en la que vive.  Sin duda, una mera ilusión formal.  El modo en que hoy nos relacionamos es la expresión pura de una competitividad irracional dirigida. Cualquiera situado a nuestro lado es un potencial enemigo. La solidaridad es pieza de antología. Y se la disfraza con los peores atuendos.  Tras cada acto de supuesto servicio las garras del lucro sacan cuentas alegres.  En el Chile de hoy, donde el capitalismo a ultranza maneja las relaciones de poder y las utiliza a su amaño, el individualismo egoísta se ha enseñoreado.  No hay casi esperanzas de redención.  Y al decir casi, dejo abierta la posibilidad.  La civilización occidental pareciera tocar fondo y como se dijo hace un par de siglos acertadamente, en sus propio seno yace su mecanismo de destrucción. No resulta válido ni creíble que el hombre camine sobre este planeta como un mero y simple depredador. ‘Algo’ ha de existir más allá de su apariencia de ‘bípedo implume’. Las historias tienden a repetirse.  Ese ‘hedor’ al que aludes es peligroso, porque no es únicamente el de una institución.  Es parte del individuo que termina siendo un déspota (en cualquier nivel)  y que cree que el poder de dominar a otros es tan eterno como los sueños del dictador.  Luego, el rescate de la individualidad como forma de ser y re-conocerse parte de la belleza de estar vivo; es el impulso que puede ayudar a encontrar ‘al otro’. El otro espera.  El otro soy yo en suma.  Y somos todos al final. Eso indaga el personaje de ‘Desencierro’… me parece”.