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Chile, México, Perú y Canadá se unen a siete países de Asia y Oceanía contra el proteccionismo de Trump

Por La Prensa Austral viernes 9 de marzo del 2018
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El TPP11, uno de los mayores acuerdos comerciales del mundo, debuta justo cuando el
Presidente de EE.UU. ratificó nuevos aranceles sobre el acero y el aluminio.

Hace sólo un año prácticamente nadie lo creía posible. Estados Unidos acababa de abandonar el Acuerdo de Asociación Transpacífico (TPP, por sus siglas en inglés), uno de los proyectos estrella de la Administración Obama, e iniciaba su particular travesía en el desierto del aislacionismo comercial.

Las probabilidades de que el acuerdo saliese adelante sin la primera potencia mundial eran remotas. Pero a veces lo remoto también se cumple: 13 meses después, México, Chile, Perú, Canadá y siete países de Asia (Brunei, Japón, Malasia, Singapur y Vietnam) y Oceanía (Australia y Nueva Zelanda) han sellado este jueves uno de los mayores acuerdos comerciales del mundo.

La firma llega pocas horas antes de que la Administración Trump firme su primer gran decreto arancelario, que gravará las importaciones de acero y aluminio, y en plena renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLC), en el que México y Canadá se juegan buena parte de su crecimiento económico en los próximos años. El momento no podría ser más simbólico para enviar un mensaje nítido: hay vida más allá de EE.UU.

Rebautizado como Tratado Integral y Progresista de Asociación Transpacífico (y conocido como TPP11) después de que Washington se bajase en marcha del barco, el acuerdo comercial conforma un mercado libre de aranceles de 500 millones de consumidores que suma casi la sexta parte del PIB mundial. Un gigante con presencia en tres continentes que, según todos los especialistas en comercio internacional consultados, se sitúa a la vanguardia en cuanto a normatividad y facilitación del comercio con un enfoque radicalmente nuevo. El acuerdo entrará en vigor cuando sea aprobado en al menos seis (la mitad más uno) países firmantes.

“El TPP11 sienta las bases del comercio del futuro”, subraya Ignacio Bartesaghi, director del Departamento de Negocios Internacionales e Integración de la Universidad Católica del Uruguay y autor de varios artículos académicos sobre el tratado. “Es una gran plataforma para captar inversiones que posiciona a los firmantes claramente a la vanguardia mundial en cuanto a estándares y armonización de normas comerciales. Mejorará mucho el entorno de negocios y permitirá a estos países adaptarse a las condiciones comerciales que el resto tendrán en el futuro”.

“Nadie pensaba que el acuerdo sobreviviría sin EE.UU.”, señala el titular chileno de Relaciones Exteriores, Heraldo Muñoz. La primera medida de Donald Trump como Presidente fue el retiro de su país del trato. Abría una nueva era en la que Washington se pasaba al entonces disminuido bando de opositores a la liberalización comercial. “La firma de este acuerdo, en cambio, es una poderosa señal política de apertura, de respaldo a las reglas claras para el comercio internacional y de oposición a las medidas proteccionistas”, agrega el ministro anfitrión.

Con la firma del tratado, la cuenca del Pacífico se pone al frente del libre comercio y la globalización en un momento en el que ambos principios atraviesan un trance crítico. A la llegada de Trump al cargo de mayor poder del planeta se ha sumado el auge de movimientos populistas en Europa -el Brexit es buena prueba de ello- contrarios al librecambio. Este jueves, los 11 firmantes del nuevo TPP envían el mensaje opuesto: firme oposición al proteccionismo y a la confrontación económica entre países y voluntad de estrechar lazos en favor del crecimiento económico de todas las partes implicadas. “Es una poderosa muestra y llega en un momento en el que estamos a punto de entrar al peligro de una guerra comercial que le haría muy mal a todos”, agrega el canciller chileno, uno de los países más abiertos de América Latina y del mundo, con hasta 26 acuerdos con un total de 64 economías.

“México y Canadá -en plena renegociación del TLC con EE.UU.- y Japón -que eleva su perfil de indiscutible competidor de China en Asia- son los grandes ganadores del TPP11”, valora Bartesaghi. “Es natural que en México preocupe la presencia de Vietnam (una plataforma manufacturera que competirá de tú a tú en muchos segmentos), pero el salto que pega hacia Asia es tremendo en un momento en el que lo necesita más que nunca”, añade en referencia a las dificultades que atraviesa la renegociación del mayor tratado comercial del mundo, que une a EE.UU., México y Canadá desde 1994. En este contexto, reducir la dependencia de la primera potencia mundial es fundamental.

Las otras dos naciones latinoamericanas involucradas, Chile y Perú -con las que México comparte también membresía en la Alianza del Pacífico-, aun ya contando con acuerdos comerciales bilaterales con muchos de los Estados miembro, ganarán acceso a mercados tan potentes como el japonés -en el anterior acuerdo chileno con el país nipón, por ejemplo, muchos productos todavía estaban sujetos a aranceles-, el australiano o el canadiense.

Cuando Trump retiró a su país del acuerdo en enero de 2017, los restantes 11 países que conformaban el TPP no tenían claro el camino. Se preguntaban si realmente era posible continuar sin Estados Unidos, que comenzaba una política de mayor proteccionismo y preferencia por los acuerdos bilaterales. Fue en Viña del Mar donde se comenzaron a trazar las líneas para mantener vivo el mayor bloque de integración del Asia-Pacífico. Luego se celebraron reuniones en Canadá, Vietnam y Japón “y los países se fueron entusiasmando poco a poco”, subraya Muñoz. De un liderazgo único -el estadounidense- se pasó a uno coral: Japón, indiscutiblemente la mayor potencia del tratado, asumió una mayor cuota de responsabilidad; Australia dio un paso al frente; México y Canadá pisaron el acelerador para diversificar su matriz comercial en plena renegociación del TLC; y Chile tomó las riendas regionales.

En ese proceso de reencarrilamiento del acuerdo, los gobiernos optaron por acometer pequeños ajustes, pero no grandes cambios. No se tocó el acceso a mercados -el corazón de cualquier tratado comercial-, solo se excluyó una veintena de normas que causaban incomodidad en algunos países y que habían sido incluidas en el anterior tratado por la insistencia de EE.UU. -sobre todo en el campo de la propiedad intelectual- y se exacerbó su dimensión inclusiva, que ahora contempla perspectivas de género, medioambiente y derechos laborales. La base es, paradójicamente, la misma que puso encima de la mesa la anterior administración estadounidense. Y aunque Trump, en uno de sus muchos vaivenes y discursos contradictorios no ha rechazado del todo la posibilidad de reconsiderar el acuerdo, a estas alturas parece difícil una vuelta atrás. Al menos, en el corto plazo.