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  • Carlos Ulloa Rabanal

“Sindemia”, el concepto que grafica la simultaneidad de amenazas que afectan a la población

Por Agencias lunes 18 de mayo del 2020
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En una caricatura de un periódico canadiense, apareció hace más de un mes una pequeña ciudad al borde del mar, donde se le recordaba a los ciudadanos la importancia de lavarse las manos. En el dibujo, aparecía también una ola más alta que los edificios, a punto de arrasar el poblado, con el nombre de Covid-19. Un poco más atrás, venía otra todavía más grande que decía recesión. El académico de la UC, Ricardo Hurtubia, hizo su propia versión y le agregó una tercera: el cambio climático. La imagen representa la simultaneidad de problemas que afectan al mundo, además del coronavirus.

“Esta es una historia antigua”, explicó el director del Instituto Milenio para la Investigación de Depresión y Personalidad, Juan Pablo Jiménez. “Es una cosa más que se agrega. Hay un concepto actual, que se está poniendo muy de moda, que es el de ‘sindemia’, en el cual varias epidemias se juntan y multiplican sus efectos. El tema de la pobreza, el género, la desigualdad, las enfermedades crónicas, el cambio climático y ahora esta pandemia están jugando todos de manera convergente”.

Se trata, en esencia, de un tema de incertidumbre. Eso asegura el también académico de la U. de Chile: ella, que es una emoción compleja pero básica, “ha sido quizás la más importante en los últimos tiempos”. “Estamos viviendo incertidumbre desde hace tiempo ya. El estallido del 18 de octubre fue una suerte de trauma social: no importando las razones y lo justificado o no que pueda haber estado, el hecho de que se haya producido nos causó a todos una suerte de remezón, que nos dejó con una preparación de antemano no muy buena para recibir otro impacto, que fue el de esta epidemia que se desató hace algunos meses”, explicó.

“Nos dejó en una mala posición porque los seres humanos necesitamos un grado suficiente de certeza. Nuestro sistema nervioso ha evolucionado de una manera tal que nosotros necesitamos certezas, especialmente cuando nos sentimos amenazados: necesitamos ver las cosas, las evidencias, lo obvio. Pero resulta que hemos estado viviendo el último tiempo en incertidumbre, porque no tenemos respuesta. A medida que pasa el tiempo, se van aclarando ciertas cosas, y uno espera que con el tiempo la ciencia y la medicina vayan entendiendo mejor esto, pero tenemos que tolerar un periodo largo de incertidumbre y no estamos acostumbrados a eso”, dijo.

Jiménez también se refirió a una imagen, una especie de infografía que representaba las olas de la infección. “Se veía la primera, la segunda, la tercera, y describía una cuarta ola, que era una curva que crecía y crecía, y era la de la salud mental”, contó. La coexistencia de todos estos factores, aseguró el psicoanalista, “están transformando la salud mental en el problema de salud más importante que estamos viviendo de ahora en adelante”. “Eso es preocupante, por cierto”, advirtió.

Estresores múltiples 

La noción de que había una conjunción de problemas acechando a la población chilena ya se había manifestado con anterioridad. Hace dos semanas, el filósofo y analista político Max Colodro aseguró que existe una “convicción de que lo peor está por venir, y que las consecuencias no sólo sanitarias sino económicas y sociales serán enormes”. “Lo que viene dejará secuelas muy dolorosas en Chile, pero entre las cosas posibles quedará un mayor sentido de realidad, un mundo donde ningún progreso podrá jamás declararnos inmunes a la incertidumbre”, dijo en La Tercera. Para Roberto González, académico de la U. Católica e investigador del Centro de Estudios de Conflicto y Cohesión Social (Coes), el término “sindemia” es otra forma de referirse a lo que se conoce también como “múltiples estresores”. “Cuando ocurren varios eventos que tienen normalmente altas consecuencias en la vida de las personas, finalmente crean situaciones de estrés y de impacto en muchas dimensiones”, explica a Emol el psicólogo social.

Y los estresores, asegura, son muchos. “La población de Chile ha estado expuesta a casi siete meses de estrés, desde que comenzó el estallido social. Pasaron dos grandes peaks de alta intensidad y apenas volvió a resurgir, después del verano, apareció la pandemia. Técnicamente, la población no alcanzó a acomodarse. En ese momento muchas organizaciones vivieron crisis enormes, empezaron a subir las cifras de desempleo y empezó a crear un escenario de altísima incertidumbre para muchas personas”, dice.

“Esa es una dimensión muy importante de la vida de las personas, por el impacto que tiene no tener ingresos estables. Y a eso hay que sumarle lo que se vivió desde el punto de vista psicológico: el estrés, el temor y la ansiedad empezaron a ocupar un espacio mucho más grande de lo que uno quisiera en la vida cotidiana de las personas. Cuando ves mucha tensión social, conflictividad y eventos de violencia, eso genera reacciones adversas, negativas. Y no estábamos ni siquiera saliendo de eso cuando llegó la pandemia”, relata.

Al principio, dice, la magnitud del virus no fue clara para toda la población. “Pero a medida que empezaron a crecer las cifras y la cantidad de muertos, tomaron más conciencia de lo que significa esto, y nuevamente aparece un segundo ciclo del proceso de pérdida de empleo. Desaparecen las grandes protestas, pero empieza a ser más crónica la sensación de incertidumbre, de no saber en qué va a terminar todo esto, y se empiezan a visualizar en aspectos bien concretos y reales de la vida de las personas”, dice.

A ello hay que sumarle una crisis que excede las fronteras chilenas: la climática, que amenaza a todo el planeta. “Las consecuencias emocionales son más directas cuando la población está más consciente, y quienes están más conscientes son los que están viviendo el impacto, como la gente que sufre escasez de agua, donde aumenta la conflictividad humana”, explica. “Esta es una preocupación mundial porque el impacto se produce en todas las esferas: económicas, políticas, incluso de convivencia”.

Convivir en la sindemia

Ante este escenario y con limitadas posibilidades de acción, producto de las propias restricciones que impone la pandemia de Covid-19, González señala que lo que necesita la población es primordialmente una cosa: diálogo. “La forma en que uno empieza a disipar todas estas amenazas, temores e incertidumbres es cuando tienes la posibilidad de hablar”, dice.

Por eso valora la iniciativa que anunciaron hace unos días los rectores de las universidades de Chile y Católica, Ennio Vivaldi e Ignacio Sánchez: la de “entregarle al país un espacio de reflexión y análisis de las principales interrogantes que se nos presentan como sociedad”. Por ello, crearon una plataforma de colaboración ciudadana llamada “Tenemos que hablar de Chile”. “El objetivo es organizar miles de encuentros y conversaciones, para convocar a cientos de miles de compatriotas a una gran reflexión sobre la situación actual de Chile, sobre nuestro futuro, respecto de nuestros compromisos y sueños, entre otros aspectos”, dijeron en El Mercurio.

El diagnóstico de ambos rectores, de que “vivimos tiempos excepcionales”, coincide con el escenario que describen Jiménez y González. “Hoy el mundo atraviesa una pandemia y nuestro país también vive una crisis político social”, aseguraron. “La pandemia no se despliega en una hoja en blanco, sino sobre una crisis de legitimidad extendida a cuestas y, por lo tanto, resulta fundamental que hoy se escuche a la población. Tenemos que hablar de Chile, en su totalidad, diversidad y también a veces divergencia, y no desde una infinidad de pequeñas parcelas. Sólo así se construye la necesaria cohesión con la que los países salen airosos de las crisis”, añadieron.

“Hay que estar más abiertos a hablar y a entender que lo que nos pasa a las personas en estos contextos es esperable. Por eso, cuando uno habla, empieza a tener más conciencia de este problema”, dice González. Jiménez, por su parte, concuerda: lidiar con la incertidumbre de la mano de la crispación es malo. “Polariza, y aumenta el riesgo de que aparezcan personas que afirman con certeza cosas para las que no hay certeza. Hay que llamar a la colaboración”, asegura.

El escenario, además, impone desafíos a futuro. “La magnitud del daño lamentablemente todavía no está clara. Uno sospecha que van a haber impactos en todos estos ámbitos, pero el ‘test de la blancura’ va a empezar a ocurrir cuando lleguemos de vuelta a los trabajos, a las escuelas. Ahí vamos a darnos cuenta de cuántas personas necesitan ayuda para poder sobrellevar esta crisis”, dice González.

“La autoridad tendrá que cumplir el rol de guiar, entregar directrices e impulsar sistemas que faciliten este proceso de transición, porque van a haber consecuencias de corto, mediano y largo plazo”, añade. En ese sentido, hace un alcance: las autoridades no están exentas de sentir el mismo golpe. “Es lo difícil cuando los gobiernos tienen que lidiar con crisis tan grandes y por tanto tiempo. Este gobierno lleva siete meses en crisis. Cualquier persona sometida a ese estrés crónico tiene más probabilidades de cometer errores, y los han cometido. Por eso se requiere apoyo de las instituciones y de la ciudadanía. Esto es un problema que tiene impacto en todos, y por tanto todos los esfuerzos suman”, finaliza.

Emol