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EDITORIAL

Bajo puntaje de mujeres en la PSU

Por La Prensa Austral domingo 30 de diciembre del 2018

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Más de 264 mil jóvenes rindieron en el país la PSU y las conclusiones generales no difieren de las que se han colegido en la última década: persiste la brecha en el desempeño de los establecimientos educacionales según su dependencia. Los datos del Sistema Unico de Admisión establecen que los colegios particulares pagados obtuvieron en promedio 596 puntos, 126 más que los municipales en las pruebas obligatorias (Lenguaje y Matemáticas).

Ello, pese a que los esfuerzos y las políticas públicas han estado centrados en elevar el nivel de la enseñanza y del aprendizaje en los establecimientos pertenecientes a la red municipal, pues allí estudian los niños y los jóvenes de las familias con menos recursos económicos.

La segunda conclusión también se repite en el último decenio: la distancia entre géneros, siendo la mayor brecha la de Ciencias. Estos resultados colisionan con lo que, en el discurso, se ha dicho: impular políticas públicas que promuevan los derechos de las mujeres y logren la equidad.

En esta PSU se registró una baja generalizada, pero ésta afectó en demasía a las mujeres, pues su promedio en Lenguaje y Matemáticas fue de 498, cuatro menos que el año anterior y seis por debajo de los hombres. Tener menos de 500 puntos deja a estas jóvenes sin posibilidades de optar a varios beneficios, como las becas Bicentenario y Juan Gómez Millas. Tampoco podrán estudiar alguna pedagogía.

A la luz de los resultados obtenidos en el sistema municipalizado, queda claro que urge una redefinición de la enseñanza pública, con el objetivo de reconstituir sujetos plenos con capacidad de mirar el mundo e interpretarlo.

En particular, el bajo rendimiento femenino es preocupante y cabe recordar las palabras de la escritora, poetisa, intelectual chilena y Premio Nobel de Literatura, Gabriela Mistral: hay que educar a las mujeres para los grandes asuntos humanos.

Cabe también una reflexión respecto de los profesores. Gabriela Mistral apuntaba que un maestro que no lee es un mal maestro, pues, al no renovarse espiritual e intelectualmente, rebaja su profesión al mecanismo del oficio. “Nada más triste que el que la alumna compruebe que su clase equivale a su texto”.