Necrológicas
EDITORIAL

Nuestro frágil territorio austral y el quiebre de la conectividad terrestre

Por La Prensa Austral sábado 27 de julio del 2019

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Es evidente el aislamiento en que se ha mantenido la Patagonia chilena desde la independencia y posterior consolidación como Estado autónomo se debe principalmente a la peculiaridad del terreno y las condiciones atmosféricas extremas, como también a la falta de interés y/o recursos e incentivos necesarios para integrar la zona al resto del país.

La principal falencia en materia de integración de nuestra larga y angosta faja de tierra, desde el seno Reloncaví, en Palena, hasta el cabo de Hornos, ha sido la conectividad terrestre.

El desmembramiento del continente en esta región hace que el tránsito sea dificultoso; en el caso de la vía terrestre se hace imposible trazar un camino en línea recta debido a la interrupción constante de los canales fiordales y el mar interior. En lo que respecta a la vía marítima, no hay posibilidad de cruzar longitudinalmente entre Puerto Montt y cabo de Hornos ya que a la altura del paralelo 46° (lat. Sur) se encuentra el istmo de Ofqui que impide el tránsito directo por mar interior obligando a bordear la Península de Tai-Tao por mar abierto.

Esta fragilidad terrestre nos juega en contra en el confín del mundo, particularmente en época invernal, donde la nieve ha sido el peor aliado para los camioneros chilenos que movilizan su carga a través de territorio argentino. Esta vez, la emergencia climática se ha traducido en el desprendimiento de una montaña sobre la Ruta 40, a la altura de la villa Angostura, bloqueando el paso de transportistas, y con ello generando un desabastecimiento de frutas y verduras en el comercio local.

Esta contingencia viene a trastocar fuertemente la conexión por tierra con el resto del territorio nacional y lleva a repensar el Plan de Conectividad Austral expuesto en Punta Arenas en 2004, por el entonces ministro de Obras Públicas, Javier Etcheberry, quien fijó un horizonte de inversión hacia 2010 en busca de uno de los más ambiciosos objetivos del Estado de Chile que era la extensión de la carretera austral hasta el extremo septentrional de nuestro territorio.

En total, se proyectaba una inversión del orden de los 150 mil millones de pesos, entre 2004 y 2010.

El planteamiento buscaba unir las carreteras 7 de la Región de Aysén y 9 de Magallanes para establecer un nexo de conectividad definido como multimodal, es decir, combinando las vías terrestres con los medios aéreos y marítimos.

Sin embargo, por una serie de factores, entre ellos el reestudio del proyecto que encarecía los costos y por surgir en la agenda de los gobiernos posteriores otras prioridades, nunca se logró avanzar en esta megaobra.

De ahí, que la decisión de conectar Chile de extremo a extremo es una tarea de Estado pendiente, aunque la actual administración se ha impuesto el desafío de iniciar un estudio básico que definirá cómo debiera enfrentarse la conexión desde Puerto Yungay hasta Puerto Natales.

Ciertamente estamos frente a una tarea de largo aliento, donde mientras tanto y por muchos años más, deberemos seguir dependiendo de Argentina en materia de conectividad terrestre, debiendo postergar los magallánicos su legítimo anhelo de integración con sus vecinos de la Región de Aysén.

Es indudable que un objetivo país tiene que tener prioridad presidencial, pero no con una mirada de cuatro años, sino que trascienda a lo que queremos hacer como nación.