Necrológicas
  • María Bernilda Díaz Oyarzo
EDITORIAL

Perdón por los abusos sexuales cometidos por sacerdotes

Por La Prensa Austral jueves 18 de enero del 2018

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Distintas reacciones, no sólo a nivel nacional sino también mundial, ha provocado el pedido de perdón del Papa Francisco a nombre de la Iglesia Católica, por los daños irreparables generados a quienes han sido víctimas de abusos sexuales de sacerdotes.
Al hacer un “mea culpa” durante su discurso en La Moneda, el Sumo Pontífice exteriorizó su dolor y vergüenza ante los ataques sexuales sufridos por niños y jóvenes a manos de los ministros de la Iglesia.
El jefe de la Iglesia Católica eligió Chile para condenar estos actos, al ser la nación que ha sufrido uno de los grandes escándalos de pederastia en los últimos años, con la acusación que enfrenta el sacerdote Fernando Karadima, sindicado de abusar de múltiples menores de familias influyentes de Santiago durante años. En 2011 el Vaticano lo declaró culpable pero no fue a la cárcel, pues los delitos habían prescrito. Su única condena fue el retiro y llevar una vida de oración y penitencia a sus 80 años.
Aun cuando hay voces que han alabado el contundente gesto del Papa, las víctimas han criticado las faltas de acciones concretas de Francisco para sancionar con drasticidad las denuncias.
En este tema, La Prensa Austral jugó un papel histórico, al destapar el primer caso de un sacerdote chileno acusado de supuestas tocaciones a una menor. Fue a comienzos de 2001 cuando estalló la denuncia en contra del director del Colegio María Auxiliadora de Porvenir, sacerdote Carlos Antonio Larraín Pérez-Cotapos. Pese a ser condenado en primera instancia, finalmente la Corte Suprema lo absolvió de la acusación de abusos formulada por la madre de la pequeña alumna.
A pesar de las presiones ejercidas por las entonces autoridades eclesiásticas de Magallanes en su intento por acallar a este diario para no sacar a la luz las denuncias contra curas, cuando hablar este tema era visto como una blasfemia contra Dios, La Prensa Austral -en su permanente vocación regionalista y de identificación con los valores y la gente de esta tierra- no claudicó frente a las amenazas, desenmascarando con fuerza las atrocidades que por años se mantuvieron celosamente ocultas entre el clero católico, no sólo ignoradas por otros medios sino también por la propia Iglesia en Magallanes.
Luego vendrían las denuncias en contra de los sacerdotes Víctor Hugo Carrera y Jaime Low, quienes terminaron siendo encarcelados y condenados por abusos contra menores de edad, aunque en el camino otros curas fueron separados de sus funciones ministeriales y sacados de la región e incluso del país para evitar nuevos escándalos.
No hay que desconocer que estos hechos implican un gran dolor para el mundo católico y han sido la razón de fondo de la sistemática pérdidas de fieles. No obstante, la dañada Iglesia ha sacado fuerza interior para seguir animando la vocación de muchos jóvenes deseosos de construir una nueva humanidad.
No cabe duda que la mayoría del clero de la Iglesia Católica inspira su quehacer en elevados valores humanistas, como por ejemplo la bondad y el amor al prójimo, aportando con sus acciones de manera positiva en la sociedad y, por tanto, merecen ser reconocidos como actores de bien.
Sin embargo, el problema lo representan aquellas personas que usan el sacerdocio para, aprovechando su ascendiente sobre seres humanos más débiles, abusar de ellos tanto psicológica como físicamente.
Ciertamente, estamos frente a un Papa reformista que ha tratado de hacer cambios, aunque ha encontrado mucha resistencia. Por lo mismo, la Iglesia Católica está llamada a ser inflexible frente a cualquier señal de abuso sexual por parte de un sacerdote, ya sea autor o encubridor, aunque tenga la calidad de obispo, pues sólo así se podrán recomponer la confianza y credibilidad hacia una de las instituciones que en su pasado fue gravitante en el quehacer de la sociedad y que hoy ha ido perdiendo terreno por este tipo de acusaciones.
Por último, no hay que descuidar a las víctimas de estos tristes episodios, las que demandan una reparación del daño sufrido, a través de gestos concretos de la Iglesia.