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EDITORIAL

Un nuevo femicidio en Magallanes

La comunidad magallánica aún no se recupera del homicidio de la joven Ana María Arancibia Palma, mientras las policías continúan con las indagatorias para hallar al o los asesinos de la mujer de sólo 25 años.
[…]

Por La Prensa Austral domingo 1 de noviembre del 2015
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La comunidad magallánica aún no se recupera del homicidio de la joven Ana María Arancibia Palma, mientras las policías continúan con las indagatorias para hallar al o los asesinos de la mujer de sólo 25 años.
Y el viernes, mientras familiares y amigos le tributaron el último adiós en el cementerio municipal, el tribunal decidió remitir a la cárcel a un acusado de secuestro y abuso sexual en contra de otra joven de 20 años.
Ambos hechos ocurrieron en los últimos días en Punta Arenas y dan cuenta de un ambiente nocturno inseguro para nuestros jóvenes, principalmente las mujeres.
Pero, simultáneamente, en otra de las capitales provinciales, Puerto Natales, quedó ayer al descubierto un nuevo femicidio consumado en Magallanes.
En Chile, ya se registran 32 casos de mujeres que han sido ultimadas por sus parejas y hay otros 99 intentos de homicidio. En el caso de Magallanes, se registran dos femicidios frustrados y el caso de Natales sería el primer asesinato que recibiría dicha calificación delictual.
Cuando ocurren estos hechos, las autoridades realizan los consabidos llamados a rechazar la violencia contra la mujer y a pedir a la sociedad que no tolere más las agresiones que, en no pocos casos, terminan con la muerte de las personas violentadas.
La violencia contra las mujeres es una conducta que se transforma en un problema transversal, que no distingue edades ni condiciones socioeconómicas, del cual todos somos, de alguna forma, parte.
Nace de premisas falsas, como la supuesta superioridad masculina y la supuesta debilidad femenina, así como a un insano concepto de propiedad. También tiene en su génesis la moralidad desigual que se aplica a las prácticas sexuales de los hombres y de las mujeres. Abuso de alcohol y drogas, además, de enfermedades como la celopatía se agregan como condimentos de una conducta agresora. La propia violencia vivida personalmente o experimentada en los hogares contribuye a generar potenciales agresores y víctimas.
Estamos así, como comunidad magallánica, ante un enorme desafío que nos obliga a abrir los ojos, a denunciar, a acoger a las víctimas y a educar a las nuevas generaciones y reeducar tanto a los agresores como a las mujeres que son objeto de violencia para que puedan superar el círculo vicioso en que están atrapados.