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El guardián chileno de los recuerdos K

Por La Prensa Austral lunes 20 de agosto del 2018

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Rudy Ulloa (58) es parte del círculo íntimo del mundo K. Fue chofer, secretario, asesor y hombre fuerte del ex Presidente argentino Néstor Kirchner en Río Gallegos, la zona donde el kirchnerismo se forjó. También donde amasó su fortuna. Es el único chileno mencionado enlos llamados “cuadernos de las coimas”. Hoy la justicia trasandina lo investiga por corrupción.

Un amplio reportaje del diario La Tercera publicado en su edición de ayer da cuenta de la historia de Rudy Ulloa, chileno, nacido hace 58 años en Puerto Natales. Es el único ciudadano chileno que la justicia del país vecino está investigando por delitos de corrupción, en relación al caso denominado “cuaderno de las coimas”, en torno a la figura del fallecido ex Presidente trasandino Néstor Kirchner y la cuantiosa fortuna que amasó durante sus años en el poder.

Si Rudy Ulloa quiere, puede sentarse en cualquier minuto a tomar un café con Néstor Kirchner. Y no es solo un decir. Tampoco un acto sobrenatural, sino algo muy concreto. Porque Ulloa tiene su propio Néstor Kirchner. De él y de nadie más. Lo mandó a hacer de yeso, tamaño natural, con una camisa pintada a cuadros azul y de brazos cruzados, y ahí lo tiene sentado con una sonrisa permanente, con sus ojos saltones y mirada bizca fija, estático en una silla frente a una mesa donde hay una taza vacía y un cartel que dice “reservado”.

Lo quiere tanto, que optó por resguardarlo. Antes lo tenía en el primer piso de ese edificio ubicado en Alvear 175, donde antiguamente funcionaba su diario, El Periódico Austral, pero que en 2015, a tres años de haber cerrado su edición en papel, Ulloa convirtió en un café literario, luego en bar y ahora en un restaurante de carnes a la parrilla, donde hacen, además, karaoke y celebran cumpleaños infantiles. Pero el lugar es más que eso: es un santuario, un memorial ubicado en el corazón de lo que alguna vez fue el “imperio K”, en Río Gallegos, en la provincia argentina de Santa Cruz. Lo llamó NK Ateneo.

Ya el nombre es un juego de nostalgia pura. NK es por las iniciales del ex Presidente argentino, muerto en octubre de 2010 por un paro cardiorrespiratorio. Ateneo es la reminiscencia a “Ateneo Juan Domingo Perón”, el grupo de militantes peronistas que Kirchner formó a comienzos de los 80, una vez que acabó la dictadura, y que le sirvió como primera plataforma para impulsar su carrera y convertirse en uno de los últimos grandes caudillos de la política transandina.

Kirchner fue primero intendente de Río Gallegos, en 1987. Después, en 1991, se postuló a gobernador de la provincia y ganó. Allí estuvo hasta 2003, cuando se presentó como candidato a las presidenciales y también triunfó. Un camino que Rudy Ulloa, chileno naturalizado argentino, hoy de 58 años, recorrió junto a él desde incluso antes que comenzara, y que también le significó un crecimiento explosivo.

Se conocieron a fines de los 70, en Río Gallegos, cuando Ulloa aún no cumplía 20 años y vendía periódicos en la calle. Un “canillita”, como les dicen en Argentina. Kirchner lo reclutó como junior y chofer de su estudio de abogados. De ahí pasó a ser el encargado de la logística de sus campañas y de su seguridad. Después, a secretario personal, asesor y operador político. Era más que un colaborador: quienes los conocieron dicen que eran casi familia, como hermanos. Se convirtió así en funcionario público en distintos cargos de confianza, y luego, ya con su jefe en la Casa Rosada, en un millonario empresario, ahora acusado de ser su testaferro y una pieza clave del entramado de corrupción que hoy remece a la justicia y la política argentina.

Ulloa es el único chileno que -hasta ahora- aparece mencionado en los apuntes que Oscar Centeno llevó por años como registro cuando era el chofer de Roberto Baratta, ex secretario de Coordinación del Ministerio de Planificación Federal durante los mandatos kirchneristas. Los llamados “cuadernos de las coimas”. Una especie de bitácora donde se detallan reuniones clandestinas y traspasos irregulares de dinero entre altos personeros de los gobiernos K y ejecutivos de empresas dedicadas, principalmente, a ejecución de obras públicas.

De Ulloa, los cuadernos dicen que entregó paquetes de dinero a Baratta en al menos dos oportunidades, en 2008 y 2009. También lo sitúan en otras reuniones con el mismo Baratta y su secretario Nelson Lazarte, sindicado como el recaudador de los supuestos sobornos. Por eso fue citado a declarar ante el juez Claudio Bonadio el pasado 7 de agosto, pero una vez ahí, en los Tribunales Federales de Comodoro Py, Ulloa optó por negar los cargos y no decir nada más.

En todo caso, no es la primera vez que lo vinculan a eventuales delitos cometidos por los Kirchner y su entorno más cercano. Desde hace al menos 10 años que Ulloa ha estado involucrado en diversas causas judiciales que intentan desentrañar contrataciones irregulares y su inexplicable y explosivo enriquecimiento durante la era K. Investigado por el fiscal federal Gerardo Pollicita -el mismo que intentó sin éxito abrir una causa contra Cristina Fernández por presunto encubrimiento del atentado a la Amia-, ha estado imputado como parte de una supuesta asociación ilícita que habría encabezado el propio ex Mandatario. Aunque de todo eso, hasta ahora, había zafado.

Mientras amasaba la inmensa fortuna que armó al alero de sus jefes, en parte mediante millonarios contratos con el Estado, y en medio de la debacle del mundo K, Rudy Ulloa asumió una tarea de curatoría. Entre sus empresas en los rubros de las comunicaciones, el retail y las propiedades, se dio el tiempo para transformarse en el custodio de los recuerdos kirchneristas en la zona donde todo comenzó y hoy se desmorona. Y, de paso, convertirlo en negocio.

El pingüino “chilote”

Río Gallegos, capital de Santa Cruz, en plena Patagonia argentina, tiene mucho de aires chilenos. Se estima que cerca del 70% de sus habitantes viene de Chile o tiene antepasados directos que alguna vez lo hicieron. Que cruzaron la frontera en busca de mejores opciones, esas que no encontraban a este lado de la cordillera. Allí donde el viento miente, pues sopla tanto que hace incluso más frío del que marca el termómetro, una oleada de chilenos se dejó caer y echar raíces desde fines del siglo XIX hasta entrada la década del 80.

Se sumaban a las estancias donde criaban ovejas, al pujante mercado de la construcción, al comercio, a la minería del carbón o a la explotación de los yacimientos petrolíferos. No les llamaban chilenos, sino “chilotes”, porque los primeros que llegaron venían de las empobrecidas islas de Chiloé. Y el mote se mantuvo, más que nada como forma despectiva. Formaban barrios de migrantes vulnerables, con casas precarias, donde ocupaban el último escalafón social. Así era el barrio El Carmen, en la periferia de la ciudad. Ahí creció Rudy Ulloa.

Pocos lo identifican hoy como chileno. Nació en abril de 1960 en Puerto Natales, en la Región de Magallanes, pero a mediados de esa década, cuando era apenas un niño, Omnia Igor, su madre, lo tomó a él y a uno de sus hermanos y se fueron junto a su pareja rumbo a Argentina. Se instalaron en El Carmen y no se movieron.

Ulloa pasó toda su juventud ahí. Por eso, cuando Néstor Kirchner (que también tenía ascendencia chilena por el lado materno) le encargó en 1982 que buscara un lugar donde establecer la sede de su movimiento, él arrendó un local en ese mismo barrio. Allí le dieron forma a la unidad básica que aún hoy existe y que fue el germen de lo que ahora se conoce como kirchnerismo: “Los muchachos peronistas”.

Ahí se empezaron a gestar las campañas que llevarían a Kirchner a la primera línea política, y consolidarían a Ulloa como uno de sus más entrañables “pingüinos”, apodo con el que se identificaría tiempo después a Kirchner y a sus colaboradores más cercanos, por su procedencia patagónica. Sería el encargado de movilizar a la gente en villas y poblaciones, tanto para obtener votos en las elecciones como para acarrear apoyo en mítines y manifestaciones. Un “puntero político”, como se les dice en Argentina. Hay quienes señalan que en varias oportunidades, si hubo palos, fierros y peleas masivas entre adherentes y opositores, fue bajo la organización de Ulloa, que llegaba a mover a miles de personas.

Su ascenso fue siempre de la mano de su jefe. Cuando Kirchner llegó a intendente, lo puso de secretario privado. En su primer período en la gobernación, lo ubicó en la secretaría técnica, un cargo de segunda línea, aunque con gran influencia en la agenda del entonces gobernador de Santa Cruz. De ahí pasó a un trabajo más territorial, a cargo del Centro Comunitario Barrio El Carmen. Su misión: construir desde ahí las bases K. Creó entonces una cooperativa y distribuyó planes asistenciales. En 1997, ya en el segundo período a la cabeza de la provincia, crearon la radio comunitaria Estación del Carmen FM. Ulloa quedó a la cabeza.

Ese último movimiento fue el puntapié para un giro radical. Porque a los dos años, la radio se privatizó y se convirtió en una sociedad comercial donde Rudy Ulloa era el principal accionista. Poco después, en la previa a las elecciones de 1999, lanzó una publicación impresa, un semanario llamado El Comunitario, que duró tres años en circulación. Cerró en 2001, el mismo año que se hizo pública una cuenta bancaria a nombre de Ulloa por más de 1,3 millones de dólares, pero que era en realidad de Néstor Kirchner. Pero no fue por eso que el semanario murió, sino por otro motivo: uno que involucró serios conflictos de interés y varios millones de pesos de origen público.

Hacer fortuna
bajo el alero K

Néstor Kirchner resolvió a mediados de 2007 no volver a postularse a la Casa Rosada. Eso sí, no pretendía irse. En vez de él, la competencia la daría su esposa, Cristina Fernández, la “señora K”. Y ganó. Al año siguiente, ella asumía la Presidencia y él se instalaba a la cabeza del Partido Justicialista. ¿Y Rudy Ulloa? Seguía siendo su hombre en Río Gallegos, y -nadie sabe muy bien cómo- a esa altura ya era millonario.

El Comunitario había cerrado tiempo atrás por el peso de sus propias relaciones. Con un intendente oficialista en Río Gallegos, Ulloa había logrado instalar a alguien de su confianza como secretario de gobierno. Pablo Noguera, se llamaba. El le empezó a adjudicar las pautas publicitarias al semanario del chileno. Pero se supo. Noguera pasó un tiempo por la cárcel. El medio tuvo que cerrar.

Los medios de comunicación eran pieza clave en la estrategia de expansión kirchnerista. Así lo reveló en 2013 Miriam Quiroga, ex secretaria de Kirchner, cuando reconoció que fue él quien les dio la orden a Ulloa y a otro de sus asesores: “Compren medios”.

Siete años después, en 2008, Ulloa ya era dueño de El Periódico Austral, un diario gratuito que sacó a circulación cuando su jefe se postulaba a la Presidencia. Seguía también con la radio, tenía el control de Canal 5 Comunitario en la TV abierta, poseía la señal de cable Canal 2 Río Gallegos y contaba con dos productoras audiovisuales: Cielo y Sky Productions.

Una de sus principales fuentes de ingresos era la publicidad estatal. Un reportaje de La Nación reveló que bajo los mandatos K, la inversión publicitaria oficial aumentó de forma explosiva, sobre todo a medios de corte oficialista. Y de eso se aferraron los negocios de Rudy Ulloa para crecer: entre 2009 y 2015, su grupo multimedios obtuvo por ese concepto más de 3,1 millones de dólares.

También tenía por esos años una consultora financiera e incursionó en el rubro inmobiliario, con su empresa Torre Sarmiento S.A. Luego, invirtió con su empresa Alma Sur en el mercado del retail.

En 2013, el programa Periodismo para Todos, conducido por el periodista Jorge Lanata, daba cuenta de su explosivo y para muchos inexplicable aumento patrimonial: si 10 años antes registraba ante la Administración Federal de Ingresos Públicos (AFIP) ingresos anuales por unos cinco mil dólares, ahora tenía junto a su esposa una flota de nueve autos de alta gama y una enorme casa en Buenos Aires, en el exclusivo barrio Las Lomas de San Isidro, que compró en 2009 con 700 mil dólares que pagó al contado. Cubría casi una manzana completa y ahí tenía su propia piscina temperada, adentro de un perímetro rodeado de altos y gruesos muros y resguardado por varias cámaras de seguridad.

Pero ese no era su domicilio principal. Tampoco el campo de 150 mil dólares que adquirió en San Pedro ni la casa en el barrio cerrado de Pilar del Este. Su hogar seguía estando en Río Gallegos, en una casa grande, aunque no tan vistosa, ubicada sobre la principal avenida de la capital santacruceña, aquella que una vez se llamó Julio A. Roca, pero que en 2010 cambió convenientemente de nombre: desde entonces se llama Avenida Presidente Néstor Kirchner.

Después sumaría a su patrimonio una chacra de cuatro hectáreas, a 10 kilómetros de Río Gallegos, que le habría costado unos dos millones de dólares. Construyó allí una casa de 650 metros cuadrados, con microcine, piscina temperada, un jardín con juegos infantiles y cancha de fútbol; todo muy resguardado por cámaras, sensores y garitas de seguridad.

Rudy Ulloa nunca fue de dar entrevistas ni hablar públicamente, pero en 2013, cuando un cerco judicial se empezaba a cerrar sobre el círculo íntimo del fallecido ex Presidente por presunto lavado de dinero, rompió brevemente su silencio para un artículo publicado en El País de España. Dijo entonces que con Kirchner, su amigo, aprendió “a ser buena persona” y que las acusaciones eran injustas, pues él ya no se podía defender. Respecto de su propia situación, agregó: “No me perdonan que empecé limpiando zapatos y repartiendo periódicos y ahora tengo unos 200 empleados y una linda casa”.

Bajo investigación

La primera acusación judicial que involucró a Rudy Ulloa, a Kirchner y a gran parte de su entorno más íntimo, la hizo en 2008 un grupo de diputados de oposición encabezados por Elisa Carrió. En el documento que presentaron ante la justicia hacían referencia a “la matriz de la corrupción” y a una supuesta asociación ilícita encabezada por Néstor Kirchner, por entonces primer caballero de la nación.

Lo que los diputados denunciaban era básicamente lo mismo que hoy investiga la justicia argentina y que se destapó por los cuadernos que dio a conocer un reportaje del diario La Nación: una red de conexiones entre empresarios y personeros de la cúpula K que habría derivado en contrataciones irregulares para la ejecución de obras públicas. El foco lo ponían en el explosivo crecimiento patrimonial que los acusados habían experimentado durante los gobiernos kirchneristas.

Pasó el tiempo y la investigación del fiscal federal Gerardo Pollicita poco avanzó. Ulloa ni siquiera fue citado a declarar.

Desde entonces han surgido al menos otras cuatro causas que se han ido agrupando y que cada vez han ido cerrando más el cerco. La última es la de los cuadernos, donde entre empresarios y exfuncionarios de la era K ya se cuentan 12 detenidos y 14 imputados que han reconocido los delitos y han dicho estar arrepentidos.

Entremedio, a Ulloa lo han acusado de haber sido testaferro de Kirchner y haber triangulado platas incluso mediante bancos en Chile. Hace unos meses, antes de aparecer mencionado en los cuadernos, el diputado Alberto Lozano lo denunció por supuestamente “llevar bolsos repletos de dólares” y estar vinculado al empresario Lázaro Báez y al ex funcionario José López, ambos presos por corrupción.

Ulloa negó las acusaciones y después volvió a su clásico silencio.

Su diario, El Periódico Austral, cerró su versión impresa ante el corte de publicidad estatal, aunque aún mantiene su versión web. Ulloa aún figura como su director.

Mientras todo eso ha ocurrido, en Río Gallegos el kirchnerismo se ha derrumbado, y Ulloa, siempre leal, intenta mantener el recuerdo vivo.

En NK Ateneo hay un busto de bronce de Kirchner. En el salón de las mesas y en un escenario donde tocan bandas en vivo hay retratos de Néstor y Cristina. Cientos de fotos y recuerdos adornan las paredes. Pero su estatua personal del señor K la tiene guardada en el segundo piso, en la sala donde vende merchandising. Ya no la expone al público. “Acá me lo franeleaban (manoseo) mucho”, dijo una vez en una entrevista.