Necrológicas

Horrores, secretos y muertes bajo el Muro de Berlín, a 59 años de su creación

Por Agencias martes 25 de agosto del 2020

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Se levantó en pocos días, en agosto de 1961.

Fue reforzado a lo largo de los años, pero ni sus piedras ni los fusiles de los guardias pudieron someter los sueños de libertad de los sometidos por el régimen comunista.

A lo largo de la madrugada del 13 de agosto de 1961, 14 mil soldados de la entonces Unión Soviética, a lo largo de 58 kilómetros, levantaron en Berlín Este (Alemania Oriental) el mayor y más cruel símbolo de la Guerra Fría, un muro tan gris como fue la vida en ese punto del mundo después del fin de la segunda gran guerra: 1939-1945

Dividida la Alemania derrotada en cuatro zonas, cada una a cargo de los países aliados vencedores, la emblemática Berlín, partida en dos por ese muro y por dos formas tajantes de política y de filosofía, fue un trágico y candente bifronte: Libertad y Dictadura.

Tan solo las medidas del muro fueron una asfixiante prueba del régimen comunista encarnado en la mitad Este: la República Democrática Alemana (RDA)… y su mayor hipocresía: la alusión a la democracia.

De ominosos bloques de hormigón armado y construido dentro de un perímetro de 155 kilómetros, su altura variaba entre los dos metros y medio y tres metros sesenta centímetros, según el mayor o menor riesgo de fuga de los sometidos habitantes, virtualmente prisioneros más que ciudadanos.

Pero la descripción de la obra total es aun más aterradora que sus medidas. Torres de vigilancia (309) con expertos tiradores vigilando día y noche. Alarmas: una barrera de tela metálica de un metro ochenta de altura y un tendido de alambre a ras del suelo. Alambrada de púas. Perros (más de mil pastores alemanes entrenados) en constante recorrida. Barrera antivehículo: el clásico erizo checo de rieles de acero. Poderosos reflectores de búsqueda. Camino, iluminado de noche, para los guardias y las patrullas militares. Fosos. Minas. Y detrás, oscuridad total, ya que los edificios y las viviendas contiguas quedaron deshabitadas.

El objetivo del muro nunca fue ocultado por el gobierno comunista de la RDA: “Impedir que elementos fascistas escapen hacia la zona occidental de Berlín”. La larga, tensa y trágica desesperación de miles de habitantes del Este por huir de una pesadilla de control absoluto sobre sus vidas: espionaje, persecución de disidentes y sospechosos, frío insoportable en los edificios de departamentos semidestruidos durante la guerra, atraso tecnológico, autos vetustos (por caso, el Lada, un tosco producto de la URSS), y vigilancia y castigo contra toda manifestación intelectual que fuera considerada “disidente”: es decir… libre.

En cuanto a los intentos de fuga de los muchos que buscaron burlar el muro, la orden fue “tirar a matar”. Muro que Occidente llamó Telón de Acero, Cortina de Hierro, Muro de la Vergüenza, y el Oriente soviético… Muro de Protección Antifascista. Una broma pesada…

Entre 1949 y 1961, años de frontera abierta entre las dos alemanias… más de tres millones de almas abandonaron la RDA. Entre ellos, no sólo alemanes; también polacos y checos, en su mayoría jóvenes de sólida y libre formación intelectual, y críticos del sistema comunista y su economía: una perpetua amenaza y una mala influencia. Sin embargo, el muro no pudo detener otro tipo de filtraciones, más allá de los poquísimos que pudieron vencerlo.

Cerca de 50 mil trabajadores de Berlín Este trabajaban y vivían en Berlín Oeste, pero su situación les concedía pase libre -rigurosamente controlado-, y sacaban buen rédito de los bajos precios reinantes en la RDA, propios de una economía ficticia y sin reconocimiento en el mundo libre, salvo cuando se trataba de dólares.

Pero a partir de agosto de 1961, por orden de la magistratura de la Berlín comunista, esos trabajadores, los “grenzgänger”, debieron pagar el alquiler en marcos de la RFA (República Federal de Alemania): dinero real y de mercado.

Un castigo parcial, porque compraban alimentos básicos y algunos productos de lujo en el mercado negro: un marco de Alemania libre igual a cuatro de Alemania cautiva.

Desde luego, la decisión de levantar un muro divisorio fue negado tenazmente por la RDA. El 15 de junio de 1961, durante una conferencia de prensa internacional en la Alemania comunista, la periodista Annamarie Doherr le preguntó a Walter Ulbricht, presidente del Consejo de Estado, si era cierto que su país planeaba separar físicamente las dos zonas. La respuesta fue una obra maestra de la falacia universal:

Según su pregunta, hay hombres en la RDA que quisieran que movilizáramos a nuestros trabajadores de la construcción para erigir un muro… No lo creo, puesto que esos trabajadores emplean todas sus fuerzas para construir casas… ¡Nadie tiene intención de erigir un muro!

Dato clave. Antes de ese episodio, nadie había pronunciado la palabra “muro”. Ulbritch la inauguró, y su negativa fue una confirmación: dos meses después… habló el hormigón armado.

Toda circulación de vehículos fue congelada. Las líneas del ferrocarril elevado y del subterráneo que unían las dos zonas siguieron funcionando, pero bajo la prohibición de no parar en las estaciones orientales. Que, abandonadas, fueron en adelante oscuros y solitarios fantasmas.

La obediencia de los soldados constructores fue total, bajo amenaza de fusilamiento ante cualquier intento de deserción. Pero el régimen no pudo impedir que, en adelante, y hasta septiembre del mismo año 61, huyeran 400 civiles, y quedara como testimonio la famosa fotografía del policía de fronteras Conrad Schumann saltando sobre la alambrada y ganando la calle.

Cuatro días después de terminada la obra principal, el 16 de agosto, el alcalde Willy Brandt protestó oficialmente contra esa tropelía amurallada y reunió a 300 mil berlineses occidentales para protestar fuertemente, sin éxito alguno.

En cuanto a dos líderes occidentales, el Presidente John Kennedy y el Primer Ministro británico Harold Macmillan, reaccionaron de modo liviano. El primero dijo “El muro fue una solución poco elegante, pero mil veces preferible a la guerra”, y el segundo, “Alemania del Este detiene el flujo de refugiados y se atrinchera tras un grueso telón de acero. No se trata de nada ilegal”.

Pero la sombra de otra guerra no tardó. El 27 de octubre, apenas a dos meses del nacimiento del muro, se enfrentaron tropas soviéticas y norteamericanas en el famoso Checkpoint Charlie (Punto de Control Charlie), protagonista de intercambio de prisioneros de ambos bandos y de varias películas.

Pocas fueron las aperturas de esa barrera donde corrió mucha sangre de fugitivos. Una, a finales de 1963, permitió que unos 100 mil berlineses del Oeste celebraran el fin de año con sus parientes del otro lado. Pero nunca cesó el discurso comunista: “El Muro de Protección Antifascista es inamovible porque protege a la RDA contra la inmigración, la infiltración, el espionaje, el sabotaje, el contrabando, las ventas y la agresión de los occidentales”. En realidad, casi una confesión del mayor de sus pecados: la brutal dictadura que generaba todo lo que condenaba Y su contrapartida: las mil y una maneras de escapar.