Necrológicas
  • Carmen Alvarez Alarcón
  • Valeria Aguilar Díaz

¿Cuál es la verdadera razón por la que algunos no pueden “desconectarse” de Facebook?

Por Agencias jueves 10 de agosto del 2017

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Facebook anunciaba recientemente que ha superado los 2.000 millones de usuarios mensuales. Esto convierte la suya en una “población” mayor que las de China, México y Japón juntas. Su popularidad y, con ella, la influencia que tiene en la sociedad, está fuera de duda. Pero para muchos, la experiencia de utilizarlo fluctúa de hecho entre lo adictivo y lo irritante. Nuestra nueva investigación muestra que esto se debe a algo muy sencillo, relacionado con los demás y con lo que sentimos hacia ellos.
Para el presidente de Facebook, Mark Zuckerburg, y sus colaboradores el espíritu del sitio está claro. Aspira a “permitir que los usuarios establezcan comunidades y acerquen el mundo”. Al ofrecer a los individuos la oportunidad de conectar con amigos y compartir contenido significativo, su objetivo es el de fortalecer las relaciones y los lazos comunitarios.
El hecho de que esta sea una imagen muy idealizada de la sociedad no ha impedido que el sitio prospere. Sin embargo, el examen de lo que los usuarios hacen realmente en esta red, cómo se relacionan unos con otros y lo que piensan del comportamiento de amigos y conocidos, muestra que la verdad es mucho más compleja.
Observadores silenciosos
El diario español El País realizó un estudio en el que entrevistó selectivamente a una red de más de 100 usuarios de Facebook. Las conclusiones muestran que seguimos accediendo a la red social y nos mantenemos conectados a otras personas a través de ella a pesar de que a menudo esas personas nos molesten o nos escandalicen. Pero en lugar de enfrentarnos a ellas o romper la amistad, seguimos utilizando Facebook para vigilarlas silenciosamente, y puede que hasta para disfrutar juzgándolas.
En otras palabras, Facebook refleja la dinámica oculta en todas las relaciones humanas reales. Al igual que en la vida corriente, las personas intentan abrirse y relacionarse y, al mismo tiempo, solventar las fricciones cotidianas de la amistad.
Una de las cosas más destacables que descubrimos en nuestra investigación fue el elevado número de personas que afirmaban que a menudo se sentían escandalizadas por lo que sus amigos colgaban. El tipo de cosas consideradas ofensivas variaba desde las opiniones políticas extremistas o expresadas de manera radical (racismo, homofobia, opiniones políticas partidistas) hasta compartir en exceso las rutinas diarias o los actos de autopropaganda involuntaria.
Por ejemplo, una de las participantes confesaba “pasarlo especialmente mal con los comentarios que defienden las armas”:
“De verdad que desearía que las armas fuesen mucho menos accesibles y estuviesen menos mitificadas en la cultura estadounidense. En todo caso, no me parece que Facebook sea el lugar preferido para escuchar puntos de vista opuestos, de modo que en general no hago caso a los comentarios de esa naturaleza”.
En el otro extremo del espectro estaba otra entrevistada:
“Le escribí a una amiga que mi niña de dos años ya contaba hasta 40 y se sabía el alfabeto en tres idiomas. Esto hizo que un contacto de Facebook escribiese de manera pasiva agresiva en su muro sobre los padres extremadamente competentes que se pasan todo el tiempo presumiendo de sus hijos. Me dieron ganas de quitarla de la lista de amigos después de ese incidente”.
¿Por qué soportamos esto?
La razón de que estas reacciones fuesen tan frecuentes estaba en diversos factores específicos del tipo de tecnología de las comunicaciones que Facebook representa. En primer lugar, la diversidad específica que existe entre las redes digitales de las personas. Es decir, la diversidad creada por personas de diferentes partes de la vida de cada uno agrupadas en un mismo espacio.
En Facebook uno escribe un mensaje sin saber exactamente quién va a leerlo, pero a sabiendas de que seguramente entre la audiencia habrá personas de diversas partes de la vida de uno que tienen valores y creencias diferentes. En las conversaciones cara a cara es probable que cada uno hable con el suegro, los compañeros de trabajo o los amigos del colegio en contextos separados, usando diferentes estilos de comunicación. En cambio, en Facebook, todos verán el mismo lado de cada uno, además de poder ver las opiniones de las personas con las que se relaciona.
Esto significa que se entablan conversaciones personales de un modo mucho más público que antes, y que los valores posiblemente diferentes de estos amigos diversos pueden entrar muy fácilmente en conflicto. Pero la naturaleza de los lazos que pueden establecerse en Facebook hace que a menudo los usuarios sean incapaces de desligarse de aquellos a los que consideran molestos u ofensivos de este modo.
Por ejemplo, si un compañero de trabajo o un familiar nos molesta, es probable que por razones de deber o responsabilidad familiar no queramos quitarlos de la lista de amigos. En vez de eso, los usuarios suelen hacer cambios discretos en los ajustes de la red para evitar que las opiniones que consideran ofensivas aparezcan en su canal, sin provocar muestras externas de conflicto con otras personas.
Como explicaba un entrevistado:
“Recuerdo que retiré de la lista de amigos a una persona (amiga de un amigo) porque no hacía más que colgar sus opiniones políticas, que son completamente opuestas a las mías. Me frustraba, porque no la conocía lo suficiente como para ‘picar’ y responder a sus comentarios, y porque además no quería manifestarlo en un foro público”.
Sin embargo, ninguno de los participantes en el estudio declaró haber reducido el uso de Facebook debido a la frecuente indignación que experimentaban al usarlo. Por el contrario, podemos conjeturar, es esta oportunidad de criticar ligeramente el comportamiento de nuestros conocidos lo que nos atrae del sitio.
Similar a la experiencia de “ver para odiar” programas de televisión que no nos gustan porque disfrutamos burlándonos de ellos, esta puede considerarse una ligera forma de “leer para odiar”. Entrar en Facebook puede darnos la oportunidad de indignarnos (o quizá sólo picarnos un poco) ante las opiniones desinformadas y el comportamiento idiosincrásico de otros. Y eso proporciona una sorprendente cantidad de placer.