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  • Otilia del Carmen Alvarez Ferraz

Los polémicos dichos de Darwin sobre los yaganes

Por Nelson Toledo domingo 30 de agosto del 2015
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  • Las lamentables expresiones que vertió el joven naturalista inglés, en parte podrían ser atribuidas a la inexperiencia del científico, quien, andando el tiempo, reconoció que había sido demasiado severo en su juicio con los yaganes y que no eran lo abyectos e inferiores que había pensado en principio.
  • -Si se deja de lado el aspecto estético -y esto fue lo que no justipreciaron los europeos- tanto los yaganes como los kawésqar fueron dos pueblos extraordinarios, físicamente bien conformados para su entorno y magníficamente adaptados para vivir en un ambiente tan hostil como el de la Patagonia austral.

 

Los yámanas o yaganes son la etnia más austral del mundo, un pueblo nómade de cazadores recolectores que habitaban desde el Estrecho de Magallanes hasta el Cabo de Hornos. Pasaban gran parte de su vida arriba de su anan (canoa hecha de corteza de árboles) o en pequeños y precarios campamentos de chozas de pieles y armazón de palos a orillas del mar. Las mujeres, como sucedía también con los kawésqar, eran las encargadas de bucear en las gélidas aguas de los canales australes en busca de mariscos y de mantener siempre encendido el fuego. Por su parte, los hombres buscaban leña, recolectaban frutos y vegetales y cazaban lobos marinos. Casi no usaban ropa, soportando las bajas temperaturas gracias a la grasa de lobo marino con que cubrían sus cuerpos y a una resistencia al frío que se había desarrollado de manera natural en su raza.

Fueron varios los navegantes y científicos que emitieron juicios poco indulgentes sobre las etnias yámana y kawésqar, grupos humanos que tenían bastante en común. Es que en ambos casos, debido a su carácter de pueblo recolector marítimo, el pasar largas jornadas a bordo de sus canoas les fue modelando el cuerpo. En 1624, el vicealmirante Geen Huygen Schapenham, de la flota holandesa de Jacobus L’Hermite, en lo que se considera la más antigua descripción de los yámanas, señaló de ellos que “se parecen más a los animales irracionales que a los seres humanos”.

En la Historia de la Región Magallánica, primer tomo, señala su destacado autor Mateo Martinic, Premio Nacional de Historia, que Juan Ladrillero en su viaje de 1557-58 también se refirió en conceptos poco amables a los kawésqar, al escribir sobre la aparente barbarie de esta gente, lo que habla de la incomprensión cultural de la época. “La gente que hay en esta ensenada susodicha, son indios pescadores de mediano cuerpo y mal proporcionados. No tienen sementeras (tierras sembradas) y mantiénense de pescados y mariscos y lobos marinos que matan; y comen la carne de los lobos y pescados cruda o aves cuando las matan y otras veces asan. No tienen ollas ni otras vasijas ni se han hallado sal entre ellos. Son muy salvajes y sin razón. Andan vestidos de los cueros de los lobos y de otros animales, con que se cubren las espaldas y caen hasta las rodillas… Traen sus vergüenzas de fuera sin ninguna cobertura. Son de grandes fuerzas”.

Tanto los yaganes como los kawésqar eran bajos, desproporcionados y poco agraciados, lo que explica juicios como los de Robert Fitz Roy que llamó a estos últimos “remedos de seres humanos”.

 

 

Juicio destemplado

 

 

Pero a quien se le pasó la mano fue al joven Darwin, quien calificó duramente a los yámanas. «Jamás había visto yo, verdaderamente, seres más abyectos ni más miserables”, afirma en su obra Viaje de un Naturalista Alrededor del Mundo. Y agrega: “Esos desdichados salvajes tienen la talla escasa, el rostro repugnante y cubierto de pintura blanca, la piel sucia y grasienta, los cabellos enmarañados, la voz discordante y los gestos violentos. Cuando se ve a tales hombres, apenas puede creerse que sean seres humanos, habitantes del mismo mundo que nosotros. A menudo se pregunta uno qué atractivos puede ofrecer la vida a algunos animales inferiores; la misma pregunta podría hacerse, y aún con mayor razón, respecto a tales salvajes».

Ciertamente, los yámanas y los kawésqar no le parecieron bien agestados a los europeos, “lo cual no significa que fueran los individuos repelentes u horripilantes que la mala fama difundiría hasta nuestros días”, apunta Martinic. Por supuesto, se veían contrahechos y deformes, debido a la desproporción que se daba entre sus torsos y brazos muy desarrollados y muy fuertes y sus enclenques y curvadas piernas, lo que era el resultado de su adaptación a la vida marítima. De poca estatura y desgreñados, desnudos y malolientes por la costumbre que tenían de untarse con grasa de lobo, de fuerte y penetrante olor, por supuesto no causaban la mejor de las impresiones cuando se les veía por primera vez. Pero advierte el estudioso que si se deja de lado el aspecto estético -y esto fue lo que no justipreciaron en principio los europeos- tanto los yaganes como los kawésqar fueron dos pueblos extraordinarios, físicamente bien conformados para su entorno, magníficamente adaptados para vivir en un ambiente tan hostil como el de la Patagonia austral. Es que incluso hoy difícilmente otra raza, estéticamente más armoniosa y bella, podría sobrevivir a tanta rudeza. Tampoco fueron perversos y crueles como se les calificó injustamente, quizá al malinterpretar sus reacciones ante la presencia de gente extraña. Sí, se trataba de gente áspera, qué duda cabe, quizás a veces brutal (hay consignados algunos tristes ejemplos al respecto) pero hecha para sobrevivir en un ambiente bravío, con evidentes cualidades pero también con defectos.

 

 

Reconoce su severidad

 

 

Indica Martinic que estas expresiones poco felices las vertió el joven Darwin, es decir, en parte se deberían a la inexperiencia del científico, quien, andando el tiempo, reconoció que había sido demasiado duro con los yaganes y que no eran lo abyectos e inferiores que había pensado en principio.

Debemos agregar, sin ánimo de disculpar a Darwin, que sin duda la primera impresión de este joven científico fue muy fuerte al ver a estos aborígenes casi desnudos bajo la lluvia soportando bajísimas temperaturas y no fue capaz de apreciar las cualidades y valorar su magnífica adaptación a un medioambiente tan extremo. Tiene sentido pensar que a los ingleses, que venían de un país civilizado, ver a estos individuos sin ningún tipo de afeites ni cosmética, les provocó una opinión desfavorable. Por supuesto, el aspecto exterior de los yaganes no era el de un actor de cine, pero convengamos en que si muchos de nosotros hubiésemos estado en la misma fecha y en las mismas circunstancias, lo más probable es que habríamos coincidido con los dichos de Darwin.

En 1830, la expedición de Robert Fitz Roy se llevó a cuatro jóvenes yámanas a Inglaterra, Jemmy Button, Fuegia Basket, York Minster y Boat Memory, quien falleció en Inglaterra. Los otros tres, a su regreso un año después, no tardaron en volver a la vida nómade de sus antepasados. Más tarde, las epidemias redujeron drásticamente la población yámana y los últimos sobrevivientes de la etnia se refugiaron en la isla Navarino, en un predio cedido por el gobierno chileno. Hoy sólo quedan unos pocos yámanas, fuertemente aculturados, de los cuales sólo algunos conservan el idioma.

Por Nelson Toledo.