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El drama de una madre y su hijo que viven en precarias condiciones tras escapar de dos incendios

Por Nicolás Ulloa jueves 27 de abril del 2017
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“Sería bueno tener un espacio un poco más grande, quizás un baño también”, abogó Rosa Galindo Donoso, mujer que junto a su hijo de 15 años viven en precarias condiciones, tras escapar de dos incendios.
Madre e hijo han sido golpeados por el infortunio por partida doble: el pasado 3 de marzo el fuego destruyó la habitación del adolescente, obligándolos a trasladarse a otro inmueble, del cual, el 17 de abril último, lograron escapar tras ser afectados por otro incendio. Ahora, consiguieron habilitar la primera vivienda incendiada, y recién ayer, gracias a la buena voluntad de un gásfiter, volvieron a tener calefacción.
La jefa de hogar apenas reúne con esfuerzo cerca de 200 mil pesos mensuales vendiendo pescado y papas en la vía pública. Cuesta entender que pese a todas las vicisitudes que ha enfrentado en las últimas semanas, tenga el ánimo de sonreír al recibir en su domicilio a La Prensa Austral.
Rosa Galindo vive junto a su hijo Nicolás, alumno del segundo año medio B del Liceo Sara Braun, en calle Balmaceda Nº213 interior, en una propiedad que pertenece a una sucesión de hermanos, donde hace diez años levantó su casita.
Sin embargo, dicha morada, que en ese entonces tenía dos habitaciones y una cocina, la noche del 3 de marzo fue afectada por un incendio, cuyo fuego estalló en un domicilio colindante, oportunidad en la que consiguieron salvar algunos bienes materiales, pero quedando destruido el dormitorio del liceano.
Entonces fue el papá de Nicolás quien en esa oportunidad les tendió una mano, llevándolos a vivir con él al domicilio de calle Armando Sanhueza Nº1829, en el barrio Sur, el cual hace diez días fue también arrasado por el fuego, logrando apenas la madre y su hijo escapar del incendio, perdiendo ahora sí, lo poco y nada que habían rescatado de la desgracia anterior.
Hacinamiento
Frente a este infortunio, pese a lo cual se muestran agradecidos de estar con vida, la mujer trabajadora y su hijo volvieron a su casa original de calle Balmaceda, para lo cual debieron retirar del banco hasta el último peso ahorrado, reacondicionando el inmueble incendiado, aunque dejaron clausurada la habitación del joven, debiendo desde entonces enfrentar el drama de habitar una construcción de no más de 24 metros cuadrados, donde es posible apreciar una cocina y un dormitorio, ya que el baño se lo facilitan en la casa de al lado, donde vive su hermana.
Las paredes del modesto hogar aún se mantienen ennegrecidas a causa del humo. Sólo hasta ayer pudieron contar con gas natural, gentileza de un docente del Liceo Industrial, quien fue contactado por sus pares del Liceo Sara Braun, establecimiento que, según destacó la jefa de hogar, “se ha portado muy bien con nosotros; nos ayudaron con la compra del uniforme de mi hijo y sus cuadernos, nos han ayudado a juntar materiales, y nos consiguieron al gásfiter; con ellos estaré agradecida por siempre”, relató la mujer damnificada.
La jornada comienza para esta familia a temprana hora. Nicolás se las ingenia para lavarse en la cocina, mientras su mamá empieza a hacer lo necesario para salir a trabajar como vendedora de pescado y a veces de papas, en la esquina de las calles Errázuriz y Chiloé. Sacan agua de un grifo del patio que comparten con otras viviendas, para al menos tomar un café antes de salir a la calle.
Por las noches, a la hora del descanso, comparten el único dormitorio, aunque el liceano debe dormir en el suelo, conversando con su mamá de cómo serían las cosas si tuvieran un poco más de espacio.
La fuerza de seguir
Pese al drama que enfrentan madre e hijo, doña Rosa muestra una entereza única. Admite que le gustaría tener un lugar mejor donde “crecer” a su hijo, quien lo único que quiere es poder llegar a estudiar electrónica. “Quiero que él termine el liceo y pueda alcanzar sus sueños, y si bien nos gustaría estar en otro lado mejor, mi hijo prefiere estar en su casa, le gustaría que fuera más grande, o tener su pieza solo (…) además, hay que ver que un arriendo no se puede pagar, pues cobran por adelantado, entonces no tenemos más posibilidades”, complementó.
Por ahora sus esfuerzos apuntan a reparar la pieza de Nicolás, y con suerte tener un baño en la casa, aunque dicha posibilidad se ve muy lejana. Agradece la ayuda de algunos materiales recibidos, de vecinos y familiares fundamentalmente, lamentando que la municipalidad, en especial su alcalde, les fallara, como ella asegura, ya que después del primer incendio no recibieron ninguna ayuda, mientras que con el segundo, apenas les llegó una canasta familiar, ya que el resto de los beneficios terminaron truncados al tener ella participación en la sucesión de hermanos que es propietaria del terreno donde levantó su hogar.
Su mayor anhelo es poder mejorar el interior de su vivienda, atendido que el primer incendio dejó sus huellas en la construcción. En lo inmediato, importa reemplazar la puerta de calle, la que debe cubrir con trapos las rendijas de madera, por donde el viento se cuela fácilmente.
La condición de hacinamiento de esta mujer trabajadora y su hijo es a todas luces conmovedora, pese a que ella lo tiene asumido como su realidad, pero eso no le impide soñar con tener un espacio más cómodo, sin lujos ni mucho menos, pero donde al menos puedan tener algo más de intimidad.