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D10S ha muerto

Por Eduardo Pino Viernes 27 de Noviembre del 2020

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Si Ud. ha identificado que el título no presenta errores tipográficos o que no se refiere a Nietzsche precisamente, es que ha asimilado parte de la cultura popular que transversalmente conoce el simbolismo que rodea al, para muchos, mejor exponente de la actividad que convoca mayor atención y fanatismo planetario. Tampoco este título es muy original, pues L’Equipe se apresuró a ocuparlo para comunicar a los pocos minutos de ocurrido, el deceso del “Pelusa” emergido de Villa Fiorito y que se convertiría con el tiempo en el argentino más famoso de la historia. 

Escribir acerca de Diego Armando Maradona no es fácil por dos razones: lo significativo de sus logros y, por otra parte, ¿qué se puede decir que no se haya expresado antes de este genio expuesto de manera inmisericorde ante los medios?

Para entender el revuelo de este duelo mundial, deben tratar de integrarse una gran cantidad de variables que por su ocurrencia, forma y tiempo de presentación resultan prácticamente una fórmula inédita. Y es que Diego fue una mezcla de talento excepcional con una personalidad cuyos rasgos le llevaron a asumir el liderazgo en el lugar y tiempo exactos, enmarcado en la práctica de un deporte que va más allá de la comprensión lógica. Maradona encarna el sueño de quien nace con hambre, quiere y necesita devorarse al mundo, la naturaleza le dio el mejor sistema gustativo y el destino lo ubicó en el lugar de mayor privilegio en la mesa. Y es que para ser “El Diego”, la conjunción planetaria parece haberse aliado con la dosis justa de magia para ungir al elegido.

El Maradona que el mundo llora e idealiza comenzó a llamar la atención desde los 16 años, cuando su gambeta deslumbró a los más exigentes, para desde temprano identificarse con una hinchada popular como la de Boca que lo encumbró a una vitrina internacional. Si bien no cumplió las expectativas en Barcelona (en gran parte por la criminal patada de Goikoetxea que lo lesionó gravemente) y su participación en el Mundial en España 82 fue un fiasco; su inscripción con letras doradas en la historia se produjo en México 86, pues no se recuerda un Mundial en que un solo hombre haya cargado el peso de un equipo resultando tan trascendente en la campaña que los llevaría a la gloria. Maradona tuvo partidos de alto nivel en la altura mexicana (como olvidar su desempeño en la semifinal contra Bélgica por ejemplo), pero el mito se forjó a hierro el 22 de junio, cuando 114 mil personas fueron testigos presenciales de lo que millones admiraron a través de sus pantallas. No era un partido más el que se enfrentaría a Inglaterra, pues en un entorno azuzado por la prensa para alcanzar una simbólica reivindicación patriótica, en búsqueda de exorcizar en parte el dolor provocado en Malvinas 4 años antes, tuvimos el privilegio de construir un recuerdo inolvidable de dos goles que reflejan la genialidad y la mentira, el talento y el engaño, el bien y el mal. Porque por más eufemismos que inventemos, como que la calidad del segundo compensa la trampa del primero, o que fue la “mano de Dios”, lo cierto es que ese día todos fuimos cómplices de la ilegalidad pues nos rendimos ante una habilidad mágica que hasta hoy nos hace soñar. Es que el Azteca ese día fue testigo de un acto de amor, heroísmo y justicia, obtenido de manera tan humana como real, con las virtudes y  vicios que la vida nos muestra y esconde a lo largo de nuestra existencia.

Posteriormente, su experiencia con ribetes de misticismo en Nápoles viene a ratificar su estampa de líder, rescatando una comunidad postergada y maltratada por sus ricos vecinos del norte, para obtener no sólo títulos y triunfos deportivos, pues recuperar el orgullo del sur italiano convirtió a Diego en una imagen tan venerada, adorada e idolatrada como si fuese un personaje nacido del imaginario de García Márquez.

Y quedo hasta acá, por motivos de espacio, pero sobre todo porque lo que vino después prefiero dejarlo a los biógrafos, a los que indagarán de manera más precisa en los momentos oscuros, inconsistentes, tristes o rabiosos de un ídolo que tantas veces provocó la interrogante: ¿y qué habría pasado si …?  Los que tenemos más edad nos quedamos con ese barrilete cósmico de 1,66 que nos emocionó, más que con ese “producto” del que tantos profitaron, que en las últimas dos décadas nos acostumbró a sus escándalos, excentricidades, excesos o salidas de madre, en demostraciones que para algunos eran vergonzosas o graciosas, pero a quienes lo admiramos nos provocaban una profunda tristeza. Por eso hoy es mejor omitir esta faceta, pero no para idealizar artificialmente al ser humano, sino para respetar y valorar al que nos dijo que, a pesar de todo, “la pelota no se mancha”.