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“Patagonia Express” Luis Sepúlveda (2ª parte: Los diarios de viaje)

Por Marino Muñoz Aguero Domingo 13 de Diciembre del 2020

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El domingo recién pasado intentamos una semblanza del escritor chileno Luis Sepúlveda Calfucura (Chile, 1949 – España, 2020) y, tal como lo adelantáramos, nos adentraremos en su texto “Patagonia Express”, cuya primera edición data de 1995. En la contraportada de la edición que tenemos a la vista (2017) podemos leer: “En un viaje a través de las tierras sorprendentes de la Patagonia y la Tierra del Fuego, Sepúlveda descubrirá toda una galería de personajes inolvidables”; “Uno de los libros de viajes más bellos que se han escrito en español en los últimos años” (Juan Angel Juristo, El Mundo). Esa es la información editorial oficial y, por lo tanto, nuestra reseña será en relación a un “libro o diario de viaje” y no, a una novela, como se la ha catalogado posteriormente (ya veremos la importancia de esta distinción).

Este diario, no sólo abarca la Patagonia, de hecho, de las 184 páginas del libro, sólo 55 se centran en ella, específicamente en la porción que va desde la altura de Aysén hacia el sur incluyendo localidades chilenas y argentinas, además de la Tierra del Fuego (lado chileno). Agreguemos que, se entiende por Patagonia Chilena a las tierras al sur del Seno de Reloncaví hasta el Cabo de Hornos, en tanto, la Patagonia Argentina, comprende desde el Río Negro (altura de Neuquén aproximadamente) hasta la Tierra del Fuego, incluyendo las Islas Malvinas.

Sepúlveda es el narrador-protagonista de un recorrido que se inicia para cumplir un compromiso contraído en la niñez con su abuelo. Esta promesa lo obligaba a hacer dos viajes: el primero a “ninguna parte” y el otro a Martos, España, donde nació el abuelo. El primero fue el de las utopías, va desde la segunda mitad de la agitada década de los ’60, hasta los dos años de prisión política y torturas, después del golpe de Estado en Chile en 1973.  Luego de ello, se inicia el segundo viaje: el protagonista se va al exilio en Suecia, pero se queda en Argentina y de ahí se desplaza a Bolivia y Ecuador, para luego cruzar a Europa, retornar un par de veces a Chile y culminar con un final bastante sensiblero en el rencuentro con la tierra de sus ancestros en España. La relación del libro no se corresponde necesariamente con el orden cronológico de los viajes, de los cuales nos interesan, evidentemente, los que realizó a la Patagonia.

Una tarde en Chonchi, Chiloé -esperando el zarpe del transbordador “El Colono” que lo traería a la Patagonia- nuestro narrador recordó el origen y motivo de estas incursiones y se retrotrajo a aquella tarde que -gestión editorial de por medio- se reunió con el “autor de uno de los mejores libros de viaje de todos los tiempos” (“En la Patagonia”), refiriéndose al escritor inglés Bruce Chatwin (1940-1989). “Este es un viaje que empezó hace varios años, qué importa cuántos. Empezó aquel día frío de febrero en Barcelona, sentado con Bruce frente a una mesa del Café Zúrich. Nos acompañaban los dos viejos gringos, pero sólo nosotros podíamos verlos. Eramos cuatro en la mesa, de manera que nadie debe escandalizarse porque vaciáramos dos botellas de coñac”. Una nueva promesa que el narrador cumple, aún cuando su amigo había ya fallecido; no podía defraudarlo, ni a él, ni a Butch Cassidy y Sundance Kid, los dos “viejos gringos”, bandidos integrantes de “La Pandilla Salvaje” que efectivamente anduvieron por estas lejanías, y respecto de los cuales Chatwin y el mismo Sepúlveda se sintieron subyugados, al punto de incurrir en inexactitudes históricas en sus respectivos escritos. 

Hasta aquí, nada nuevo, los diarios de viaje o memorias en torno a la Patagonia y la Tierra del Fuego chilenas y argentinas abundaron desde fines del siglo XIX. Estos trabajos admiten algunas diferencias: están aquellos escritos por quienes vivieron en ella o la visitaron en calidad exploradores y que -con distintos grados de fidelidad o distorsión- construyeron una imagen de esta zona y sus gentes, que con el paso del tiempo se iría acercando a la realidad en sucesivas publicaciones, en la medida también, que la región se iba poblando y existía mayor información disponible, contribuyendo a reemplazar verdades por mitos. La otra categoría de estos “diarios” es la del escritor (generalmente extranjero) que se viene a dar una vuelta por estos lados, a husmear en nuestras costumbres (nosotros le abrimos la puerta) y luego contar a su manera al “mundo civilizado” lo que observó de la geografía humana y física de estas lejanías, donde -para algunos- los patagónicos todavía somos una especie de “bichos raros” (lo cual no es tan malo, ¡viva la diversidad!).

Un caso paradigmático de esto último es precisamente el de Chatwin: escritor, periodista, graduado en arte y con estudios de arqueología que investigó en bibliotecas, recorrió el territorio entre diciembre de 1974 y marzo de 1975 y entrevistó a estudiosos y habitantes de la zona para construir “su Patagonia” y mostrarla al “primer mundo”. De Sepúlveda, su diario de viaje y sus paralelos con Chatwin, seguiremos escribiendo para el próximo domingo.