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Qué hay detrás de los estallidos sociales contra el confinamiento y el toque de queda en Holanda

Por La Prensa Austral Lunes 1 de Febrero del 2021

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Miles de jóvenes salieron a las calles varios días consecutivos para desafiar la prohibición de circular después de las 9 de la noche. Las razones de un brote de violencia inesperado en una de las naciones más prósperas y tranquilas de Europa.

Urk es un pueblo de pescadores ubicado en la provincia de Flevoland, sobre el IJsselmeer, el lago artificial más grande de Holanda. Durante la mayor parte de su historia fue una isla, hasta que en 1939 se construyó un dique que lo unió con el continente.

Esta comunidad de 20.000 habitantes, tranquila, muy religiosa y relativamente cerrada, se convirtió el sábado a la noche de la semana pasada en el epicentro del estallido de violencia protagonizado por una parte de la juventud holandesa. Poco después de las 9 pm, cuando entró en vigor el primer toque de queda en todo el territorio nacional desde la ocupación nazi durante la Segunda Guerra Mundial, un grupo incendió un centro de testeo de Covid-19. Luego se enfrentó a la Policía con piedras, palos y fuegos artificiales.

Los incidentes de Urk, que fueron filmados y viralizados en el momento, marcaron el inicio del mayor ciclo de violencia callejera en mucho tiempo en las principales ciudades del país. Durante tres noches seguidas, miles de jóvenes salieron a la calle a desafiar el toque de queda, romper y saquear tiendas y medir fuerzas con los uniformados, que por momentos se vieron desbordados.

Más de 500 personas fueron arrestadas entre el sábado y el lunes. Además, se libraron casi 6.000 multas por violaciones a la prohibición de salir de noche. Desde el martes disminuyó la conflictividad, aunque se vieron algunos focos aislados.

“No hemos observado tanta violencia en 40 años”, dijo Koen Simmers, dirigente nacional del sindicato policial, en una entrevista televisiva. Su temor es que la tensión aumente en las próximas semanas. Sobre todo, si continúa el confinamiento estricto, que ya lleva un mes y medio, y que aunque es respaldado por la mayor parte de la población, genera un malestar creciente en la juventud, que se siente absolutamente postergada por la clase política.

¿Sólo vándalos
y hooligans?

Los Países Bajos son una de las naciones más liberales e igualitarias de Europa. Era esperable que al comienzo de la pandemia el gobierno de Mark Rutte adoptara un enfoque menos restrictivo que el de muchos de sus vecinos. Pero el Primer Ministro, que a principios de marzo hablaba de “construir inmunidad grupal de forma controlada”, fue endureciéndose ante la presión de la opinión pública y de la comunidad médica, que reclamaban medidas más estrictas.

A mediados de marzo se optó por un “confinamiento inteligente”, pero tampoco fue suficiente. Así que el 15 de diciembre, dos semanas después del comienzo de la tercera ola de contagios, el gobierno prefirió blindarse de las críticas imponiendo un confinamiento estricto, a pesar de que el promedio de muertes diarias por Covid-19 estaba muy lejos del pico de 150 que se había registrado en abril.

Al cierre de bares y restaurantes, vigente desde octubre, se sumó la clausura de las escuelas y de todos los comercios no esenciales. Las medidas -al igual que las más leves tomadas en marzo- dieron resultado en el corto plazo, porque las infecciones empezaron a bajar desde la última semana de diciembre, y las muertes, desde la segunda de enero. Pero un escándalo nacional por la quita de subsidios a más de 20.000 familias acusadas erróneamente de fraude obligó a renunciar al gobierno el 22 de enero.

Rutte, que continúa interinamente en el cargo hasta las elecciones del 17 de marzo, se convenció de que la mejor manera de superar el bochorno y llegar bien posicionado a los comicios era mostrarse aún más duro en la lucha contra el Covid-19. Así que anunció la semana pasada la imposición de un toque de queda en todo el territorio holandés, entre las 9pm y las 4.30am.

La reacción fue automática. Desde el jueves 21, cuando el Parlamento aprobó las medidas, distintos grupos empezaron a organizarse para desafiar el toque de queda. Algunos, a través de protestas pacíficas. Otros ya se preparaban para la violencia.

“Los alborotadores son hombres de entre 14 y 24 años, incluidos algunos hooligans y jóvenes aburridos de las redes sociales”, sostuvo el sociólogo Louk Hagendoorn, profesor emérito de la Universidad de Utrecht, en diálogo con Infobae. “Los motiva el ansia de emociones fuertes. Cuando se reúnen y oyen el cristal de un escaparate romperse, quieren oír más destrozos. Cuando ya no hay cristal, las aberturas los invitan a robar la tienda. Yo tiendo a verlo como fruto de la necesidad de reunirse y del efecto contagioso del ruido y de la violencia. Uno empieza y los demás lo siguen. Después viene la persecución y la lucha contra una policía asustada”.

“Fue una manifestación mixta. Algunos sólo protestaban contra el toque de queda. Una segunda categoría, más amplia, en sí misma muy heterogénea, había estado acumulando y compartiendo su frustración a través de varios grupos en las redes sociales. Un tercer elemento fue añadido por los jóvenes locales que sintieron la necesidad de responder a la adrenalina y a la testosterona. Es difícil decirlo con seguridad, pero los disturbios y saqueos, especialmente por la noche, parecen haber sido causados principalmente por el tercer grupo”, explicó Frank van Gemert, profesor de criminología de la Universidad Libre de Amsterdam, consultado por Infobae.