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Incoherencias pandémicas

Por Emilio Boccazzi Campos Lunes 15 de Febrero del 2021
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Sin lugar a dudas, la pandemia ha cambiado nuestra vida en este último año, qué duda cabe. El 2020 quedará dentro de los anales del ser humano y su registro histórico. A la batería de restricciones (cuarentenas, cordones sanitarios, toque de queda y otras), que hoy comienzan a desaparecer progresivamente, amparados en la vacunación masiva que se está registrando en el país, hay temas, materias y realidades que distan de ser normalizadas y que quizás ha sido la cara menos visible de esta pandemia y sus consecuencias.

Con los últimos días veraniegos que hemos vivido en la región, hemos visto grandes aglomeraciones en el comercio y en sectores como la Costanera del Estrecho, lo que resulta algo quizás natural y lógico luego de un gran periodo de confinamiento.

Pero si hemos tenido dentro de nuestro entorno, afectos, relaciones o familias la triste noticia de un fallecimiento y la pérdida de un ser querido, este dolor se amplificará enormemente, toda vez que los ritos de velar al difunto o su fugaz acceso al camposanto municipal o los parques privados que hay en la ciudad, se debe hacer “a la carrera”, sin que la totalidad de deudos que acompañen al féretro puedan acceder a su sepultura. ¿Que factor adverso para la salud pública tiene un cementerio que no tenga el mall, la Zona Franca o la Costanera o un vehículo de transporte público?

La tristeza de perder a un ser querido, se duplica por la muerte en soledad, sin rito, como un mero trámite. El aforo del Cementerio Municipal con 10 personas se contrapone con el amplio aforo que puede tener cualquier comercio. Es más fácil ir a comprar cualquier insumo básico o cualquier suntuario a algún negocio en la ciudad (lo que es necesario y deseable) que lograr despedir “como la gente” a un deudo o ser querido.

Pareciera que la muerte ha pasado a ser un mero trámite. Una urgencia porque quien ya no puede servir a esta “humanidad” se vaya rápido. Posiblemente en esta dictadura de la pandemia, muchos que han fallecido por multi-causalidades, han terminado siendo atribuidos al Covid-19.

¿Seguirá la ciudad, pudiendo despedir a sus seres queridos a través del cortejo, tradicional a través de las calles, una vez se aleje esta maldita pandemia? ¿Podrán las autoridades locales, hacer que los protocolos y aforos que hoy tienen en la práctica el Cementerio Municipal y también los cementerios parques, pueda revisarse para evitar el doble dolor de los seres queridos, y el olvido público del deudo o fallecido?

Hemos escrito anteriormente del “Pago de Chile”, que es un mal nacional, de no ser justos, con quienes durante una vida han entregado su esfuerzo vital para el desarrollo de su propio entorno, pero también del país, y la vuelta de mano que significa llegar a edad avanzada, y tener mala previsión, mala cobertura de salud y hoy agregamos, el ignorarlos y no permitirles “una cristiana sepultura”.

Siempre hemos escuchado que realmente se muere cuando se olvida, pero con estas formas de actuar como sociedad, estamos logrando esto con la prohibición de los ritos más sentidos de cualquier familia. Piense usted, que los tiempos para realizar el funeral, son de cortísimas horas, lo que incluso doblega el dolor de los familiares, que por diversas razones, se puedan encontrar a larga distancia de nuestra región.

Planteo todo esto, que podría tener muchas aristas, para que morir e irse de este mundo pase de ser un mero trámite.