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El “Puntarenazo”: una fragua silenciosa organizada por algunos y que se volvió espontánea para muchos

Por La Prensa Austral Domingo 28 de Febrero del 2021

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Para quienes estaban de paso por otras latitudes o residiendo en otros lares, la información que llegaba a través de la televisión nacional era, a todas luces, sorpresiva e increíble. Sin embargo, para quien abrazaba el viento y, en ese entonces, aún la nieve durante inviernos que se querían eternos, la noticia no era más que la crónica anunciada “en la clandestinidad”, una fragua silenciosa organizada por algunos y que se volvió espontánea para muchos.

De inmediato se le comenzó a llamar “Puntarenazo”. Y aunque el término comenzó a ser acuñado para diversas situaciones con el paso de las décadas, lo del domingo 26 de febrero de 1984 en la Plaza de Armas Benjamín Muñoz Gamero tuvo ribetes dignos de ganarse un capítulo en la convulsionada historia de Chile.

Fueron pocas semanas antes cuando en los pasillos de la entonces casa de Gobierno, el edificio Diego Portales, el general Augusto Pinochet compartía su decisión de viajar a Magallanes. El propósito era lo clásico: inaugurar algunas obras y efectuar algunos anuncios. Y si bien cercanos le habrían dicho que la apuesta de permanecer varios días podría ser arriesgado en una región considerada “roja”, el entonces mandatario confiaba en su seguridad y apostaba a “los amigos” que tenía en la zona. Fue, justamente, esa confianza lo que le jugó en contra en aquella jornada.

La gira estaba en marcha. El 20 de febrero el secretario ejecutivo del denominado Frente Magallánico, Guillermo Inhen, encendía la voz de alerta. “A nivel local nos encontramos en plena recesión”, decía en respuesta a los dichos del ministro de Hacienda, Carlos Cáceres, para quien la reactivación económica estaba en marcha, a paso seguro.

Horas después en la Parroquia Cristo Obrero se desarrollaba un cabildo abierto, donde alrededor de 350 personas exploraban la posibilidad de “un recibimiento digno” para Pinochet. Vecinos del Barrio Prat y de organizaciones como Mujeres de Chile y Grupo de Estudios Constitucionales coincidían en la necesidad de expresar públicamente su descontento con el Gobierno de facto, considerando además que el diálogo con el entonces intendente regional, mayor general Juan Guillermo Toro Dávila, no era más que un saludo a la bandera. Los problemas, en cierta medida, no eran muy distintos a los de hoy: el precio del gas, problemas con el transporte, deudas con el Serviu, y cesantía.

Los preparativos

A esa altura los preparativos para la recepción del general ya estaban en marcha. La agenda se ultimaba, el trabajo de seguridad se observaba a diario con personal civil y uniformado, y los escudos y banderitas se tomaban cada rincón del centro de Punta Arenas.

“Creo que no va a suceder nada porque la ciudadanía comprende que el Presidente de la República está consciente de lo que sucede en Punta Arenas, el país y especialmente en las zonas extremas. Y está dando todo el apoyo que puede entregar”, aseguraba derrochando confianza el intendente Toro Dávila.

Para quienes desconocen cómo era el Punta Arenas de los 80, un buen ejemplo. En la antesala de la jornada, el viernes 24 de febrero, un chubasco de nieve surgía como presagio, sin dejar de sorprender tras una ola de calor y los casi tradicionales truenos y relámpagos que casi como un flash se presentaban durante el incalificable periodo estival de aquellos años.

Lo que sí era más previsible era la agenda de Augusto Pinochet. Arribaría a las 12,15 horas del sábado 25 junto a Lucía Hiriart. Un esquinazo de bienvenida, el saludo de las organizaciones de voluntariado y de una veintena de párvulos, y un rápido transitar hasta abordar un avión Fach que los trasladaría a Puerto Williams.

A sólo horas de su llegada, la tranquilidad que compartía Toro Dávila sufría su primer revés: la noche de viernes se registraban dos heridos graves y 11 detenidos durante las protestas, posteriores a la misa en la Iglesia Catedral en recuerdo del dirigente Tucapel Jiménez. Más de 60 manifestantes se habían reunido en Avenida Bulnes con calle Sarmiento, comenzando una agitada manifestación, la que terminó con duros enfrentamientos con Carabineros.

Pinochet, en tanto, llegaba hasta Porvenir, Cerro Sombrero y retornaba a Punta Arenas. Tras su paso por el Hotel de Cabo de Hornos, participaba una cena con cerca de 1.000 adherentes en el módulo central de la Zona Franca.

Domingo 26
de febrero

La Plaza de Armas Benjamín Muñoz Gamero era el epicentro, el lugar donde el despliegue de seguridad saltaba a la vista, tal como el de la prensa. Era el escenario masivo casi perfecto para hacer historia.

Los aplausos y las rechiflas no eran más que la mejor muestra de la polarización que también parecía tocar a los magallánicos. O eras verde o rojo, bueno o malo, a favor o en contra, pero quién podía arrogarse el derecho de calificar. Los estudiantes, párvulos y voluntariado que más que espontáneos eran llevados hasta el centro de Punta Arenas, o los cientos de jóvenes soldados conscriptos de civil qué responsabilidad podían tener, qué juicio se les podía hacer por estar de uno u otro lado.

Ya durante el Himno Nacional frente al asta monumental (otrora donación de la colonia británica) la situación amenazaba con salirse de control. La desmedida confianza que llevó a quebrar la seguridad ayudó a quienes organizados preparaban una adhesión espontánea.

“¡Asesino! ¡Asesino!”,  “¡El pueblo unido jamás será vencido!” sonaron fuerte. Las miradas apuntaron al frontis de la Iglesia Catedral. Allí, un puñado de manifestantes se atrevió a expresar lo prohibido. Panfletos, escaramuzas, caos que se fue tornando total.

En medio de aquello los sones de la banda, el desfile y una más que rápida salida de Pinochet a bordo de un vehículo que lo llevó hasta la puerta del Hotel Cabo de Hornos. El general, se diría posteriormente, entendía poco lo que estaba pasando. Chockeado, sorprendido, entre no dar fe a lo que había ocurrido y la reacción posterior de indignación por algo que le habían asegurado no pasaría.

Mientras tanto, la protesta tenía como punto neurálgico la entrada de la Catedral. Hubo enfrentamientos por calle Fagnano, persecuciones, detenidos (se informó de 16) y uno que otro daño a la propiedad pública y privada (en todo caso, muy lejos de lo actual). Los manifestantes terminaron refugiados por largas horas en la iglesia, instalándose posteriormente un diálogo que no fue más que el punto de partida para un largo proceso judicial en contra de, en su mayoría, dirigentes políticos y sociales.

“¿Acaso es la Iglesia la que está en contra del Gobierno?”, salía diciendo horas después el general Pinochet en declaraciones que eran reproducidas por medios regionales, nacionales e internacionales. Sí, porque aunque la inmediatez no era tal como en este tiempo de redes sociales, el teletipo, el fax y la bendita radio eran herramientas útiles para compartir la noticia.

Sin embargo, la pregunta y dardo directo del mandatario venía seguida de un “fue una manifestación pequeñísima, de muchachos de no más de 14 o 15 años de edad”.

Con esa versión de convicción propia, o entregada por asesores, Augusto Pinochet dejaba la región tres días después, luego de suspender su viaje a la Antártica y pasar por Puerto Natales.

La historia ya se había escrito, con su capítulo del “Puntarenazo”.