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Mala semilla

Por Marcos Buvinic Domingo 14 de Marzo del 2021

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Esta semana comenzó en el mundo entero con la conmemoración del Día de la Mujer, con toda su carga de lucha por la igualdad de derechos, así como su carga de dolores por la discriminación que sufren y la violencia que padecen muchas de ellas. Pero también comenzó, en nuestra Región de Magallanes con el penoso espectáculo ofrecido por dos políticos que fueron elegidos en cargos de representación ciudadana para honrar con su trabajo y servicio a la comunidad local.

Para los lectores que no conocen la grabación de la conversación que circuló ampliamente por las redes sociales, se trata de un concejal de una comuna fueguina, militante de un partido de gobierno, y de un consejero regional, militante de un partido de la oposición, que en una distendida conversación exhiben sus habilidades políticas: uno se jacta de ser ambidiestro, jugando tanto para la izquierda como para la derecha; el otro, siembra cizaña diciendo a su interlocutor que la intendenta regional le tendría aversión; a su vez, éste se refiere a la intendenta regional con un lenguaje grosero, machista y ofensivo.

Lamentable la muestra del nivel de estos políticos que ejercen cargos públicos, la cual ha despertado un rechazo sin reservas en muchas personas de distintas opciones políticas, pero también ha llamado la atención el silencio público de muchos otros actores regionales -políticos o no- y de los partidos; quizás atentos a los dividendos electorales que pueden sacar en vistas a las próximas votaciones de abril, o les parece políticamente inapropiado sacar la voz en defensa de la dignidad de una mujer que ha sido ofendida y ultrajada en su dignidad, la cual como intendenta representa al gobierno.

En diversos medios se ha hecho ver la gravedad de esta falta de respeto y ofensa a una mujer que ocupa el cargo de principal autoridad regional, así como el carácter delictual de la acción de quien grabó y difundió esa conversación telefónica. Entre las diversas aristas que tiene lo acontecido, yo quisiera detenerme en un aspecto que tiene que ver con el respeto a la dignidad y los derechos de cualquier persona, independientemente de su posición política, sexo, raza, actividad o creencias.

Por cierto, hay mucha razón y necesidad en abogar por el respeto a los derechos humanos y la dignidad de cada persona, y es uno de los puntos que deberá ser cuidadosamente cautelado por la nueva Constitución, teniendo en cuenta no sólo los aspectos filosóficos de la dignidad del ser humano, sino mirando también la triste historia que hemos vivido como país cada vez que esos derechos han sido vulnerados y se le ha puesto precio a la dignidad de las personas por razones ideológicas, económicas, culturales, raciales o de cualquier otro tipo. 

Sin embargo, se percibe que se ha introducido un germen perverso en nuestra convivencia social, pues esos derechos -con razón tan reclamados- pareciera que se pierden cuando alguien ocupa algún cargo de autoridad o de representación pública, sea el cargo que sea: intendente regional, policía, presidente de la república o presidente de un club deportivo. Pareciera no importar el respeto a la dignidad y los derechos de las personas que ocupan un cargo de autoridad, pues por ser autoridad se considera que han perdido su dignidad y derechos. Así, cualquier persona parece sentirse autorizada a decir lo que sea de esas personas, a injuriar y pisotear la dignidad de tales personas, a hacer mofa y escarnio de algunas características personales, etc., y difundirlo a través de las redes sociales.

Alguien dirá que siempre han existido esas faltas de respeto a la dignidad de las personas o que es un modo de expresar el resentimiento que algunos tienen, y puede ser verdad. Pero algo muy distinto es cuando esas conductas infames se transforman en un hábito que recibe poca o nula sanción social. No se trata de “cartuchismo”, como alguien pudiese decir, sino de respeto real y afectivo a la dignidad y derechos de todas las personas.

La normalización de estas conductas es un germen perverso, una muy mala semilla, que puede hacer caer en saco roto todos los esfuerzos por darle una nueva forma a nuestra convivencia social, que sea más respetuosa de la dignidad de todos, más justa e inclusiva, tal como se busca hacer a través de la nueva Constitución.