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La tortuosa cacería del Unabomber: una mente brillante, sangrientos atentados y sed de venganza

Por La Prensa Austral Lunes 5 de Abril del 2021

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Hace 25 años el FBI lograba detener al hombre más buscado del mundo, al mismo que había
perseguido a ciegas durante casi dos décadas. Con un coeficiente intelectual comparable con
el de Einstein se había ido alejando de la sociedad y sentía un deseo irrefrenable de venganza.

Fueron dieciocho años. No tenía apuro. Tampoco otro plan ni otra ocupación. Era una venganza perpetua, desmañada, maligna. Pero necesitó justificar la tarea de su vida, dar a la luz un documento para que el mundo conociera su pensamiento aunque no su identidad. Ese fue el principio del final para él.

El Unabomber fue el criminal más buscado del mundo. Pero su historia es mucho más que el recuento de la vida de un terrorista. Es la historia de una persecución interminable, de resentimiento, de muertes y mutilaciones, de un alienado que logró instalar el pánico en una sociedad.

La cacería incierta terminó hace 25 años, el 3 de abril de 1996. El FBI rodeó la pequeña cabaña de Lincoln, Montana en la que vivía Ted Kaczinsky. Un lugar inhóspito, desolado. El hombre de 54 años no tenía electricidad ni agua corriente. Los habitantes del pueblo testificaron que podía pasar meses sin salir de su vivienda. Nadie tenía nada malo para decir de él. Era raro, torvo pero no solía causar problemas.

Un pequeño ardid para hacerlo salir de su cueva y el arresto inmediato. Dentro de la cabaña encontraron profusos diarios de su reclusión, notas codificadas explicando sus ataques, el original de su manifiesto, la máquina de escribir, elementos para armar los explosivos caseros y debajo del catre en el que dormía, una bomba dispuesta para ser despachada por correo.

La noticia provocó una conmoción mundial. Por fin habían dado lograr con el criminal que asolaba desde algún lugar remoto. Nadie ganó las apuestas. Ninguno de los perfiles que se habían hecho del terrorista había acertado. Fueron dieciocho años de investigación, de pesquisas estériles, de equipos puestos a perseguir un fantasma.

Tres agencias federales de Estados Unidos hacía más de una década se habían fijado como prioridad su captura. El FBI, la Federal Agency of Alcohol, Tobac, Guns and Explosives (el “Exlosives” lo agregaron por él al nombre de la agencia) y los investigadores del Correo buscaban a alguien, pero no sabían a quien. Se gastaron cientos de millones de dólares y se destinaron 500 hombres a dilucidar la cuestión. Se había convertido ya en una obsesión pública. Y no era para menos. A lo largo de esas casi dos décadas, 16 atentados, 3 muertos y 23 heridos (algunos de gravedad, con mutilaciones y discapacidades permanentes), el Unabomber se convirtió en el Enemigo Público Número Uno.

Una mente prodigiosa

Theodore John Kaczinsky tuvo esa precocidad de la que alguna vez habló George Steiner. El pensador escribió que hay tres actividades en que los jóvenes prodigios son más frecuentes: la música, el ajedrez (Steiner se refería a Bobby Fisher) y las matemáticas. Ted se saltó algunos grados en el colegio primario y llegó a la universidad en medio de una adolescencia contraída. Si los números se le daban bien, no sucedía así con las relaciones humanas.

Su capacidad sorprendía a sus maestros. Algunos le han atribuido un coeficiente intelectual comparable (o tal vez superior) al de Stephen Hawking o Albert Einstein. La carrera universitaria pareció impecable. Uno de los más jóvenes en ingresar a Harvard, un doctorado precoz en la Universidad de Michigan, el asistente con menos edad en la historia de Berkeley.

El futuro parecía para él repleto de posibilidades. Pero su incomodidad y sus problemas de relación lo fueron alejando. Algo se rompió dentro suyo. Otros conseguían cosas que le correspondían a él. Los demás mantenían relaciones afectivas, avanzaban en su trabajos y eso Ted lo vivía como una injusticia. No era igual a los otros. Y toda la vida eso le había pesado. Había recibido agresiones, indiferencia, bullying. La incomodidad era una sensación permanente. Dentro suyo crecía un odio oscuro, una sed de revancha contra no sabía quién, generalizada. Dejó la vida académica en 1969. Consiguió algunos trabajos pero ni siquiera duró con su hermano como empleador que debió despedirlo por su conducta extraña y agresiva.

En una carta que le mandó a su hermano hablaba de sed de venganza, de una pulsión interna: “Hago lo que hago por una simple cuestión de venganza personal. No hay un motivo altruista ni pienso en el bienestar de la raza humana. Deseo de venganza. Nada más. Una venganza general contra la comunidad científica y los estamentos burocráticos, por no hablar de los comunistas y de los otros que amenazan las libertades. Pero eso es imposible. Me tendré que conformar con una venganza menor, personal”. El texto es de abril de 1971, año en el que decidió apartarse de la sociedad.

Construyó esa cabaña en Montana y llevó una vida de ermitaño. Viviría como en otro siglo -uno muy lejano- de lo que pudiera recolectar, en comunión con la naturaleza. Los contactos con su hermano también se espaciaron.

La primera carta bomba la mandó siete años después, el 25 de mayo de 1978. A un profesor de ingeniería de los materiales de Illinois.

El FBI ya iba tras él pero sin saber qué rumbo tomar. Como los primeros ataques estaban dirigidos a universidades y aerolíneas, se lo llamó Unabomb.

El 10 de septiembre de 1995, el New York Times y el Washington Post, los dos diarios más importantes de Estados Unidos, aparecieron con un suplemento especial. 35.000 abigarradas palabras en el que el criminal exponía sus ideas anti industriales, anarquistas, sus alegatos contra la tecnificación y la deshumanización de la vida moderna. Se lo conoció cono el “Manifiesto Unabomber”.

Causó impacto, el público se mostró ávido por leer el texto. El Unabomber había enviado el farragoso texto a las redacciones de esos diarios con una advertencia, con una propuesta negociadora. El interrumpía para siempre sus ataques si los dos medios más importantes de Estados Unidos publicaban sin cercenar su escrito.

El FBI insistió en que el manifiesto se diera a conocer con la idea de que alguien viera en ese mamotreto algo que ellos no estaban viendo.

La estrategia funcionó. Quien terminó identificando al Unabomber, la que logró darle un nombre propio al terrorista fue la esposa de su hermano. A pesar de que ella nunca lo había visto en persona, había leído cartas que Ted le había enviado a su marido David. Reconoció su estilo, sus obsesiones en el manifiesto Unabomber publicado en el New York Times y el Washington Post.

Los investigadores concluyeron que se trataba de la misma persona.

La detención produjo alivio. Luego vendría el juicio. Ted Kaczinsky tuvo una conducta errática. Sobre él pendía la pena de muerte. Pero también la posibilidad cierta de ser declarado insano, con las facultades mentales alteradas. Esa declaración efectiva hubiera, según su perspectiva, alterado su legado. En medio del proceso decidió asumir la culpabilidad y la autoría de cada uno de los atentados para evitar que lo declaren efectivamente como alguien inimputable debido al deterioro psiquiátrico. Hasta luchó con sus propios abogados que sólo buscaban salvar su vida.

Desde entonces, está recluido en una cárcel de alta seguridad en Colorado. Está por cumplir 79 años. Se convirtió en aquello que siempre dijo combatir. En un ícono popular, en un eslabón más (y uno redituable) de la sociedad de consumo, de la era de la industrialización.

Infobae