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Humberto Maturana: el árbol que nos dejó sus frutos

Por Eduardo Pino Viernes 14 de Mayo del 2021

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Hace casi 30 años, siendo un joven estudiante, recuerdo que por primera vez asistí a un Congreso Internacional de Psicología, aprovechando que se realizaba en Santiago. Y a pesar que la visión reconstructiva de nuestra memoria episódica evoca lo que construye de manera sesgada e incompleta, lo que más recuerdo fue cuando llegué temprano a una charla en un inmenso salón. A pesar que al principio me arrepentí de acudir tan anticipadamente a un lugar tan grande y donde había pocas personas, resultó todo un acierto pues al momento de iniciar la ponencia se encontraba abarrotado de asistentes. Fue la única actividad de ese congreso de 1993 en que los pasillos sirvieron de improvisados lugares para sentarse en el suelo, y en que a pesar del amplio espacio, quedaron muchas personas sin poder ingresar. El interés ante la actividad no la pudo igualar ningún otro ponente, ni nacional ni extranjero.  Recuerdo la atención de una cautivada audiencia, la exposición de temáticas interesantes que me dejaron más preguntas que certezas, conceptos que definitivamente no comprendí en ese momento debido a su compleja dinámica y mi incipiente dominio y, especialmente, me acuerdo de la sencillez del ponente. Más allá de lo preciso o difuso de mis evocaciones, esa fue la primera y única vez que vi personalmente a Humberto Maturana, a quien abordé al final de la actividad para consultarle algunas dudas que me surgieron acerca de temáticas que con el tiempo he ido digiriendo, apreciando y valorando.

Al igual que muchas personas que conocieron su prolífica obra y trabajo científico, lamenté su muerte la semana pasada, pues se va un referente en variadas áreas de conocimiento, como son la neurociencia, sociología o filosofía, con aplicaciones a la psicología o la educación.  Lo que hace destacar a Maturana creo es la integración de analizar y plantear ideas acerca de temáticas trascendentes como vida o la muerte, con aportes desde la ciencia biológica y la filosofía, lo que resulta especialmente complicado por la naturaleza de las mismas. Sus planteamientos buscaban abordar temáticas cuya respuesta no es única, aportando visiones que enriquecieron esta eterna búsqueda. Con magistral destreza, tal como un malabarista que nos sorprende con su habilidad para equilibrar, este biólogo manejaba y conciliaba el conocimiento de una manera tal que cautivaba a sus lectores, sin pretender descubrir verdades incuestionables ni absolutas, pero llevando a la necesaria reflexión. Por eso es que sus ideas aplicadas a la autopoiesis han sido reconocidas y valoradas internacionalmente por prestigiosas casas de estudio, pues sus aplicaciones no sólo van dirigidas al funcionamiento individual respecto a su organización, pues también abordan la interacción que se establece con el entorno en variados ámbitos de organización sistémica. 

Ya desde hace unos años, discípulas y discípulos de Maturana han replicado su obra a estudiantes de variados niveles, adaptando este conocimiento para promover la comprensión de algunas de sus dinámicas, estimular el ejercicio reflexivo y aplicar a la realidad cotidiana estos aportes. Regocija darse cuenta que a pesar de lo finita y limitada que es la existencia humana, se puede dejar un legado que permita una mejor comprensión del mundo, donde este científico siempre buscó la humanización y el encuentro de las personas en el ejercicio del saber, buscando el diálogo y el respeto para el entendimiento. Por eso me quedo con una de las tantas frases célebres que nos dejó, pues creo que como país necesitamos más que nunca conocerla, reflexionarla y, sobre todo,  colocarla en práctica: “Soy absolutamente responsable de lo que digo, pero irresponsable de lo que tú escuchas… sin embargo, es mi responsabilidad cotejar constantemente lo que yo digo con lo que tú escuchas”