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Mi libertad empieza donde termina la tuya, será así?

Por Marcos Buvinic Domingo 18 de Julio del 2021

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Frecuentemente las personas hablan de la libertad, o mejor dicho de su propia libertad, aplicando como si fuese un principio incuestionable la frase que dice que “mi libertad empieza donde termina la tuya” o, al revés, “mi libertad termina donde empieza la tuya”. Los invito a que miremos más de cerca lo que estamos diciendo y haciendo cuando pensamos y actuamos con esos criterios.

Para nadie es un misterio que desde hace décadas vivimos en un creciente proceso de exaltación del individuo y de todo lo individual. El “yo quiero” y el “a mí me gusta” pasan a ser los criterios de todo lo deseable, tanto para actuar como para consumir; el “yo opino que…” pasa a ser el criterio absoluto de verdad, y el “yo he decidido que…” se vuelve el criterio incuestionable de que se trata de una buena decisión. Esta exaltación del individuo y de todo lo individual va llenando los diversos planos de la vida personal, social, económica, y también las relaciones entre los pueblos y los países. Es lo que en el lenguaje de la sabiduría popular campesina significa que “cada uno mata su chancho”, y para que eso ocurra, cada uno se preocupa de engordar sólo su chancho. Es la consagración del egoísmo como forma de vida.

Es en este contexto que tenemos que entender la frase “mi libertad termina donde empieza la tuya”, y hacernos conscientes de que se trata de una comprensión absolutamente individualista de la libertad y, por tanto, de la persona. Se trata del yo aislado, separado de los demás y de la sociedad. Es proclamar que estoy libre del otro, porque para que mi libertad comience, la del otro tiene que terminar; o, al revés, para que el otro comience a vivir su libertad, yo tengo que dejar de serlo. Pero esto tiene una vuelta más: si la libertad del otro -por las razones que sea- no comienza, significa entonces que mi libertad no tiene límites y puede desplegarse en todos los planos de la vida, sin obstáculos que la restrinjan. Así, estar libre del otro se vuelve en una libertad contra el otro, y todo se vuelve -como decíamos- en la consagración del egoísmo como forma de vida.

La consecuencia es clara: mi libertad es absoluta mientras no esté limitada por otro y, por tanto, ya no hay espacio para el “nosotros”, para la solidaridad, para el diálogo y la negociación, para la búsqueda de consensos o acuerdos que permitan caminar juntos; en una palabra, no hay espacio para el bien común. Entonces, los conflictos que pueden surgir se resuelven por la fuerza, por la imposición de uno o de unos sobre otros, y lo que pretendía ser la exaltación del individuo termina en la ley de la selva regida por el dominio del más fuerte y la violencia que pueda ejercer.

Todos tenemos experiencia que no es fácil construir un “nosotros”. No es fácil en el plano afectivo para una pareja de jóvenes que empiezan una relación, y es también un aprendizaje permanente en la vida de los esposos y en la construcción de una familia. No es fácil construir el “nosotros” de la amistad ni de las relaciones laborales de colaboración; tampoco es fácil construir el “nosotros” de la sociedad, de un país, y tampoco es fácil construir el “nosotros” de una Convención Constituyente que debe redactar una nueva Constitución.

La construcción del “nosotros”, en cualquier plano de la vida, es una construcción que pasa por la acogida y valoración del otro en su originalidad y diferencia, pasa por la escucha atenta y el diálogo que busca acuerdos y consensos que permitan caminar juntos. Es una construcción que pasa por no querer ganarle al otro e imponer mis propios criterios y puntos de vista, sino querer ganar con el otro. Construir el “nosotros”, en cualquier plano de la vida, es el permanente aprendizaje de buscar el bien común; es decir, una libertad solidaria.

De esta manera, en lugar de actuar pensando que mi libertad empieza donde termina la del otro, la frase debería ser “mi libertad sólo comienza cuando también empieza la del otro”, porque nunca seremos libres solos y menos contra los otros; sólo seremos libres juntos, libres con los otros. Mi libertad crece en la mediada que crece también tu libertad, y sólo así vamos haciendo juntos una comunidad de ciudadanos libres y solidarios.

La comprensión y la vivencia de una libertad solidaria tiene su fundamento en la “regla de oro” de todas las tradiciones espirituales y humanistas, y formulada también por el Señor Jesús: “haz a los demás lo que quieres que te hagan a ti”. De esta manera, nadie es realmente libre y soberano sin los otros, ni renegando de los otros, ni menos aún se es libre contra los otros. La libertad es solidaria, es un camino con los otros y para los otros en la construcción de un “nosotros”.