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La fatiga paterna

Por Jorge Abasolo Lunes 19 de Julio del 2021

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Es el nuevo fenómeno de estos tiempos y se da al comienzo de la adolescencia. En esa etapa donde entenderse con los cabros es tan difícil como inventar una pintura para los daltónicos. Pero hay que enfrentar el tema. Peor sería ignorarlo. Se trata de la etapa donde los padres dejan de ser modelos y sus pares y amigos pasan a ser sus referentes. Son parte de una generación con baja tolerancia al fracaso. Y que está siendo criada (o malcriada) con mayor libertad para pensar por sí misma y oponerse a la mirada de los padres.

Por eso los psicólogos recomiendan que los padres -más que mandar- deben aprender a negociar. Así de fuerte es la cosa.

¡Negociando con los hijos…chúpense ésa…!

Otro factor a considerar es que en esta etapa deben triplicar la paciencia con los hijos. Hay que dejar que los cabros se encierren en su pieza y si se quiere hablar con ellos, golpee la puerta y aprenda a esperar. Es la etapa que el joven empieza a valorar sus silencios y sus espacios.

Además, el joven a los 14 años ya ha descubierto que su cuerpo puede proporcionarle placer. Claro…justamente, me refiero a la automanipulación.

Hay jóvenes que a esta edad se masturban matinée, vermouth y noche y en funciones rotativas. Por eso no es exagerado decir que cuando a un adolescente le cortan las manos, queda viudo.

Pero es harina de otro costal…

Desde luego en esta etapa los jóvenes practican el mutismo con sus padres, lo que a los viejos les incomoda mucho.

Desde luego que tendríamos menos problemas con nuestros hijos si hiciera falta cortar leña para mantener encendida la televisión o el notebook. Lamentablemente no es así.

Pese a todo, hay que buscar la comunicación, a como dé lugar.

Algunos padres optan por el diálogo y apelan al orgullo del joven. Un ejemplo:

– Debiera darte vergüenza. A tu edad, Ricardo Lagos era el primero del curso…

– ¡Chís… Y a la tuya era presidente de Chile, pus viejo!

Cuidado con esa estrategia. Los cabros de hoy tienen respuestas para todo.

Una estrategia que ha dado excelentes resultados es la del psicólogo chileno José David Castillo. Consiste en la llamada ritualidad. La idea es sencilla, pues se trata de llevar al joven a un espacio neutro y establecer un rito. Por ejemplo, pasarle las llaves de la casa. “Así se marca un quiebre y se admite el paso a la adultez”, señala Castillo.

Mi primo Guillermo hizo la prueba. Se fue por un fin de semana con su esposa a Reñaca y dejó las llaves de su casa (en Santiago) a su hijo Matías, de 14 años de edad.

El cabro se sintió hombre de la noche a la mañana.

Cuando llegó mi primo -el domingo por la noche- se encontró con la casa patas p’arriba y más desordenada que cama de loco. Como si fuera poco el cabro tuvo que confesarle que había dejado a una compañera embarazada.

Fuera de sí, mi primo lo increpó duramente, advirtiéndole que no le pasaría las llaves nunca más. Pero ya era tarde. El mocoso -nada de leso- ya le había sacado copias y se aprontaba para el próximo carrete.

Cuidado con la técnica de la ritualidad. A veces falla.