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Promesas, promesas, promesas

Por Eduardo Pino Viernes 20 de Agosto del 2021

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En una semana donde hemos sido testigos de catástrofes humanitarias como el terremoto en Haití o la llegada de los Talibanes al poder en Afganistán, con imágenes que estremecen y colocan en jaque nuestra capacidad de asombro; en nuestro país se han efectuado nuevos debates entre las candidatas y el candidato presidencial de Unidad Constituyente (ex Concertación y Nueva Mayoría), aunque estamos en tiempos donde los pasados políticos deben omitirse si es que se desea sobrevivir en la arena de las contiendas electorales.

No es novedad que todos los candidatos en política prometen muchas cosas, estimulando nuestra esperanza de un mejor mañana. Tampoco es novedad que varias de esas promesas, probablemente la mayoría o las más trascendentes, nunca lleguen a buen puerto o sólo se logren de manera parcial. Es que por la naturaleza y complejidad de las cosas, siempre será más fácil prometer, criticar o descalificar, que construir y elaborar.

No sé si es una percepción personal, la que perfectamente puede estar errada, pero prácticamente todos los aspirantes a la Moneda han desplegado propuestas que hacen de verdad creer que este será un paraíso en todos los sentidos imaginables, especialmente referido a la abundancia. Los movimientos sociales han obligado a la transformación de la mayoría de ellos y ellas, replanteando posturas y principios que hace algunos años declaraban intransables, pero que ahora han mutado en lo convenientemente necesario, al punto que muchos se han autoconvencido que este cambio es genuinamente interno.

En el modelo de la comunicación persuasiva, aquella que pretende convencer y es ampliamente utilizada en política y publicidad, se plantean dos tipos de rutas: la central y la periférica. La primera se refiere a los “datos duros”, al conocimiento experto, a las competencias y habilidades necesarias para evidenciar un dominio de lo que se pretende; la segunda se refiere a lo atractivo, lo que llama la atención y se maneja con claves que no son relevantes en el fondo pero que adornan convenientemente la forma. En algunos casos, ante audiencias expertas y analíticas debemos emplear claves centrales, en otros en que los destinatarios no conocen mucho del tema ni están muy interesados, el mejor gancho serán claves periféricas. Generalmente el adecuado e inteligente equilibrio entre ambas nos debería entregar los mejores resultados.

En los debates, discursos y propuestas de prácticamente todos(as) los(as) candidatos(as), percibo que el exceso de claves periféricas parece ser la estrategia a seguir. Es como si ninguno quisiera prestar atención a la importancia que tiene el cómo van a lograr de manera fáctica lo que florida y líricamente nos vaticinan en el mejor de los escenarios. Recién venimos atisbando luces de una inestable recuperación económica debido a una pandemia sin precedentes en la historia, que ha duplicado la pobreza en nuestro país, ha subido la deuda en relación al PIB a cifras históricas, acompañado de un gasto fiscal sin precedentes, mientras los niveles de desempleo han aumentado como no habíamos visto en años. Todo esto se ha maquillado con ayudas fiscales y retiros de fondos de pensiones, al punto que paradójicamente las ventas en algunos rubros no necesariamente de primera necesidad sacan cuentas extremadamente alegres. Todo esto mientras se gastan los ahorros como país y nuestro endeudamiento nos ha cambiado la cara ante el mundo, ya que ahora lo que pidamos tendrá intereses cada vez más altos. La pandemia nos ha demostrado lo frágiles que somos, que tenemos que estar preparados para la incertidumbre y debemos adaptarnos a una realidad compleja en todo sentido.

Ante un escenario así, parecido a la reconstrucción después de una guerra, en que se debe trabajar con mayor empeño, apelar a la prudencia y sobriedad en el estilo de vida para ir recuperándonos, observo que quienes nos proponen asumir el destino de nuestro país prometen un futuro esplendor, sin costos para nadie y con expectativas que pueden ser muy legítimas, pero al momento de justificarlas con números la ecuación no calza. Echo de menos un juicio de realidad más concreto en algunas temáticas, que se prioricen fenómenos fundamentales de nuestro funcionamiento como sociedad y dejemos para después asuntos que sólo convocan los intereses focalizados de unos pocos que se toman los medios. Para muchos políticos parece que su norte es la próxima elección, no proyectando las consecuencias a mediano o largo plazo que toman hoy.

Entre alguien con aspiraciones al poder que llamara a la austeridad, a la necesidad de trabajar más para recuperarnos, amparados en un sistema con mayor justicia que reconozca en la meritocracia el motor para salir adelante, mostrándonos y enseñándonos con cifras reales y estrategias serias el verdadero alcance de lo que es posible realizar; en contraste con otra persona que nos arenga con  adornadas y emocionadas consignas que se legitiman en palabras, pero carecen de respaldo práctico para hacerlas realidad, ¿por quién opta ud?