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Ya no es tiempo de pensar en vaqueros e indios

Por Eduardo Pino Viernes 3 de Septiembre del 2021

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Cuando era niño y teníamos fiestas de disfraces en el colegio, uno de los atuendos preferidos y más frecuentes era caracterizarse como vaquero. Esto porque era un disfraz fácil de acceder para padres y madres que con un simple arreglo por acá y otro por allá, lograban que su retoño se asemejase a un típico cowboy del oeste norteamericano. Mejor aún si ostentaba una estrella plástica en su pecho que hiciera juego con una pistola y sombrero del mismo material. Recuerdo que en esas fiestas había muchos vaqueros y otros héroes parecidos como el Llanero Solitario o el Zorro. Pero no recuerdo a alguien vestido de indio, a pesar de lo atractivos que podrían verse sus atuendos. No tengo tan claro si era mi percepción de niño de ese tiempo o el tipo de pensamiento colectivo de la época, o una mezcla de ambos, pero todos tenían claro que los vaqueros eran los buenos y los indios los malos, y obviamente nadie quería ir caracterizando a los villanos. Influenciados por el cine y la televisión especialmente, durante décadas fue característico el alivio que provocaba en los espectadores cuando en el peor momento del ataque indio, cuando ya no quedaban esperanzas, el clarín de la caballería del ejército venía a salvar a los indefensos, colocando justicia al aniquilar a las tribus salvajes.

Quizás por estas sencillas premisas que me acompañaron durante mi infancia y parte de la adolescencia, es que recuerdo muy bien el impacto que me causó en 1990 una película que antes del estreno los críticos le auguraron un rotundo fracaso, lo que finalmente estuvo muy alejado de su arrollador éxito. “Danza con Lobos” vino a remecer a la sociedad norteamericana en la percepción que se tenía acerca de sus pueblos originarios, dejando de lado estereotipos que de ser presentados tan masiva y repetidamente, parecieron legitimarse sin contrapeso alguno. Si hay algo que recuerdo al terminar de verla, es que los que por tanto tiempo creí que eran los buenos, no lo eran; en contraste con aquellos que desde siempre se les había despersonalizado, prejuiciado e instrumentalizado para conveniencia de quienes contaban la historia. El tomar conciencia que los supuestos victimarios en realidad habían sufrido el abuso de los justicieros, en un contexto complejo y temporalmente muy distinto a la visión actual, me comenzó a enseñar que la vida no es en blanco y negro, que es muy necesaria la flexibilidad para analizar las situaciones y sus circunstancias, y que se debe estar alerta de quienes carecen de esta habilidad para evitar absolutismos, pues su rigidez los llevará al fanatismo.

En tiempos donde todos los que aspiran al poder nos prometen ser los vaqueros y jovencitos de la película, nada nuevo bajo el sol por lo demás, debemos estar especialmente atentos a quienes basan sus propuestas en la permanente descalificación al adversario, pues probablemente sea el maquillaje a un débil proyecto propio. Hemos visto en las últimas semanas a quienes supuestamente venían a salvarnos, enarbolando banderas de justicia, equidad y verdad, para darnos cuenta que presentaban los mismos vicios que sus criticados adversarios, con justificaciones que parecen empeorar la situación más que aclararla. Más importante que el bochorno experimentado, el perjuicio mayor es para quienes confiaron legítimamente en ellos para llevar adelante sus legítimas aspiraciones, lo que evidencia la necesidad de analizar reflexivamente los proyectos.

Quienes esperamos que se superen los abusos y errores del pasado, más que abanderarnos de manera fanática con algunas consignas que suenan bien porque es lo que deseamos escuchar, debemos analizar la factibilidad y consistencia de las propuestas, pero además de quienes las proclaman, pues la realidad es bastante más compleja que creer en “los buenos y los malos de la película”.