Necrológicas

Etica ciudadana: cuesta abajo en la rodada

Por Marcos Buvinic Domingo 12 de Septiembre del 2021

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Basta con asomarse a las noticias de cada día para percibir el descalabro ético en que se encuentra sumido nuestro país y prácticamente todas las instituciones de la sociedad que, en modos diversos normalizaron el doble estándar y doble moral de mentiras, pillerías y chanchullos, con silencios cómplices o encubrimientos, o simplemente, no haciendo lo que tenían que hacer. Cada nueva denuncia de corrupción parece ser la guinda de la torta; pero no, cada vez faltaba una más, como lo que ahora ocurre en la Convención Constitucional. Probablemente, habrá que seguir esperando nuevas guindas que sigan coronando la torta de la corrupción.

Quizás, hablar hoy de ética sea como arar en el agua, pero hay que seguir intentándolo en la esperanza que a alguien le interese o, mejor aún, nos den ganas de ser más honestos. Lo que muchos se preguntan -y yo me incluyo- es cuándo fue que nos perdimos y se nos fue echando a perder la calidad de nuestra convivencia ciudadana. Es una pregunta que se refiere a la calidad de la vida ética en nuestra sociedad; es decir, cuándo fue que en nuestro país nos empezamos a hundir en un pantano de corrupción, de mentiras, de coimas y malversaciones, de abusos, de violencia y de apariencias engañosas. Tener claridad sobre cómo y cuándo sucedió esto es necesario para buscar los remedios adecuados; pero requiere, quizás, una perspectiva de tiempo mayor y será, sin duda, un asunto que tendrán que estudiar las ciencias sociales y explicarlo para todos.

Cómo y cuándo fue que, por todos lados y en las más prestigiosas instituciones, empezaron a aparecer todo tipo de delincuentes que han socavado la confianza pública. Ciertamente, siempre hubo pillos y sinvergüenzas que cometían todo tipo de fechorías, y para eso estaban los servicios policiales y los tribunales que velaban por el imperio de la ley ante cualquier tipo de delincuentes, pero ahora tampoco hay confianza social en ellos. ¿Cómo fue que nos fuimos llenando de políticos corruptos, de empresarios también corruptos, de policías delincuentes, de ministros religiosos abusadores, de médicos que atienden mal a sus pacientes, de militares que estafan a la patria que juraron defender, de contralores que necesitan ser controlados, de jueces coimeros, etc.? Es una lista que usted puede continuar…

Probablemente, muchos pensarán que no son todos los que han caído tan bajo, y tienen razón: sabemos que no todos se han ensuciado las manos o han faltado a los juramentos o promesas que hicieron. Lo que sucede es que de ser unos casos aislados pasó a ser una situación de muchos casos, y que se generalizó en todas las instituciones de la sociedad, sin que quedara títere con cabeza. Eso es lo que se llama una “crisis sistémica”; es todo un sistema que hizo crisis y en una de las peores crisis que puede vivir una sociedad, como es una crisis de su sistema ético, el cual sostiene la credibilidad de las relaciones entre sus miembros.

La seriedad del problema va acompañada de otras dos complejidades: una, que a pocos parece importarle que vayamos, como en el tango, “cuesta abajo en la rodada”; otra, que revertir este proceso de degradación ética requiere de convicciones personales sólidas, de voluntad social y política, de acciones claras personales e institucionales, y de tiempo.

Al mismo tiempo, esta emergencia ética en que nos encontramos genera distintos tipos de reacciones. Unos son los que, cansados y descreídos de todo, se refugian en su pequeño mundito y se desentienden de cualquier asunto social. Otros son los que en estos tiempos se aprovechan de todo y de todos, con eso de “a río revuelto ganancia de pescadores”. Otros son los que buscan soluciones drásticas -y a veces violentas- que “pongan orden” en la sociedad; estos son los muy peligrosos talibanes que buscan imponer fanáticamente un orden social a su pinta. Basta una mirada a la historia para ver los regueros de sangre que estas posturas fanáticas han dejado ante las crisis éticas en diversas sociedades, y en Chile no podemos olvidar lo que fue la crisis del sistema democrático y los años de la dictadura.

No se trata de dejarse llevar por el pesimismo, sino de enfrentar el problema en su complejidad y gravedad. Solamente, una decidida actitud ética por parte de cada persona e institución puede recomponer un sistema que está haciendo agua por todos lados, y eso hasta que la ética se haga costumbre. Sin una decidida acción ética de cada persona y de las instituciones, actuando con cuidadoso apego a las normas y valores que permiten relaciones sociales creíbles, podría significar que al final todos seamos corruptos: unos porque son corruptos y actúan como tales; otros por permisión, es decir, porque permiten que los corruptos actúen; y muchos por omisión, porque no hacen nada al respecto. La esperanza es que la toma de conciencia siempre es posible, y por eso siempre es tiempo de hacer algo para ser mejores como personas y como sociedad.