Necrológicas
Creada en el campo de concentración 

Ex presos de Isla Dawson trabajan para presentar cantata Latinoamericana en Magallanes

Por La Prensa Austral Domingo 19 de Septiembre del 2021

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Consta de diez canciones, una introducción y varios recitados. Pasa por ritmos de cueca, trote, cachimbo, guajira, con influencias del primer periodo de Inti Illimani y Quilapayún, entre otros.

En los versos le habla a la madre tierra: “Una alborada perdida,/ se abrió desconocido/ tu surgimiento vital y prehistórico,/ cuando anunciada comenzaste a caminar,/ reverenciaste al tótem milenario/ y tus manos maduras/ de fragua y proféticas/ como vientre originario/ levantaron tres dominios/ y fue hazaña forjadora/ en la era precolombina…”.

No hay registros de presentación oficial. Sólo queda una grabación artesanal realizada por Fernando Lanfranco en el exilio de Irlanda, el año 1978, que refleja bien el espíritu musical y el contexto de la época. Y los recuerdos de tres ex prisioneros políticos que después de 48 años volvieron a juntarse (online) para revivir el proceso creativo y preparar por primera vez la presentación de una obra inédita, creada en el campo de concentración más austral del planeta (ver recuadro).

El texto fue escrito en versos libres, en Isla Dawson, sin pensar que sería una cantata, entre diciembre de 1973 y enero de 1974, en un periodo poético que el autor, Manuel Rodríguez (entonces 24 años), describe de prolífico pese a la adversidad y la violencia que lo rodeaba.

“En ese tiempo le hice muchos poemas a Rosita, mi pareja de la época y actual. Cuando la terminé se la entregué a Fernando que compartía barraca conmigo, la Charli, y era el único con guitarra que nos animaba en las tardes de encierro”, recuerda Manuel.

Fernando Lanfranco Leverton (tenía 23 años) estudiaba Ingeniería en Petroquímica en la Universidad Técnica del Estado, ubicada entonces en Angamos con calle Zenteno. Lo sacaron el 10 de octubre de la sala de clases y lo trasladaron al regimiento Cochrane. Ahí vivió encierro, golpes, torturas. Y el 21 de diciembre lo embarcaron rumbo a Isla Dawson, junto a otros jóvenes, entre los que estaba Manuel Rodríguez, y Marco Barticevic Sapunar (entonces 23 años).

Estuvieron en el campo de concentración Río Chico, ubicado a 15 kilómetros aproximadamente  de Puerto Harris, en la costa de una hondonada de cerros medianos. El campamento tuvo cinco barracas: Alfa, Bravo, Charli y Remo. Los prisioneros del norte, en el que estaban ministros y secretarios del gobierno del presidente Salvador Allende la llamaron Isla.

“Lo primero que veo cuando llego al sector de barracas es a mi padre (detenido el 12 de septiembre) y mi hermano (14 de septiembre). Esa imagen no se borra nunca. Los vi detrás de los alambres púas. Ahí todos pasamos a ser un número. Es una forma de denigrarte como persona, yo era Charli 23”, cuenta Lanfranco. Los prisioneros fueron asignados con una letra y número, reemplazando a los nombres, que identificaba la barraca en que estaban secuestrados y el orden en que habían llegado. 

Cuando vio los versos lo primero que pensó Fernando es que podía ser una cantanta. Tenía oído musical pero no sabía escribir música, y contaba con una guitarra que su padre le regaló el año 1962 y que pudo ingresar al regimiento Cochrane después de una visita de la Cruz Roja Internacional, acción lograda por la presión de los padres.

“Ahí parece se ablandaron un poco y tuve la posibilidad de ingresar mi guitarra”, dice Fernando Lanfranco. El instrumento lo acompañó después a Dawson, luego al estadio Fiscal, la cárcel pública y al exilio, en Irlanda. Y todavía la guitarra española Armenteras está presente entre sus tesoros más preciados (ver foto).

“Fernando tenía oído musical y una increíble voz de tenor, pero había que escribirla en partitura para que no se perdiera”, dice Marco Barticevic Sapunar. El había estudiado dos años de acordeón con el profesor Enrique Lizondo Calvo. Aprendió a leer y escribir música en pentagrama.

“Yo tocaba sólo por música, leyendo partituras, no por oído. Tengo toda la correspondencia que mantuve con mis padres.  Mientras revisaba cartas, veo una en que les pido me hagan llegar un cuaderno de música, les digo que tengo un amigo que está creando unas canciones y no quiere olvidarlas y quiere que se las escriba. Después de esa revisión retomamos la idea de revivir la cantata”, recuerda Marco. 

El ingeniero comercial guarda correspondencia, objetos y fotografías de la época con meticuloso afán. Incluso ha escrito varios libros, en la obra “Esperanza en el Austro, memorias de prisión política de Magallanes”, Barticevic narra toda la odisea que vivió en el regimiento Cochrane, Dawson, estadio Fiscal y la cárcel pública. Otras dan cuenta del exilio en la ex Yugoslavia y su trabajo de ingeniero para una ONG en Mozambique.

La cantata sobrevivió al encierro, las torturas, el exilio y la censura. Sólo con ingenio y voluntad lograron sacarla de la isla de reclusión. En esos tiempos la comunicación de los prisioneros con sus familiares se llevó a cabo a través de un sistema de censura coordinado por los servicios de inteligencia militar y la Cruz Roja de Magallanes.

Entonces, los prisioneros podían recibir una encomienda, irregularmente, cada varias semanas y una carta censurada de ocho líneas de promedio, a través de un formulario denominado “Correspondencia para Confinados”. Estos formularios eran entregados en la sede de la Cruz Roja de Punta Arenas, donde eran censurados a tijera por los militares encargados y remitidos a Dawson. “Había que usar el ingenio entonces”, dice Manuel.

Hoy, después de 48 años, quieren presentar la Cantata por primera vez en la región austral como testimonio de rebeldía y de “la importancia que tiene la cultura y el arte en la adversidad”, explica Lanfranco.  Ya llevan varias reuniones online y un trabajo avanzado de afinación de texto y música.  Esperan entusiasmar a algún grupo regional o nacional que se motive.  Tiene el correo: [email protected] en el que reciben comentarios y sugerencias.

¿Cómo se podía crear en medio del horror? Cada uno se pregunta.  E inmediatamente, los ejemplos de actividades afloran: varios hacían tallados en piedra. También artesanías con la soga metálica para amarrar barcos sirvieron para choapinos, hay varios poemas que nacieron en condiciones de tortura, escritores que liberaron el horror con sus plumas, dibujantes y arquitectos que lograron retratar a personas y detallar los recintos en los que estuvieron. Incluso hubo actos culturales, obras de teatro, que los presos lograron crear, convenciendo a guardias y censores.

Así, en la estadía en la cárcel pública, Marco y Fernando escribieron, junto a un profesor un tratado de gramática inglesa, organizaron un memorable torneo de ajedrez, del cual aún Barticevic conserva las partidas. Y realizaron un acto cultural con la excusa de conmemorar el día de Gendarmería. Todavía el programa y quienes participaron lo guarda Lanfranco.

La cantata es una obra culmine de un proceso creativo.  En su último aliento, cierra así: “Cada espina de tu frente / saltará como una garra descontrolada,/ cada hijo que has perdido, será un volver/ que estalla por todos lados/ de luminosa inundación/ y serás mujer de parto/ en esa madrugada enrojecida y nueva…”.