Necrológicas

Salud Mental en Magallanes: no están solos ni solas

Por Gabriel Boric Domingo 17 de Octubre del 2021

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Hace unos días se conmemoró el día internacional de la salud mental y no queremos dejar pasar que las enfermedades mentales son un factor crucial en la generación de pobreza y que hoy son la principal condición que hace que las personas vivan menos años. En Chile, estas enfermedades son la primera causa de enfermedad y de licencia médica, lo que se condice con los estudios que muestran al país entre los líderes de la región en el consumo de alcohol y drogas, en patologías en menores de 6 años y en la percepción de malestar psicológico. Antes de la pandemia, uno de cada cuatro compatriotas presentaba una enfermedad mental, pero sólo el 20% logra ser atendido. 

Gabriel Boric                 Alberto Larraín

La principal causa de esta discordancia entre la magnitud del problema y las soluciones que estamos dando, es el estigma que enfrentan las enfermedades mentales: se desconoce la recuperación existente con tratamientos adecuados o simplemente se niega su existencia. Contamos con cerca del 2% del presupuesto de la salud dedicado a Salud Mental, pese a que el mínimo establecido por la Organización Mundial de la Salud es de 5%, hay falta de iniciativas de prevención, y  hospitales y clínicas no cuentan con camas para estas enfermedades. En la protección social, las licencias generalmente se rechazan o reducen, y cuando las aceptan, se retrasan los pagos o las personas no pueden tratarse por el tope máximo de sesiones o no encuentran horarios disponibles.

Esta realidad ha empeorado con la pandemia. Aunque las Naciones Unidas recomendaron fortalecer la red, aumentar los recursos, y generar campañas comunicacionales y de atención que contrarresten los aumentos de enfermedades mentales, Chile no le ha dado la prioridad que requiere. 

El desafío es urgente. No podemos continuar con la indolencia del actual gobierno. Debemos avanzar en tener una ley de Salud Mental, consolidando la no discriminación en relación a la cobertura de prestaciones, aceptación de licencias médicas, y en la disponibilidad de tratamientos en la red de salud pública y privada.

En Magallanes se han hecho algunos esfuerzos, como la ejecución del proyecto “Salud mental en pandemia” financiado por el Servicio de Salud Magallanes y ejecutado por la subdirección de Atención Primaria, que busca promover los factores protectores asociados a la salud mental en personas mayores de 18 años y que, en base a sus buenos resultados, se amplió por unos meses más. Si bien creemos que este tipo de iniciativas son valorables, deben tener una proyección a largo plazo que permita a los habitantes de la región acceder a atenciones de salud mental de forma permanente. Asimismo, se deben asumir algunos desafíos pendientes como reponer el centro de salud mental comunitario, los déficit en los programas de infancia y reforzar la atención en los lugares más australes como Tierra del Fuego y Cabo de Hornos.

Necesitamos avanzar en entender la Salud Mental como un derecho, para que el país se haga cargo de quienes sufren. Mujeres, pueblos originarios, personas mayores y personas en situación de calle, son algunos de los grupos en que el sufrimiento es mayor. 

Por ello, en el caso de las mujeres se debe generar un programa integral de salud mental perinatal, que se haga cargo de la depresión durante el embarazo y el postparto, un programa de reparación real para quienes sufrieron abusos sexuales, y un plan de salud mental intercultural compatible con la cosmovisión de los pueblos originarios. En el caso de las personas mayores se debe reimpulsar el plan de demencia y crear un programa que permita la inclusión de quienes habitan en las calles, muchas veces con enfermedades mentales severas o con problemas de adicción. Además, sin duda debemos acompañar a las más de 48 mil familias que han perdido un ser querido en la pandemia, 499 de nuestra región de Magallanes y que aún esperan nuestro apoyo.

La salud mental viene a ayudarnos a ver la diferencia y sobre todo a humanizarnos, de partida, con el acto de decir a quienes sufren que vemos su dolor y que no están solos ni solas.